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LA CALLE DEL TERROR: LA REINA DEL BAILE

Reina del baile, esclava del cliché

Películas como Carol o Retrato de una mujer en llamas plantean en el clasicismo de sus formas una ruptura con este mismo concepto, al usar el virtuosismo invisible de la puesta en escena clásica para vehicular historias que cuestionan las estructuras patriarcales. El slasher no es muy diferente, un género que ha hecho uso del exceso adolescente: un puñado de jóvenes de chaqueta de fútbol americano y mujeres de minifalda, destruidos por la hoja del cuchillo del maníaco de turno, mientras la efervescencia heterosexual hormonada pasea el plano sin discreción. Halloween (John Carpenter , 1978), Scream (Wes Craven, 1996), Viernes 13 (Sean S. Cunningham, 1980)…, son algunas de las obras que tienen de base este tipo de personajes.

Si algo intentaba de forma muy interesante la trilogía de La calle del terror era precisamente subvertir la normatividad del slasher a través de una narrativa que ligaba tres puntos temporales, desmontando la historia moderna de los Estados Unidos proponiendo protagonistas LGTBIQ+ que vehiculasen las películas. Además de hacerlo con cierta gracia, no definiendo a los personajes por un cliché apegado a la identidad sexual, la trilogía presentaba las estructuras clásicas del slasher prototípicas: maníacos desfigurados y compañeros de instituto convertidos en asesinos frustrados a lo Scream.

La calle del terror. La reina del baile Revista Mutaciones

Sorprendentemente, Netflix ha decidido que La calle del terror no termine en esta trilogía -y ha decidido producir una cuarta. La calle del terror: La reina del baile  (Matt Palmer, 2025)-, un perfecto retrato inconsciente de la América Trump, una fantasía para el centrismo político que olvida por completo las intenciones de la trilogía original para hacer un panfleto del dualismo que rechaza los grises para volver al tópico sin cuestionarlo. Así, se plantea una dicotomía de personajes que ayude a ilustrar esta idea; por un lado, están las chicas populares: mimadas, crueles y descaradamente agresivas con quienes consideran inferiores. No dudan en hacer bullying, bailan con bodies estampados con la bandera estadounidense y solo parecen interesadas en los chicos. Por el otro, aparece la chica perfecta (Lori): amable, trabajadora y solidaria con las marginadas, una figura idealizada.

Un plano se detiene en este grupo de chicas (spoiler: no van a quedar muchas) y sus caras pegadas en la pared del instituto, compitiendo por quién será la próxima reina del baile. Sobre la angelical figura de la chica perfecta, una pintada reza: “Puta”. Si bien es cierto que la película no hace una defensa de estos comportamientos, convive con ellos sin ningún tipo de relectura, haciendo caer la película en un humor básico de burlas e insultos, que solo otorgan satisfacción cuando la hoja del hacha atraviesa de forma grotesca el cuerpo de los adolescentes.

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Las dos américas son mostradas, por un lado la representación de las envidias e inseguridades vomitadas por el “american way of life”, y por otro la meritocracia personificada a la que la película otorga la victoria -no tan curiosamente la que sigue las reglas es la que sobrevive a las garras del resto-. Con sufrimiento y constancia se llega al éxito. Quizás el análisis es un poco excesivo, al fin y al cabo, este es un slasher más dentro de la lógica clásica, pero más extenuante se vuelve la teoría cuando esta película la dirige un hombre, Matt Palmer, a diferencia de la directora de las tres primeras, Leigh Janiak, que sin hacer una exagerada relectura de los roles en el slasher, sí que introducía interesantes elementos queer en la trama.

Volviendo al personaje de Lori, asistimos de nuevo a la confirmación de la afrenta. Se compra un vestido blanco con sus propios ahorros, aguanta las verborreas del grupo de bullies y gana batallas de baile al ritmo de ‘Gloria’ de Laura Branigan. Un personaje que per se no tiene nada de malo, pero que, situado frente a los anteriores de La calle del terror, regurgita conformismo.

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En el gore tampoco se encuentra nada interesante, un reguero de muertes muy poco rebuscadas con una lógica tan repetida que hace paralelismo con la también insutancial sucesión de personajes que aparecen. La planificación de las mismas es tremendamente pobre y se desvive por prolongar la oscuridad de una sala, aparición del asesino, plano de la víctima y hachazo histriónico. El “abc” del slasher en todo su esplendor, solo que esta vez situado en una trama conformista. Por si fuese poco, se atreve a copiar una vez más el plano de la puerta de El resplandor (Stanley Kubrick, 1980), sí, seguimos ahí, para ahondar aún más en lo redundante de la propuesta.

Sin ser especialmente brillantes, las tres entregas anteriores exploraban otras formas de personaje para protagonizar un slasher, rompiendo la mirada normativa sobre este subgénero. La reina del baile, en vez de aproximar más la mirada sobre las anteriores, se envuelve en todos los clichés del slasher, reciclados una y otra vez hasta perder todo efecto, sin llegar a utilizar ningún tipo de recurso que amplíe la idea original hacia un nuevo horizonte.


La calle del terror: La reina del baile (Fear Street: Prom Queen, Estados Unidos, 2025)

Director: Matt Palmer / Guion: Matt Palmer, Donald McLeary / Novela: R.L. Stine / Reparto: India Fowler, Suzanna Son, Fina Strazza, David Iacono, Ella Rubin, Chris Klein, Ariana Greenblatt, Lili Taylor, Katherine Waterston / Diseño de producción: Nick Basset / Director de fotografía: Márk Gyõri / Montaje: Marle-Hélène Dozo / Música: The Newton Brothers

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