Estrenos

LA CONSTELACIÓN DEL PERRO

El apocalipsis como excusa

Nacido en Inglaterra en 1937 y criado en el seno de una familia de tradición militar, Ridley Scott vivió una infancia inevitablemente marcada por la Segunda Guerra Mundial. Más tarde se formó en artes plásticas y diseño gráfico en instituciones tan prestigiosas como el Royal College of Art de Londres y, antes de dar el salto al cine, alcanzó un considerable reconocimiento como realizador de anuncios publicitarios para televisión. El conjunto de esas experiencias dejó una huella indeleble en su manera de entender el cine y acabó definiendo las principales señas de identidad de toda su trayectoria como cineasta: de aquel ambiente militar procede su fascinación por la iconografía castrense, los personajes disciplinados y jerarquizados y el espectáculo de la batalla; de su formación artística deriva su extraordinario dominio de la composición, la iluminación y los espacios, así como su capacidad para crear atmósferas; y de su etapa como publicista queda el talento para narrar mediante la imagen antes que con la palabra, la capacidad de síntesis y, sobre todo, un preciso control del ritmo. La constante recurrencia a estos rasgos a lo largo de su obra ha dado lugar a un cine de enorme eficacia visual y narrativa, y ha propiciado que sus películas sean productos muy atractivos para el gran público.

Esa suma de influencias vuelve a hacerse visible, como no podía ser de otro modo, en su película más reciente, La constelación del perro (2026). En un Colorado postapocalíptico en el año 2035, Hig (Jacob Elordi) deberá afrontar las vicisitudes habituales de cualquier superviviente del fin del mundo: conocerá a otros seres humanos (malos con cara de malo y buenos con cara de bueno), emprenderá la búsqueda del último reducto de civilización, lidiará con problemas de transporte, quizá pierda algún compañero por el camino y, cuando se extravíe, puede incluso que tenga la fortuna de aparecer cerca de la casa de la hermosa Cima (Margaret Qualley) y su protector padre (Guy Pearce).

La constelación del perro. Revista Mutaciones

Hasta ahí, todo responde a las convenciones del subgénero del «fin del mundo», tan explotado durante la última década (y con variaciones tan escasas) que la mera enumeración de todos estos sucesos de la trama ya ni siquiera puede considerarse un spoiler. En la construcción de su universo postapocalíptico, Ridley Scott no arriesga demasiado: recorre uno tras otro sus lugares comunes y los resuelve con solvencia, pero sin aportar nada especialmente novedoso. El origen de la catástrofe resulta tan poco original (a estas alturas ya poco importa que el detonante haya sido una epidemia, el cambio climático o una invasión alienígena) como las pruebas que impone a sus protagonistas, aplicables, a los supervivientes de cualquier catástrofe llevada a la gran pantalla.

Nada nuevo, por tanto, si entendemos La constelación del perro exclusivamente como una película postapocalíptica. Sin embargo, a medida que avanza el metraje comienza a imponerse una pregunta: ¿lo es realmente? En esa duda reside precisamente su principal valor, porque La constelación del perro no es, en el fondo, una película sobre el apocalipsis, sino sobre la posibilidad (o la imposibilidad) de superar un trauma. Es una historia sobre la fragilidad, el deseo de bajar los brazos y la dificultad de encontrar razones que justifiquen seguir adelante, pero también sobre la necesidad de continuar pese a todo. Una película, en definitiva, sobre la melancolía, la culpa, el sinsentido de la existencia y sobre esas vidas que se prolongan por pura inercia.

Podría argumentarse que todas las historias sobre el fin del mundo abordan, en mayor o menor medida, estas mismas cuestiones. Y es cierto. La diferencia con la mayoría de las películas de supervivencia reside aquí en la decisión de desplazar el foco desde el «cómo» sobrevivir hacia el «por qué» y el «para qué», y hacerlo de manera explícita. En La constelación del perro, la dimensión existencialista no queda reducida a un simple trasfondo temático o un subtexto, sino que ocupa un lugar central en el relato y se expresa mediante una serie de motivos visuales que terminan imponiéndose sobre las secuencias de acción: las continuas visitas (físicas y mentales) de Hig al lugar donde se originó su trauma; la redención que busca a través del trabajo manual, ya sea reparando artefactos o talando árboles; su empatía hacia los demás y su obstinada confianza en el género humano, enfrentada al muro emocional que levanta en todas sus relaciones; o las recurrentes secuencias de vuelo (únicos momentos en los que parece sentirse verdaderamente libre y esperanzado) en las que Scott abre el encuadre y nos muestra a vista de pájaro, mediante bellas composiciones, el imponente paisaje montañoso que rodea, protege y la vez aísla a los protagonistas.

La constelación del perro. Revista Mutaciones

Es precisamente en estos pasajes donde el relato íntimo vuelve a encontrarse con las constantes que han definido el cine de Scott desde sus comienzos: el tratamiento casi pictórico de los paisajes vuelve dotar a la película de una atmósfera perfectamente definida; el militarismo más elemental y rudimentario encuentra su perfecta encarnación en el brusco y primario Bagley (Josh Brolin); y la narración progresa sin bruscos altibajos durante todo el metraje, acompasada al ritmo de una existencia anclada en la rutina y ocasionalmente sacudida por algún accidente o por la aparición inesperada de algún extraño que no suele ser bienvenido.

Scott cocina así, a fuego lento, su paradójicamente hermoso mundo postapocalíptico, mediante planos largos y distantes que vuelven a depositar buena parte del peso visual en la geografía, esta vez de la privilegiada inmensidad de las Montañas Rocosas. El montaje solo se acelera durante las contadas secuencias de acción, cuando los planos se acortan y los cortes comienzan a proliferar. Sin embargo, pese a su omnipresencia y al cuidado visual que cabe exigir a cualquier película de Scott, el escenario no resulta imprescindible para comprender el conflicto íntimo del protagonista. El fin de la humanidad ha devastado el mundo de Hig, sí, pero da la impresión de que el cineasta podría haber conducido al personaje hasta el mismo lugar emocional partiendo de cualquier otro acontecimiento ambiental desencadenante. ¿Sería una película muy diferente si la encuadramos, por ejemplo, en cualquier conflicto bélico? El apocalipsis, aunque muy bien representado, aquí funciona, por tanto, más como un escenario que como un tema.

Ha pasado casi medio siglo desde que un Ridley Scott recién llegado al largometraje firmara, en un intervalo de apenas tres años, dos obras fundamentales: Alien, el octavo pasajero (1979) y Blade Runner (1982). Aquel deslumbrante comienzo colocó su listón a una altura prácticamente inalcanzable. Sin embargo, a lo largo de una filmografía que supera ya la treintena de títulos, el cineasta británico nos ha dejado otras obras tan reseñables como la rompedora Thelma & Louise (1991), la épica Gladiator (2000), la trepidante Black Hawk derribado (2001), la sórdida American Gangster (2007) o la optimista Marte (The Martian) (2015). Una trayectoria tan brillante, aunque convivan en ella estas grandes películas con títulos menores y proyectos fallidos, le concede a Scott, cerca ya de cumplir los noventa años, la potestad de filmar lo que le apetezca. Y este derecho no es adquirido solo por veteranía. Lo es también por una certeza que atraviesa su obra: sus historias pueden flaquear, pero rara vez lo hace su manera de convertir estas historias en imágenes. La constelación del perro confirma esa impresión. No está a la altura de sus mejores títulos ni renueva los códigos del cine postapocalíptico, pero encuentra, bajo una superficie construida con materiales demasiado trillados, la posibilidad de contar algo más íntimo y doloroso. No es una obra mayor dentro de la filmografía de Ridley Scott, pero sí una buena película de Ridley Scott. Que no es poco.


La constelación del perro (The Dog Stars, Ridley Scott, EEUU, 2026)

Dirección: Ridley Scott / Guion: Mark L. Smith, Christopher Wilkinson / Fotografía: Erik Messerschmidt / Música: Harry Gregson-Williams / Producción: Ridley Scott, Michael Pruss, Cliff Roberts, Mark L. Smith / Reparto: Jacob Elordi, Margaret Qualley, Josh Brolin, Guy Pearce, Benedict Wong

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.