SORRY, BABY
No dejes de mirar
Sorry, baby, el debut cinematográfico de Eva Victor, explora la intrusión. Un plano fijo y frontal del personaje protagonista se interrumpe con la intrusión de otro rostro que irrumpe en el plano, desestabilizando su ritmo y peso visual. Posteriormente, en otras escena, frente al ataque de ansiedad de Agnes (Eva Victor), el largo plano que le sostenía se ve interrumpido por el montaje, que muestra ahora una escena imaginada, una posibilidad de un pasado, que al mismo tiempo se ve interrumpida por la llegada de un personaje, temporal y momentáneo, cuya entrada y salida en escena es invisible, pero importante. Cada una de las elipsis que estructuran la película, definidas por intertítulos, son una interrupción del fragmento narrativo previo, que se deja abierto e inacabado esperando a ser resuelto, como si eso fuera posible. Cada intrusión es benevolente; es, metafóricamente, una caricia en una mano nerviosa.

Los cines de la violación, de la violencia y el trauma han explotado la intrusión desde lo maligno. El ataque sorpresa en un callejón tras unos cubos de basura en Ms. 45 (Abel Ferrara, 1981), perpetrado por un rostro irreconocible que posteriormente desaparecerá por completo, cada una de las acciones violentas, a cada cual más sorprendente, llevadas a cabo por la víctima en I Spit on your Grave (Meir Zarchi, 1978) o la insatisfacción de la revelación de la negación de la violencia por parte de la protagonista de Una joven prometedora (Emerald Fennell, 2020). El violador es una sombra en Ultraje (Ida Lupino, 1950), un ser fuera de este mundo y deshumanizado. El violador y la violencia son monstruosas excepciones. Las películas terminan y no se atreven a poner en imágenes el dolor que queda, y si lo hacen, como Lupino, es a través de la culpa y la salvación patriarcal en la que un hombre le da permiso a la víctima para seguir viviendo.
Lo que permite que Sorry, baby no sea una película sobre una violación y sea, en cambio, sobre el trauma que nace desde la experiencia del abuso sexual –no solo la violación, sino la manipulación previa–, es que no pretende abarcarlo todo. En el artículo The Case Against the Trauma Plot Parul Sehgal, la autora, identifica en las narrativas contemporáneas la idea persistente de que el trauma de los personajes se convierte en su personalidad. El trauma define a los personajes, es lo que los hace de carne y hueso. La película de Eva Victor, siendo una película sobre el trauma, enfatiza que Agnes existe más allá, como personaje fuera de la imagen. Las intrusiones permiten verlo. Victor se aprovecha del marco, encerrándola en él, para señalar que puede existir fuera del plano, pero que no es lo que se ha elegido contar de forma total.

Cathy Caruth identificaba el trauma como una fragmentación y repetición de la memoria. La película Positive I.D (Andy Anderson, 1986), en la que la violación también se deja fuera de campo, expone las consecuencias del trauma a través de las superposciones del cuerpo de la protagonista. El cuerpo se multiplica y la identidad se fragmenta, y se convierte en pantalla en algo espectral. Se confunden las identidades propias impuestas de esposa inocente, mujer deseante y víctima brutalizada. En Sorry, baby el objetivo es similar, aunque las formas difieran. La memoria y la existencia del trauma son repetitivas. Poseen una estructura circular, comenzando y terminando con una visita, y hace uso de la repetición de los espacios o la composición de los planos para transmitir la transición entre estados mentales. La frontalidad de los planos que encierran a Agnes, también en cuadros dentro del marco de la pantalla –ventanas o puertas, por ejemplo–; la composición de los planos a partir de líneas rectas u oblicuas; la búsqueda en el vestuario abrigado de cierta protección y seguridad; y un montaje tajante, que corta cada plano tratándolo como una entidad individual sin relación con los anteriores o posteriores, confluyen en una película reiterativa, en la que lo más importante es identificar la vulnerabilidad del personaje. Siendo visualmente una película fría, con destellos intrusos de afecto (que tiene que ver especialmente con el cine contenido de Kelly Reichardt), no esconde ni camufla las emociones negativas del trauma.
No obstante, tampoco se recrea en el dolor. Maggie Nelson, en su libro El arte de la crueldad, menciona que en la pieza/performance Rape Scene (1973), Ana Mendieta no sólo señalaba a quienes la presenciaban –su cuerpo desnudo tendido sobre una mesa y con sangre en las piernas– el horror de la violación. También cuestionaba la naturaleza de la mirada espectatorial y el papel activo de los presentes –qué harían cuando la viesen–. De manera similar el plano secuencia de Irreversible (Gaspar Noé, 2002) obliga al espectador a mirar: la cámara a la altura del suelo, de la víctima, no es una mirada voyeur ni cómplice, si no una mirada cruel. La de Mendieta también lo era, apropiándose de un relato ajeno y recreándolo para sorprender, al mismo tiempo que para confrontar una realidad. Quizás por eso Eva Victor reconoce el exceso de crueldad directa y decide no mostrar la violación. A través de la elipsis y un plano fijo de la casa desde la tarde hasta la noche se reconoce narrativamente lo que está sucediendo. La violación en Sorry, baby no es una sorpresa. Ni es perpetrada por un monstruo, en un lugar desconocido y peligroso. Todo lo que sucede hasta llegar a ese plano alude a lo que va a suceder. Así, dejando la brutalidad fuera del plano de la película, Eva Victor se niega a perpetuar la reproducción del sufrimiento de los cuerpos vulnerables en pantalla, pero sin permitir que se pase al terreno de la ambigüedad, qué haya un espectador que se pueda hacer preguntas: ¿Qué es lo que ha sucedido?¿Es su relato real?

Una vez la escena de la violación termina y Agnes sale de la casa, la cámara la sigue en un plano secuencia por la espalda hasta llegar a su coche. Como los planos de la casa, el rostro se oculta, reconociendo en esa inaccesibilidad la vulnerabilidad, pero decidiendo no exponerla. Solo cuando Agnes está siendo acompañada en la bañera por su amiga (Naomi Ackie) y capturada por la cámara en un plano fijo –apenas sin cortes– se accede al relato de la violencia. Sin interrupciones o preguntas, solo una voz que narra lo sucedido desde la confusión, la decepción y la angustia. La dignidad de Sorry, baby –que es una respuesta, desde el cine más cotidiano, al relato de la víctima violada como puta o virgen– reside en ser capaz de hacer una película sobre la vulnerabilidad sin enmascararla como relato de superación. Agnes sufre. Y, como la casa que permanece en el relato (como refugio, recuerdo y esperanza), Agnes sigue fuera de plano. Dolorida, aterrada y viva.
Sorry, Baby (Eva Victor, EE.UU, 2026)
Dirección: Eva Victor / Guión: Eva Victor / Fotografía: Mia Cioffi Henry / Montaje: Alex O’Flinn, Randi Atkins/ Música: Rob Rusli / Reparto: Eva Victor, Naomi Ackie, Lucas Hedges, John Carroll Lynch, Kelly McCormack, Louis Cancelmi
