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CUANDO LLEGUEMOS AL CLARO

Marcos de trascendencia

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Más interesante por lo que sugiere y sus ramificaciones que por lo calmo y agradable -pero en ocasiones también algo farragoso- de su visionado, puede que lo más estimulante que Cuando lleguemos al claro (Márton Tarkövi, 2025) tenga que ofrecer sea cómo desborda su condición de documental para situarse en un lugar a medio camino entre el ensayo y el poema audiovisual. Sobre el papel, este primer largometraje del húngaro Márton Tarkövi, que también aglutina los roles de director de fotografía y de montador, describe a retazos la rutina creativa de su protagonista absoluto Péter Molnár (1943-2023), dibujante, pintor y también abuelo de Tarkövi. Pero este punto de partida pronto deviene un espejismo: Cuando lleguemos al claro está muy lejos de ser un retrato de este artista y sus pesquisas, dejando de lado prácticamente cualquier pregunta que pueda plantearse el espectador sobre su modo de vida o subsistencia, revelándose a los pocos minutos como una reflexión sobre cómo las pinturas y dibujos de Molnár se convierten en un ejercicio de trascendencia capaz de sobrevivirlo, de modo similar al que lo hace Cuando lleguemos al claro en calidad de película sobre este artista y su obra.

La ópera prima de Tarkövi como director funciona simultáneamente como contenedor audiovisual de los diferentes cuadros, grabados y dibujos firmados por Molnár y que aparecen en pantalla, y como reflexión sobre la capacidad del arte para trascender las barreras de nuestro tiempo de vida. Numerosos elementos aportados por Tarkövi conducen a esa simultaneidad, que se concreta en la correspondencia visual entre las diferentes texturas de las obras de Molnár y el variado cromatismo (desde el blanco y negro hasta el color), diversos formatos en convivencia y grano de la imagen. O en las composiciones de sus encuadres (que a su vez contienen numerosos reencuadres y recomposiciones tras las que se intuye una voluntad estética casi pictórica,) o en el retrato que el director hace de su abuelo; carente de referentes temporales que permitan establecer una mínima cronología sobre lo que transcurre en pantalla. Sin atropellar lo que la película también tiene de cariñoso homenaje a Molnár como ser humano y abuelo del director, el único tiempo que parece capaz de dejar huella en el calendario existencial del pintor y dibujante es el de sus obras.

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A lo largo de poco más de una hora de duración (que aún así resulta excesiva), el artista húngaro menciona despreocupadamente que tardó más de dos décadas en completar una de sus obras y reflexiona sobre cómo durante la prehistoria la humanidad logró dar cuerpo a su impulso de comunicarse a través del tiempo y el espacio gracias a sus pinturas. Por su parte, Tarkövi tiñe la aparición de algunas de las obras de Molnár de un muy sugerente trasfondo, casi sacro en su tonalidad, a través de la fascinante banda sonora de William Basinski. Sumándose a esta capacidad de sugestión, y gracias a su empeño por hacer de Molnár prácticamente el único ser humano que aparece en la película, Tarkövi convierte a la figura de su abuelo en la de un asceta que ha elegido alejarse de la civilización para reconciliarse amablemente con la humanidad como patria común a través de su arte, entendido como una forma de diálogo en su estadio más puro. Su angulosa figura, ascética forma de vida y beatífico de sus maneras, sumado a lo enigmático y jeroglífico del lenguaje que parece establecer a partir de sus obras, convierten a Molnár visto por Tarkövi en algo parecido a un monje laico que ha hecho del arte su liturgia particular para acceder a la eternidad -que se diría el claro del título- a través de sus obras, tal y como las muestra el cineasta.

Rizando el rizo, y elevando la película a un juego de espejos que funciona a varios niveles y a partir de marcos de lienzos que se aglutinan dentro de uno mayor (la propia pantalla), Tarkövi recoge el guante y hereda este planteamiento para Cuando lleguemos al claro, igualmente planteada bajo la forma de un diálogo intergeneracional entre nieto y abuelo, pero sobretodo entre creadores que se hablan mediante las artes plásticas o el cine, bajo la máxima de “Tú filmas, yo pinto” planteada por Molnár. Un artista que queda a resguardo del paso del tiempo gracias a este documento de su nieto, narrativamente abstracto hasta el punto de convertir a su afable protagonista en un enigma tan irresoluble como las laberínticas y minimalistas composiciones que abundan en su obra. Una presencia fantasmal que sobrevive a su muerte para habitar en esa otra dimensión de trascendencia a través del diálogo entre seres humanos, vivos o muertos, y que él llamaba arte, y que aquí se concreta a través del cine.

Cuando lleguemos al claro (Majd a tisztáson, Hungría y España, 2025)

Dirección, dirección de fotografia y montaje: Márton Tarkövi /Producción: Ádám Tarkövi, Lluís Miñarro y Márton Tarkövi para Eddie Saeta S.A y Tarkövi Productions /Música: William Basinski /Reparto: Péter Molnár y Márton Tarkövi.

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