INSIDIOUS: FUERA DEL MÁS ALLÁ
El terror que no proviene de más allá.
James Wan es uno de los directores más importantes del cine de terror de los 2000 y principios de los 2010, ya que en muchos sentidos fue uno de los responsables de impulsar la nueva ola de películas de terror, que parecían tan desgastadas tras unos 80 y 90 llenos de secuelas o clones del género slasher de cuestionable calidad. Saw (2004), Insidious (2010) y Expediente Warren (2013) ya han pasado a formar parte de los referentes del cine de terror, tanto para bien como para mal. Y es que, una vez Wan terminó con su parte del trabajo, comenzó una carrera para sacar el mayor jugo posible a estas gallinas de oro. Así, el cadáver de John Kramer resucitaba año tras año con el fin de que Saw pudiese seguir viviendo de su sombra, mientras que Expediente Warren intentaba ampliar su mundo con nuevas secuelas y spin offs que terminaron por enterrar el miedo que Wan había plasmado en sus entregas. Pero ¿es este el mismo caso de la última entrega de Insidious o consigue el trabajo de Jacob Chase alejarse de todos los problemas de sus sagas hermanas?

Si hay algo que Insidious: Fuera del más allá (2026) logra, es aterrar sin la necesidad de recurrir a una entidad demoníaca. El mejor ejemplo de ello se encuentra precisamente en su inicio, donde el verdadero terror nace de algo más humano: el trauma.La película se presenta con un plano detalle de la mirada de la jóven Gemma (Amelive Eve/Charli Penton), bañada por un azul intenso que se ve potenciado por la lluvia que cae sobre ella. Lo más interesante de este plano no es únicamente el énfasis que se hace al rostro agotado de la niña, sino el que le sigue como respuesta: un plano general de su casa bañado por los mismos tonos que su rostro. A través de ese montaje y sin utilizar un solo diálogo, Chase consigue dejar bastante claro que esa casa para Gemma es de todo menos un lugar cómodo. Por eso llueve con tanta intensidad. El ruido de la lluvia es un martirio constante que añade unos cuantos tonos de incomodidad al momento, algo que se verá potenciado por lo que vendrá después: una sucesión de planos generales que muestran el hogar envuelto en la oscuridad absoluta, con el desorden y la suciedad como protagonistas. Todo ello está acompañado de una ausencia de sonido que rompe por completo con la imagen concebida de un hogar feliz; uno caótico y ruidoso, repleto de vida. Esta casa en cambio, no lo está. Todo esto culmina en un plano general desde la perspectiva de Gemma en el que se ve a su madre apoyada sobre la mesa, bañada por esa misma oscuridad. A través de la distancia entre ambos personajes y de la decisión de no mostrar el rostro de la madre irrumpe la aparente paz de la escena. Para Gemma, su madre es el monstruo que desequilibra su hogar. Su rostro sólo será revelado, desfigurado por el miedo, la última vez que ambas compartan pantalla, como si se tratase del último recuerdo que conserva de quien antaño fue su madre

Y ahí es donde está la clave de esta entrega: pese a utilizar una infinidad de entidades demoníacas que convierten la película en una pesadilla audiovisual, su punto de partida nace de algo tan humano como son los traumas heredados de una crianza conflictiva. Los momentos más incómodos no vienen siempre de los fantasmas, sino de aquellas pequeñas instancias en las que la película recuerda qué es lo que ha llevado a Gemma hasta este punto. En el primer momento en el que aparece la Gemma adulta se utiliza una composición y un tamaño de plano prácticamente idénticos, sustituyendo únicamente el color azul por el amarillo y acompañándolo de una música de ambiente más calmada. Este paralelismo con su yo del pasado funciona como un gran punto de unión dentro de la elipsis que se genera entre el antes y el ahora, porque conecta el trauma del pasado con el presente. Pese a parecer que sus heridas han sanado por todos los cambios visuales, la mirada desganada continua como el símbolo más claro de que no es así. Por eso, aunque ahora la casa parece un lugar acogedor gracias a los tonos más cálidos y la presencia de la hija de Gemma, todavía hay instancias donde el dolor se encuentra. Un ejemplo de ello es el almacén de la casa, que recupera todos los elementos visuales utilizados durante la niñez de Gemma: el plano general que muestra cajas y cajas llenas de recuerdos, el azul húmedo y deprimente y una ausencia de sonido que, más que tranquilizar, recuerda que todavía el dolor no se ha ido de esa casa.
No es que la nueva entrega de Insidious no arrastre algunos problemas de sus predecesoras, ya que en muchas ocasiones opta más por impresionar. Sin embargo, consigue hacerlo de forma más contundente al crear una atmósfera en la que el miedo no se desecha al segundo con un susto fácil, sino que se mantiene hasta llegar alcanzar un punto álgido. Y es en este espectáculo donde termina olvidándose de que aquello que más miedo daba nacía de una imagen mucho más sencilla: la de una niña incapaz de reconocer el rostro de su propia madre.
Insidious, fuera del más allá (Insidious: Out of the further, Jacob Chase, EEUU, 2026)
Dirección: Jacob Chase / Guion: Jacob Chase y David Leslie Johnson-McGoldrick / Fotografía: Dave Garbett / Música: Joseph Bishara / Producción: Blumhouse Productions, Atomic Monster, Screen Gems, Stage 6 Films / Reparto: Amelia Eve, Brandon Parea, Maisie Richardson-Sellers, Lin Shaye, Sam Spruell, Island Austin, Laura Gordon
