BLUE MOON
En la habitación de al lado

En este 2025 Richard Linklater ha estrenado dos películas que pueden leerse de forma complementaria en muchos sentidos. Tanto Nouvelle vague (2025) como Blue moon (2025) miran al pasado, a dos momentos señalados en una historia canónica del cine que representan al mismo tiempo grandes influencias para el cineasta estadounidense, como son los inicios de la carrera de Jean-Luc Godard o el Hollywood clásico de los años 40. También ambas se apoyan en otras películas, ya sea en una recreación del rodaje de Al final de la escapada (1959) o en Casablanca (Michael Curtiz, 1942), que funciona en Blue moon como una especie de esquema mimético -el bar, el camarero, el pianista, el amor que se esfuma- sobre el que situar a los personajes y la historia. Linklater toma aquí como punto de partida la figura de Lorenz Hart, letrista responsable -junto al compositor Richard Rodgers- de grandes éxitos musicales de Broadway en los años 20 y 30, al que introduce en el mismo momento de su muerte en 1943, deambulando en soledad por callejones oscuros para terminar tirado bajo la lluvia mientras la radio reproduce su obituario en off.
No obstante, la cámara nos conduce 7 meses atrás en el tiempo, en concreto a la noche del estreno de Oklahoma! (1943), el celebrado musical que confirmaría la separación definitiva de la dupla Hart y Rodgers y, como consecuencia, el inicio de la fructífera colaboración entre este último y el letrista Oscar Hammerstein II. Linklater sitúa su película en un espacio reducido, convirtiendo el bar en una especie de habitación trasera desde la que incide constantemente en todo aquello que está fuera: el teatro abarrotado, la sala de celebración, la increíble fiesta que Hart supuestamente ha organizado para dentro de unas horas y, en última instancia, la guerra. Aparece aquí una vez más la deuda con Casablanca, un film narrado también prácticamente en una sola localización que mantiene la sombra bélica en fuera de campo. La acción se desarrolla pues exclusivamente en este bar solitario que se ha ido transformando paulatinamente en el verdadero escenario teatral del protagonista, en el que su fiel audiencia (de nuevo el camarero y el pianista) escucha atentamente las digresiones del escritor sobre el trabajo de Rodgers y el acomodamiento del arte o las minuciosas descripciones que hace de la joven Elizabeth Weiland, su amor no correspondido al que aguarda con impaciencia.

Linklater se entrega una vez más a la escenificación de la conversación, retomando su interés por la palabra como método cinematográfico que aparece igualmente afinado en Nouvelle vague, en esa decisión de componer el guion a partir de escenas y líneas de diálogo de la época perfectamente documentadas. En otro sentido, en Blue moon ese centro del relato es un personaje también obsesionado con las palabras, la articulación de significado, los detalles y matizaciones y, especialmente, con el legado que dejamos a través de ellas. “¿Cómo vas a darle voz a todo el coro mundial si todo el coro mundial no está ya dentro de ti?”, sentenciará Hart. Esos toques de cinismo que manifiesta, ya consciente de su condición de viejo cascarrabias y que en todo momento él mismo relaciona con su profesión literaria reverberan en la forma que tiene Linklater de filmarlo, desde múltiples ángulos, unos que coinciden con el punto de vista de los otros personajes y otros inéditos. La cámara documenta esta especie de monólogo testamentario del que el cineasta extrae uno de los personajes de mayor humanidad de su filmografía, evitando caer en un retrato compasivo y sentimentalista de un hombre en sus últimos días. En lugar de eso, Linklater se limita a escuchar y a rebuscar en esos destellos de reconocimiento ajeno que reclama el protagonista en los breves intercambios verbales que mantiene con la retahíla de personajes que desfilan fugazmente por la barra (el propio Rodgers, su antiguo representante, un repartidor de flores o un juvenil George Roy Hill), que interrumpen brillantemente la aparente seguridad de su discurso sobre el amor y la creación.
Si en la trilogía formada por Antes del amanecer (1995), Antes del atardecer (2004) y Antes del anochecer (2013) era el movimiento por las ciudades europeas el que permitía al cineasta suspender el tiempo entre los protagonistas a partir de largos travellings que seguían los paseos y conversaciones de Céline y Jesse, ahora esos movimientos de cámara que acompañan levemente a Hart en un inicio (también interpretado por Ethan Hawke, aquí prácticamente un antigalán), terminarán transformándose en un cuidadoso baile de planos y contraplanos en la escena del ropero. Linklater encuentra en ese recoveco la filmación última del instante en la conversación final entre el escritor y Weiland, en la que Hart se convierte definitivamente en oyente y asiste ensimismado a la anécdota que narra la joven, animándola a detenerse en los detalles mientras trata, al igual que el cineasta, de alargar el encuentro todo lo posible para congelar el momento.
Así, si Nouvelle vague, a través de ese lúdico juego de máscaras elogia el impulso creativo y rebusca en el pasado para mirar hacia adelante y tratar de recuperar la inspiración artística y la juventud, Blue moon constituye una mirada melancólica a la época de las grandes historias y los diálogos memorables (ese “Nunca nadie me ha amado tanto” que reaparece a lo largo de la película) que aquí se filma, en contraste, con un tono crepuscular que continúa apelando a la belleza y la intimidad del instante. Linklater encuentra lo insignificante en el backstage de la noche del gran estreno, y en esa evocación efímera devuelve una tierna mirada al pasado para combatir el olvido.
Blue moon (Estados Unidos, 2025)
Dirección: Richard Linklater / Guion: Robert Kaplow / Producción: Mike Blizzard, Joshua A. Foster, John Sloss, Richard Linklater / Fotografía: Shane F. Kelly / Montaje: Sandra Adair / Música: Graham Reynolds / Reparto: Ethan Hawke, Margaret Qualley, Bobby Cannavale, Andrew Scott, Simon Delaney, Patrick Kennedy
