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SIRÂT

El techno como la reconciliación con la tierra

Sirât: un puente, un camino. Precisamente en esto consiste la nueva película de Oliver Laxe, la experiencia colectiva de un trayecto de trance —último estado o tiempo de la vida, próximo a la muerte— en el desierto, donde todo parece suspenderse. Mar ha desaparecido supuestamente en una rave en el sur de Marruecos. Su padre, Luis (Sergi López), y su hermano, Esteban (Bruno Núñez), siguen sus pasos para encontrarla. Este recorrido devendrá más bien un proceso interior que toma la forma de un rito de paso, en el que cada personaje camina confrontando su destino.

El entorno constantemente subraya que la naturaleza guarda un hado ineludible para cada uno. La grandeza de los elementos —los altavoces, el paisaje, el sonido— refuerza al ser humano como ínfimo, como impotente delante de la inmensidad. El desierto bajo el sol abrasador y la presencia del polvo crean un espacio transformador en tanto que son dos recursos que están en constante movimiento y a su vez presentes durante todo el largo. Así pues, la vastedad del hábitat recuerda insistentemente que cada personaje tiene su destino y por mucho que cambie el rumbo, como lo hace la furgoneta en medio del campo de minas, lo que está determinado, no puede evitarse.

Sirât. Revista Mutaciones

 

La narración remite de alguna manera al estoicismo de la nueva stoa. Este mantiene que la naturaleza tiene un principio inherente según el cual todas las cosas suceden por un orden establecido. De este modo, la naturaleza está regulada y todo lo que pasa está previsto: todo ser humano tiene un destino. Por lo tanto, lo único que puede hacer el sujeto es trabajar su interioridad para entender que lo que pasa no depende de uno, sino del orden que rige el Todo. Así, la felicidad estoica no consiste en eludir el destino, sino en aceptar lo que es dado. En este sentido, Luis es un hombre vulnerable, quien durante el viaje transforma la resignación y la esperanza en el entendimiento, la comprensión y la aceptación del fatum. No se trata de encontrar a su hija, sino de asimilar el sentido de su ausencia.

El camino que trazan levanta el polvo que funciona como guía y a la vez supone un cierto impedimento.  Su coche es más pequeño que el del resto y siempre va detrás. Los de delante levantan la arena del desierto y esto dificulta el camino: el rastro es cegador y asfixiante, pero a su vez un riel. Como una presencia etérea que se mantiene durante el viaje y recuerda el motivo por el que están ahí. La dificultad no les frena. Así pues, la polvareda es la tierra que habla y dice: «Es difícil, pero sigue avanzando».

Laxe trata con pudor y respeto las historias que se cruzan evitando así un fetichismo y un dramatismo exagerado. Por lo tanto, no es una película de héroes que romantizan la desgracia y el dolor, sino un relato en que la desdicha es tan inherente que encuentra la paz en su acogida. Cada silencio es una herida y el trance musical y emocional es una forma de acogerla sin necesidad de verbalizarla. En el sonido repetitivo del techno el cuerpo fluye y se reconcilia con la tierra. Por lo tanto, la verdad que se busca no se halla en la lógica de la palabra, sino en esa mudez que descubre su libertad en el baile.

Sirât. Revista Mutaciones

 

Las imágenes y la música están en consonancia. Son elementos de la puesta en escena que convierten la película en una experiencia sensorial: parece que la música es lo que se ve y la imagen lo que se oye. El volumen y el ritmo del techno son prácticamente táctiles como si cada sonido percusivo fuera una punzada profunda en el cuerpo de quien lo escucha. De cierto modo, la resonancia ahonda en el camino de tal manera que cada golpe musical funciona como un paso. El espejismo que se deduce del calor y del sol ardiente parecen ensordecedores. Las imágenes suscitan: ¿qué se oye en medio de la nada? Esta interrelación entre música e imagen hace patente el vínculo entre lo físico y lo espiritual. Por lo tanto, el film se comprende como una inmersión que a través del ritmo y la luz enfrenta a los personajes a lo que solo puede decirse con el cuerpo.

Así pues, Sirât, supone una experiencia de búsqueda llena de metáforas y preguntas sin respuesta que alude a la naturaleza inmensa como solución. La infinitud del paisaje no aprisiona, sino que da esperanza de seguir avanzando. Los personajes callan sus heridas, pero las miradas son el vestigio de su dolor. Sin embargo, Laxe no se detiene en el lamento, su mirada trasciende la pena y la comprende en un determinismo que los personajes aprenden a aceptar.


Sirât (Sirât: Trance en el desierto, España, 2025)

Director: Oliver Laxe / Guion: Santiago Fillol, Oliver Laxe / Reparto: Sergi López, Bruno Núñez Arjona, Stefania Gadda, Joshua Liam Herderson, Richard ‘Bigui’ Bellamy, Tonin Janvier, Jade Oukid / Director de fotografía: Mauro Herce / Montaje: Cristóbal Fernández / Música: Kangding Ray / Producción: Agustín Almodóvar, Pedro Almodóvar, Domingo Corral, Xavi Font, Oliver Laxe, Oriol Maymó, Mani Mortazavi, César Pardiñas, Andrea Queralt

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