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MARTY SUPREME

Pioneros, brutalistas, pecadores y deportistas

A pesar de compartir un motivo visual en su arranque —el acercamiento al edificio y al rostro de Ben Safide en el inicio de Good time (Josh y Benny Safdie, 2017) o la introducción en la materia del diamante a la expulsión por colonoscopia en Diamantes en bruto (Los hermanos Safdie , 2019)—, la imagen en Marty Supreme (2025) de los espermatozoides luchando por fecundar el óvulo desvela, a modo de pauta hermenéutica de todo el filme, un cambio en el planteamiento: la persecución por conseguir un objetivo y su conquista. Sustancial esto último, pues aquel retrato en sus anteriores filmes de unos perdedores que eran arrastrados por una quimera hasta caer presos en la miseria moral —recordemos el plano de Adam Sandler prendido en el suelo con los sesos volados mirándose en el reflejo del espejo—, ha dado aquí paso a la historia de un triunfador. Y lo que dicha catarsis conlleva: ya no estamos ante el alterado tejido textual del calado de una psique en estado inestable y alterada por salir del enredo, sino ante una mezcla a partes iguales entre esquizofrenia y adrenalina por la conquista del éxito. Un objetivo en el que, además, la arrebatadora cámara de Josh Safdie se muestra aliada y cómplice.

Tal notable cambio de trayectoria nos lleva a conectar el filme a una cierta tendencia presente en el cine de autor norteamericano Hollywoodiense (si es que este término esclarece algo; en cualquier caso, los propios filmes formulan en su propuesta una mirada a la figura del artista). Nos referimos aquella que empezó a vislumbrarse en su forma más reciente con Babylon (Damien Chazelle, 2022), pasando por The brutalist (Brady Corbet, 2024), hasta The sinners (Ryan Coogler, 2025). Parece como si, por su carácter genuino, en un grito desesperado por devolver por un momento la victoria al cine frente a la atención que demanda el consumo de los mass media y la cultura del frívolo hedonismo, la forma medular de estas películas concentrara sus esfuerzos en explotar los elementos expresivos hasta el límite. Todo esto en un gesto por demostrar el aún vivo impacto, deslumbre y emoción del séptimo arte, esencial hoy para estos cineastas. Y es que todos los filmes comparten la historia de una profunda herida vital incapaz de calmar su dolor si no es con la sutura que desprende el éxtasis sanador del ser humano al rozar con la yema de los dedos (aunque sea solo por un instante) el toque de gracia divino que supone, en definitiva, la creación. Y, aunque la subida al Monte Olimpo para robar el fuego de los dioses traiga consigo (o deje por el camino) consecuencias nefastas al individuo y a quien le rodea, no importa. He aquí pues inscrita, con naturaleza microscópica, la imagen ADN del nuevo filme del mayor de los Safdie: solo un único espermatozoide, el primero, es el que puede fecundar el óvulo. Solo uno, el elegido, puede lograr el éxito y engendrar.

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Tal ciego proceder pulsional es el que atraviesa las propuestas. Da igual las épocas a las que haya que viajar o los géneros y códigos adheridos que como pretexto haya que transitar a machamartillo ­—desde el biopic, al cine dentro del cine, al de deporte, al de vampiros, al western, al musical afroamericano, al drama de época, a la comedia negra, al folletín, etc—. Y, con la misma, no importa las consecuencias de sus acciones —en algunos casos, el individualismo y el sionismo palpables, o la ausencia de la cuestión de género—. Es indiferente, porque la mesura no está dentro de los patrones cuando se trata de la conquista de lo genuino. Todo queda arrasado y regenerado, destruido y redimido a la vez en algo nuevo y originario. Recordemos aquel instante del citado filme de Chazelle cuando, pese al absoluto caos en el rodaje y obligados a salir corriendo a por película virgen, se alinean los astros antes de que se acabe la luz y un ebrio Brad Pitt es capaz de sostenerse en pie en el último momento de esplendor suficiente para emulsionar el celuloide. Todo estrago ha valido la pena. Todos son lo mismo. Unos brutalistas, unos pecadores o unos directores de cine de los años 30 en el cambio del mudo al sonoro. En otras palabras: unos visionarios. Como dice Mauser en la cinta, “no soy actor, pero tengo mucho de artista”. Marty Supreme, hija legítima de este corrosivo y perverso sustrato hasta límites sorprendentes, busca, a cualquier coste, aquel mismo instante de fascinación y deseo orgásmico en su entramado textual con afán verdaderamente alarmante y encomiable a partes iguales.

Se puede ver en aquellos dos objetivos (Endo y Gwyneth) que Mauser intercepta, en donde los planos, a modo de mirada del personaje, los sigue con el movimiento en su ambición de conquista. Igual sucede cuando la actriz cuelga el teléfono y el plano se mantiene en el objeto, apelando así a su verdadero deseo de continuar la conversación. Y, mucho más desvelado, es ese momento en que el personaje de Kay Stone es aplaudido por el público y no puede esconder su felicidad —verdadero hallazgo de la posición de la cámara—. De esta manera, los procesos de identificación del filme se fundamentan en aquellos momentos en los que los personajes tienen delante suya el objeto de deseo y se dirigen a por él. Así, toda la larga estructura del filme responde a la imagen de esos espermatozoides en manada que en su largo camino se desplazan al objetivo. Y haciendo caso a les leyes naturales, cada uno de ellos perderá al fin y al cabo su conquista. Así los esfuerzos de la madre de Marty, aquella que duerme en la cama de su hijo soñando que vuelve a sus brazos y que es capaz de mentirle para que su ansiado sueño se haga realidad, son totalmente infructuosos. Lo mismo sucede con el personaje del mafioso que busca a su perro Moses. De hecho, el perro —en esa imagen huyendo y engullido por el polvo— es en escala el primero con derecho a perderse y a extinguirse —como, en definitiva, todos los animales exóticos que se venden en esa pet shop—. Igual ocurre con el personaje de Luke Manley cuando tira las pelotas por la ventana —único logro en su vida que ha conseguido hacer a espaldas de su padre—. Y qué decir de Rachel, personaje incansable por conseguir que Marty se fije en ella con todos los métodos que se repiten como patrones en esta cinta —esa mentira hecha arte de la actuación que cultivan todos—. Pero, todo esfuerzo resulta en vano —recordemos, “tú no eres mi objetivo”—. Incluso lo mismo le sucede al personaje de Stone cuando (presumiblemente) recibe una mala crítica por su actuación.

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Detengámonos brevemente en tal peculiar forma de filmar el momento en lo que es la última aparición del personaje en la ficción. Aquella actriz, hasta entonces a la misma altura que Marty —puesto que ambos sangran al deleznable marido y aspiran al éxito con la misma ambición—, es filmada, en el instante en el que pierde su objetivo, entre sollozos desde el punto de vista del protagonista, condicionándonos a ver cómo a este se le agota por esa vía conseguir el dinero para viajar a Japón. Sin consideración entonces por el devastado personaje de Stone al que la ficción le cierra la puerta, la cámara continua con Marty que se introduce ahora por el encuadre, deslizándose cual célula masculina, en busca de una última posibilidad: Rockwells. Sentado de tertulia, este le concederá lo que ansía, no sin antes darle un pequeño castigo. Sirva este breve fragmento como prueba de todo el entramado mecánico del filme, en el que la cámara selecciona, cual imán caprichoso, el hombro del personaje con más posibilidades de conseguir su deseo. Y, por lo tanto, cuando este falla en la trayectoria, el perverso sistema deja al eslabón débil en el olvido, condenándole para saltar al siguiente. Así sucesivamente hasta que el dispositivo llega al último en pie (Mauser).

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Insistimos: da igual. No hay consideración ninguna cuando de lo que se trata es de la gloria —como habla ese montaje paralelo con música ochentera, cuando el protagonista está disfrutando entrenando, sacudiendo la pelota y a modo de paradoja se une con los golpes del marido celoso de Rachel consecuencia de sus acciones—. Porque, en las puertas del cielo, la música anhelante empieza a surgir a modo premonitorio como símil de los instantes previos de la eyaculación emergente. Y, es entonces cuando la actuación de Chalamet, en estado de gracia, desborda el encuadre por el ansiado orgasmo que en aquel momento se produce con la deseosa victoria. De vuelta a casa como un héroe nacional camuflado entre militares, no hay tiempo para mirar al pasado, sino al futuro. La historia germina así en una nueva etapa de la vida del personaje (el único que parece con derecho a tenerla): aquella de madurez con un nuevo objetivo que se muestra en este caso, no en la mesa de ping-pong, sino en los campos que una cristalera divide entre él y su criatura.

Discurso bandera del individualismo y supervivencia del más fuerte a ultranza, pese a los hallazgos ineludibles y a su entrega, es necesario preguntarse: ¿dónde están los límites de la fascinación?


Marty Supreme (E.E.U.U., 2025)

Director: Joshua Safdie/ Guion: Ronald Bronstein, Joshua Safdie/ Reparto: Timothée Chalamet, Gwyneth Paltrow, Odessa A´zion, Kevin O´Leary, Tyler The Creator, Fran Drescher, Abel Ferrara, Emory Cohen, Géza Röhring, Penn Jilette/ Director de fotografía: Darius Khondji/ Montaje: Joshua Safdie/ Música: Daniel Lopatin/ Productoras: A24, Elara Pictures, IPR.VC.

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