LA BUENA HIJA
El grito va por dentro
“Carmela”. Un nombre escrito a base de arañazos sobre la madera. La propia Carmela (Kiara Arancibia Pinto) lo escribe y lo repasa con la ayuda de un cuchillo en el somier de su cama. Cuando sale de su habitación, su madre (Janet Novás) está intentando reparar otras marcas: manchas de comida en la pared. A sus pies hay una caja con fragmentos de platos rotos, que nos ayuda a imaginar lo que ha pasado. Estas dos imágenes condensan la idea fundamental de La buena hija: no hablar de la violencia sino de su huella, no de su estallido sino de su eco en nuestra identidad y en aquello que llamamos hogar.
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Esta es la nueva película de Júlia de Paz Solvas, en la que, como ya hizo en Ama (2021), adapta un cortometraje propio, Harta (2021). La directora (y coguionista junto a Nuria Dunjó) parte de los Puntos de Encuentro Familiar, centros que facilitan las reuniones entre menores y sus familias cuando hay una situación de conflicto. En una de estas instituciones de ritmo acelerado y simulada calma, Carmela se encuentra con su padre (Julián Villagrán), un artista que la trata de «tía» y con quien siente que puede expresar su lado más rebelde en libertad. Si la madre se presenta en un espacio doméstico cerrado y dañado, él aparece vinculado a los espacios abiertos: un estudio luminoso, un jardín agreste. El marco institucional que regula sus citas ya sugiere que algo no va bien, pero De Paz deja que esta intuición inquietante vaya tomando forma bajo una aparente superficie de tranquilidad. En gran medida, esto es posible gracias a la excelente interpretación de Villagrán: el actor construye una simpatía artificiosa que se traiciona a sí misma a través de pequeños gestos, como una mirada oscura o una sonrisa que de pronto se tuerce.
Así, entre texto y subtexto, la tensión va creciendo como un río que aumenta su caudal. Crece para el espectador y crece para Carmela, que a duras penas puede contenerla. La protagonista escucha y calla, calla mucho, pero a la vez comunica con esa transparencia involuntaria típica de la adolescencia. De Paz se centra en ella utilizando la cámara en mano, que sirve como mecanismo expresivo para reproducir la inestabilidad del personaje. Mientras, en plano corto, vemos cómo su torrente interior se revela en uñas mordidas, tics nerviosos, estallidos violentos. El cuerpo se convierte en espacio para revelar el dolor cuando las palabras fallan.

La tensión, sin embargo, acaba desbordando. De Paz escoge con criterio qué mostrar y qué omitir, y renuncia al dramatismo sin caer nunca en la ambigüedad. No se trata de poner en duda si el padre es o no violento, sino de explorar cuántas formas puede adoptar esa violencia. La película alcanza su mayor potencia en sus secuencias centrales, en las que el subtexto se vuelve texto y estalla la carga dramática. Después, sin embargo, el caudal pierde fuerza, y La buena hija se alarga hasta su conclusión: quizá lastrado por su origen como cortometraje, el núcleo del conflicto resulta reducido para un largo y no encuentra nuevas modulaciones en el último tercio, donde se resiente el ritmo.
Pero, con todo, La buena hija es una exploración sólida y contenida de la violencia de género y vicaria. De Paz confía en la inteligencia del espectador y, en vez de explicar estas violencias, nos hace sentir su huella. Como el nombre grabado a cuchillo en el somier o los fragmentos de plato recogidos del suelo, la película entiende que el daño no es puntual. Sus secuelas quedan en la madera, en el yeso, en Carmela y en nosotros.
La buena hija (España, Bélgica, 2026)
Dirección: Júlia De Paz Solvas / Guión: Júlia De Paz Solvas y Nuria Dunjó / Fotografía: Sandra Roca / Montaje: Oriol Milán / Producción: Harta La Película, Astra Studios, Avalon y Krater Films / Reparto: Kiara Arancibia Pinto, Janet Novás, Julián Villagrán / Distribución en España: Avalon
