CAZA DE BRUJAS
Corromperse para sobrevivir

Las películas de Luca Guadagnino siempre están mutando. Desde la enérgica y excitante primera parte de Cegados por el sol (2015) hasta su suave y esterilizada transformación en su segmento final; desde la evocación de Querelle (Rainer Werner Fassbinder, 1982) en Queer (2024) hasta su tránsito en el cine de Lisandro Alonso o David Cronenberg; desde el coming of age que comenzaba siendo Call Me By Your Name (2017) hasta madurar en una película de Douglas Sirk. En cada filme de Guadagnino caben varias películas, varias formas, varios tonos, cada uno capaz incluso de albergar un discurso propio con el que canibalizar y devorar a su precedente. Y si bien este rasgo de estilo sigue vigente en la última realización del cineasta siciliano, el otro pilar fundamental de su cine ha sido mutilado de manera hiriente. En Caza de brujas (2025), como en Rivales (2024), tenemos un trío protagonista, pero, en este caso, el vínculo que une a los personajes nada tiene que ver con la atracción del deseo o del erotismo. Aquí, el sexo y la sexualidad se ven reducidos y restringidos a la violación y a la pornografía. Así pues, Guadagnino ha despojado a sus criaturas de una de las partes más vitales de su cine y las ha dejado inscritas dentro del áspero y abrumador mecanismo dramático que se construye; con este se pretende hacer un juicio moral sobre quienes rivalizan y sobreviven a base de amenazas, traiciones y mentiras. Trasladadas la provocación, la incomodidad y la confusión de su cine al terreno de la crueldad, dicho carácter parece provocar que la complejidad que en su armazón aparenta Caza de brujas se vea en entredicho por una mirada demasiado programática y calculada en ciertos momentos. Y no es hasta su segunda parte en la que la obra se transforma —coherentemente con el estilo de quien dirige— en un océano de incertidumbres. Es entonces cuando la necesaria reflexión emerge de las imágenes.

Estamos en la universidad de Yale, un lugar en el que el personaje que interpreta Julia Roberts (Alma Imhoff) posee el poder —como atestigua el plano en el que apoyada en el sofá se la muestra en un nivel superior de control respecto del entorno y confirmado después por su marido cuando señala: “te sabes rodear muy bien”—. En medio de esta fiesta, sofocada por el ambiente intelectual de unos pensadores que celebran su capacidad de eruditos verborreando discursos filosóficos, se discute sobre el rol del individuo en la sociedad, de cómo este se reprime y es incapaz de expresar con libertad sus verdaderos pensamientos. Así, conectando con la idea de la cultura de la cancelación, a lo largo del filme se emplea el plano general para hacer evidente la presión que el contexto ejerce sobre los personajes: desde el plano único con el que se retrata al inicio a Alma y Hank (Andrew Garfield) tomando copas en el pub-bar —que solo se puede intuir una relación más allá de lo profesional bajo la insinuación—, o el plano en el que la cámara —después de insistir Maggie a Alma para pedirla su apoyo en los hechos de abuso que sostiene haber sufrido— se eleva para retratar al grupo social que se congrega en la conferencia tras el cristal. Y es que, precisamente, el conflicto en torno al individuo y la sociedad es el que aborda Caza de brujas. El miedo que padece Alma es el que cala toda la narración al tener que decidir entre defender al personaje de Andrew Garfield en detrimento de los valores del MeToo o apoyar el relato de los hechos de su alumna Maggie —“he crossed the line”— ante la posibilidad de estarse beneficiando de la sensibilidad del contexto para escalar a una posición privilegiada. Todo este estallido ya se adelanta al inicio con el fuerte sonido extradiegético del “tic tac” de un reloj que se introduce por encima de unos personajes inconscientes del paso sonoro de las manecillas y que, sin embargo, van a quedar retorcidos en su cuenta atrás.

Dentro de este conflicto en el que Alma lucha por mantenerse fríamente neutral, el encontrar la verdad se ausculta por medio del plano corto a los individuos, en contraposición al plano general en el que el entorno ejerce presión (como hemos señalado anteriormente). Así pues, las importantes declaraciones de Maggie y Hank con Alma (dos y dos respectivamente) sobre ambas versiones de la historia acaban siendo momentos en donde la superficie parece romperse debido a la diferencia de tratamiento en la mirada de Guadagnino. Por un lado, frente a las declaraciones de abuso del personaje femenino —una en la escalera por la noche y la otra después en la antesala de la conferencia— en las que se filma desde el lateral al personaje de Maggie mirando hacia afuera del encuadre y al personaje de Roberts escuchando en un segundo plano del mismo. Por el contrario, fíjese cuando quien testifica los hechos es el personaje de Garfield —en el restaurante primero y en los pasillos de la escuela cuando es expulsado, después— la cámara le filma mirándole a los ojos en comunicación directa con Alma —y con el espectador irremediablemente—, que le responde de la misma forma. Pero no solo eso, cuando Alma habla en la fiesta de cómo a través de la lucha y defensa de los valores feministas consiguió estar donde está, Guadagnino dedica un plano al personaje de Maggie escuchando atentamente, en lo que vendría a ser un cocinado del plan. Y, de igual manera, todo el análisis de las manos del personaje que delatan la verdad en cada acto, o aquel abrazo en el que atrapa a Alma en sus “garras” para después mostrar el contraplano de una estatua que porta la ley como símbolo de conciencia, el director de manera ineludible nos está posicionando. Esta tendencia de Guadagnino a querer probar una tesis preconcebida queda en cierta evidencia cuando lo que se pretende es sacudir los prejuicios y los valores de sus personajes. Y al mismo tiempo, esa mirada elevada que analiza a cada protagonista en busca del arresto de la flor de su secreto se encuentra dentro de todo un aparataje de investigación que aparenta ser más complejo de lo que es en realidad.
Será a través del desdoble, evidenciado en una sombra que emerge tras un acto que sucede ante nuestros ojos, cuando las dudas y la incertidumbre comiencen a brotar. Un punto y a parte en el que la crispación se olvida y aquella imagen justiciera que sacudía a sus personajes se transforma y se acopla al ambiente corrosivo que se respira. Un gesto que se evidencia en una puesta en escena que se opaca a toda la sarta de mentiras acumuladas a las que ahora se funde insensible —desde la podredumbre del matrimonio de Alma pasando por la relación de pareja de Maggie, hasta llegar a esa escena final en el restaurante como epítome de la falsedad—. Aquello que antes se vomitaba ahora se digestiona, pues todos acabamos dependiendo del ambiente en el que la moral se evapora y en el que nos corrompemos para sobrevivir.
Caza de brujas (E.E.U.U., Italia 2025)
Director: Luca Guadagnino / Guion: Nora Garrett / Director de fotografía: Malik Hassan Sayeed / Montaje: Marco Costa / Música: Trent Reznor, Atticus Ross / Productoras: Imagine Entertainment, Frenesy Film Company, Big Indi Pictures / Reparto: Julia Roberts, Ayo Edebiri, Andrew Garfield, Michael Stuhlbarg, Chloë Sevigny
