Estrenos

NÚREMBERG

Para recordar hay que imaginar

¿Quién vigila este extraño observatorio para advertirnos de la llegada de nuevos verdugos? ¿Realmente tiene un rostro distinto al nuestro?

I 

Las primeras palabras que se pronuncian en Núremberg (James Vanderbilt, 2025) son de reconocimiento hacia Hermann Göring –segundo al mando del Tercer Reich–, que lentamente, desde la fragmentación y oscuridad, emerge de un coche para situarse altivo ante los soldados estadounidenses que le apuntan con armas. A partir de ese momento, las palabras, en formas de diálogo, monólogos, acusaciones y defensas, no cesarán. Vanderbilt está tan preocupado por el presente –no queda claro cuál– que se olvida de la mitad de la promesa con la que abre la película: que se contaría la memoria de quienes ya no pueden hacerlo. Pero, encerrado en su propio discurso constante, se olvida de dejar espacio al pasado, al trauma y a la memoria.

Nuremberg Revista Mutaciones

La película se estructura en torno a las conversaciones entre el psiquiatra Douglas Kelley (Rami Malek) y Göring (Russel Crowe). Conversaciones que tuvieron lugares antes y durante los juicios de Núremberg para entender el papel que había cumplido en el Holocausto. Sería simplista considerar que la película intenta crear un vínculo empático con Göring pues, aunque cae en ciertos sentimentalismos a través de la confianza o familiaridad, se preocupa más bien por recordar que el mal es universal, y que sus agentes siguen siendo personas. No obstante, al preocuparse tanto por considerar que identificarlos como simples monstruos es deshumanizar las decisiones de la cúpula alemana del Reich, individualiza y personifica en Göring –“humanizándole”– todo conflicto y se olvida del resto, no solo de los acusados, que quedan como meros títeres, sino de las víctimas.

Desde que Göring aparece en el plano, el discurso domina la película: el discurso nazi que utiliza las leyes para justificar el genocidio, el de los fiscales intentando encontrar vacios legales e incriminatorios y el de Kelley, que no para de hablar entre dos los bandos, considerando si puede traicionar a Göring o al “Bien”. El problema es que la propia película no sabe qué hacer con tantos discursos, palabras o  defensas. Tiene miedo de sentenciar, así que se llena de ruido.

Jean-Luc Nancy en su texto Shoah. Un soplo habla precisamente del ruido generado por películas como La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1994) o la serie Holocausto (1978), y dice: “No quiero oír hablar de Shoah, pero tampoco quiero escuchar el silencio envolviéndola. Cuando no se habla de ella, resuena, angustiante, el silencio”. Finalmente identifica en el soplo esa liminalidad, entre el sonido y el silencio. Y eso es la memoria, fantasmal, casi imperceptible, pero que se escucha. Es, todavía, representable. Lo que sucede en Núremberg es que no hay soplo. La memoria del pasado, de los crímenes cometidos, de la ira nazi, etc. quedan sepultadas en hordas de diálogos que rondan las mismas ideas una y otra vez. Y, por esa razón, las interpretaciones de un Russel Crowe contenido y meticuloso, y un analítico, compasivo y punzante Malek, quedan también relegadas a posiciones de titiriteros recitando sus papeles.

II

El objetivo del Tercer Reich en los campos de concentración fue el genocidio, exterminar pueblos e identidades condenándolos al olvido total. No hay, por ello, imágenes tomadas dentro de los campos en el momento en el que el crimen contra la humanidad se estaba cometiendo. Las constantes diatribas en torno a la imposibilidad del arte tras Auschwitz, significan que es imposible hacer referencia a lo que jamás se ha podido ver. Georges Didi-Huberman, a partir de estas ideas, plantea, en Imágenes pese a todo, que “para saber hay que imaginar”. Este acto de imaginar no significa inventar posibilidades de cómo han sucedido las atrocidades, sino conseguir representar ese silencio permitiendo que haya un espacio para que exista el peso de la memoria perdida, la muerte. En Núremberg solo los vivos, ni siquiera los supervivientes, atraviesan la película y sus planos.

Y nosotros, que miramos con sinceridad estas ruinas, como si el viejo monstruo de los campos estuviese enterrado bajo los escombros, fingimos tener esperanza ante esta imagen que se aleja […]

En La zona de interés (Jonathan Glazer, 2023) el genocidio está en el plano, tras esa quinta pared que son los muros del hogar del dirigente nazi, en el humo de las cámaras o en el sonido. Lo irrepresentable sigue siendo irrepresentable, pero existe y no permite que se olvide. La única razón por la que en Núremberg se reconoce el Holocausto es por los gritos de los personajes que se acusan y justifican y cuya única motivación es que los juicios tengan “éxito”. Claude Lanzmann en Shoah (1985) pone en pantalla esta idea de irrepresentabilidad al negarse a utilizar imágenes de archivo y, aunque de manera cuestionable, fuerza a escuchar directamente los testimonios ofreciéndoles la agencia sobre las palabras a los supervivientes. Núremberg, en cambio, traiciona los testimonios, el archivo y la memoria de los que murieron y vivieron tras los campos. El fuera de campo de la película de Vanderbilt está vaciado de memoria y pasado, y el plano en sí mismo contiene todos los discursos entremezclados. La constante observación de los personajes en primeros planos, compuestos en el centro del plano y montajes en plano contraplano, que los enfrenta en conversaciones, no deja espacio a la existencia más allá de los juicios, ni a las causas ni sus consecuencias. Los vivos hablando ocupan siempre la pantalla y no permiten mirar más allá de ella.

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III

Vencedores y vencidos (Stanley Kramer, 1961) también sucede alrededor de uno de los juicios celebrados dos años después del primero (el de Göring), cuando ya existía una duda sobre su efectividad. En este caso el juez Haywood (Spencer Tracey) juzgará a los jueces que condenaron a los campos y a la esterilización a miles de personas, principalmente Ernst Janning (Burt Lancaster) –que en la realidad se refiere al ministro de justicia durante el Tercer Reich, Franz Schlegelberger). Durante la mayor parte de la película Janning se mantiene en silencio, y esta ausencia de voz hará presencia cuando el ruido comienza a apoderarse del discurso y a convertirse en acusaciones viles y vacías. El silencio de Janning no es solo una forma de evitar incriminarse, es negar la verbalización del pasado. De esta manera, cuando cesa el silencio y se pronuncia, más allá del sentimentalismo de la culpa del que hace gala, se ofrece el peso del pasado. La palabra aquí, combinada con el silencio (a diferencia de la verborrea constante de Núremberg), significa algo.

Ambas películas, Vencedores o vencidos y Núremberg comparten también una escena en la que se proyecta una recopilación de imágenes grabadas tras la liberación de los campos. Las dos secuencias intercalan imágenes de la pantalla, es decir, evidencia el dispositivo de visionado, con las reacciones de los presentes en la sala. La diferencia es, quizás, la forma en la que el dispositivo se hace presente. En la de Kramer pasa desapercibido: la imagen proyectada ocupa casi todo el plano y la pared sobre la que se proyecta queda en un completo segundo plano. La de Vanderbilt resalta la maquinaria, quedando la imagen en la distancia, a veces oblicua, destacando la luz brillante y azulada del proyector. Las imágenes de la memoria de las víctimas quedan relegadas a ser solo algo a lo que los primeros planos posteriores de los rostros horrorizados y compungidos de los presentes reaccionan. Otra vez, el presente de los vivos es el protagonista y la memoria de las víctimas es algo de lo que se permite apartar la vista o no mirar de forma directa.

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[…] como si uno pudiese curarse de la peste de los campos, nosotros, que fingimos creer que eso pertenece a otra época y a otro país y que no pensamos en mirar a nuestro alrededor y que no oímos que alguien grita sin parar.

La película de Kramer comenzaba con las ruinas de la ciudad alemana de Núremberg; recorriéndolas se evidenciaba la destrucción de una memoria colectiva, se habla de la muerte y las consecuencias de la guerra. James Vanderbilt prefiere capturar una masa indestinguible de personas recorriendo un camino de tierra, víctimas de la guerra, desde la distancia, y detenerse en un dirigente nazi. Vanderbilt no sabe qué hacer con la memoria y el trauma que atraviesa los juicios de Nuremberg. La única ruina es la del edificio que acogerá el juicio, introducida como un mero escenario. Tampoco se atreve a criticar al resto de países como agentes que potenciaron y alabaron al Tercer Reich tras la llegada de Hitler al poder, o a la justicia, como sí hacía Kramer. Por esa razón, es incapaz de invocar el genocidio. El pasado es una lección de Historia más.

IV

La investigación de Douglas Kelley, y por lo que interroga y analiza a Göring, dio lugar a un libro en el que psiquiatra advertía de la posibilidad de que algo como el Holocausto volviera a suceder. James Vanderbilt hace Núremberg pretendiendo hacer lo mismo. Dice: “ya está sucediendo”, y ahí acaba su responsabilidad. Aún así, es incapaz de hablar del presente porque no es capaz de señalar qué es lo que le preocupa. Hablar del presente, y del futuro, ya lo hacía Alain Resnais  en su documental poético y ensayístico Noche y niebla (1956). A diferencia de Núremberg sus palabras, música y silencio invocaban el pasado, no apartaban la mirada del presente (señalando la responsabilidad de Francia en el Holocausto) y temían por lo que deparaba el futuro. Se permitía (como aconsejaba Didi-Huberman) imaginar, dudar y temer para saber.

Vanderbilt cree que el mal del presente no tiene forma ni se materializa: si es Trump, Putin y Netanyahu a la vez y al mismo tiempo, no es nada. Y, por supuesto, de igual forma, no invoca el pasado o la memoria colectiva que está siendo destruida en el presente –la de Palestina, de los inmigrantes que cruzan vallas y son devueltos o encerrados, la de los miles de muertos en el mar huyendo de las guerras, y las del auge del fascismo en cada elección nacional–. Núremberg rebosa ruido y confusión, no se atreve a tener un discurso claro y directo, se esconde en el presente como visión borrosa para no tener que mirarlo y cuestionarlo. Quizás James Vanderbilt haya realizado una película con buenas intenciones, pero ejecutada con cobardía. Solo queda pedirle al cine coraje.

(Citas de Noche y niebla de Alain Resnais)

 


Núremberg (James Vanderbilt, EE.UU, 2025)

Dirección: James Vanderbilt / Guion: James Vanderbilt /  Música: Brian Tyler / Fotografía: Dariusz Wolski / Reparto: Russell Crowe, Rami Malek, Leo Woodwall, Richard E. Grant

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