QUIÉN VIO LOS TEMPLOS CAER
La arquitectura del tiempo
Con la llegada del alba, Chorrojumo (José Fernández) despierta en una casa cueva del Sacromonte. El amanecer llama al despertar del fuego que, tras creptiar en el silencio de la noche de Granada, consume los últimos restos de oscuridad a su paso. En Quién vio los templos caer (Lucía Selva, 2025), los elementos naturales son los responsables de edificar los templos, erosionando y sedimentando las ruinas que aún conforman las civilizaciones. Ojalá los muertos sepan que pensamos en ellos; esta línea abre la cuestión sobre el retrato del peso de la ausencia en el territorio que está desapareciendo. Así, el amanecer ilumina los espacios en deterioro y Chorrojumo, un cuerpo que también se erige en ruinas, se asienta en una Granada actual, gentrificada e industrializada bajo un sol abrasador. La ciudad de las tres culturas se recorre desde arriba, en un plano cenital que casi recuerda a un mapa digitalizado en tres dimensiones y por tanto desvirtuado de toda carga cultural. La espera del que fuera el “rey de los gitanos” se ve interrumpida por Anas (Anas Derbal), un joven marroquí que llega a la ciudad buscando a sus padres y que, a pesar de no hablar castellano, logra entablar una relación de escucha y relato con el anciano.

Esta incomunicación encarna una tensión entre dos culturas que, incapaces de hablar entre sí, emprenden un viaje a pie en busca de los restos: tanto de uno mismo como de una civilización. La voz en off de Chorrojumo, que ya estaba presente en el prólogo del film, se impone como una presencia física sobre las imágenes; es el grano de su voz el que activa esa tradición oral en la que los mitos perviven de manera efímera y volátil. Él habla, relata, se narra a sí mismo como se narra la historia. Hace que Anas escuche, que se tumbe sobre el asfalto para escuchar las tripas de la ciudad andaluza, donde ruge el fuego que traía la noche, ahogado bajo el cemento. Las calles de Granada se oyen, tienen eco. Baldosas irregulares que resuenan a cada paso que dan los personajes, por las que pasan carruajes de caballos fantasmas que solo se escuchan, sin llegar a verse. En la película, andar –pero sobre todo deambular– es un acto de resistencia ante el paso del tiempo, un gesto político de memoria que sitúa el cuerpo en el espacio físico. Es en este viaje por el tiempo en el que Selva se permite entrar en la narración, convirtiéndose en otro de los seres fantasmales que habitan las calles a plena luz del sol. Su cámara de lentes angulares y steadys operan como una presencia invisible que compone acercamientos y alejamientos, idas y venidas. Caminar o flotar, la cámara adquiere una presencia dentro de las propias imágenes que construye, recorriendo el mapa granadino como un laberinto. La ciudad deviene un templo en sí mismo, abandonado y reconstruido. Un archivo vivo.

Anas escucha, anda y también contempla. Es presentado a través de su propia mirada, observando por un agujero. En un pase de diapositivas de postales antiguas, se reconstruye la población que un día fue real. La mera existencia de los lugares que un día formaban parte de la cotidianidad de sus habitantes ha quedado reducida y anclada a imágenes fijas que solo pueden verse mirando a través de un pequeño orificio, cerrando un ojo al exterior. Ser nómada supone aquí un ejercicio de memoria frente a la inmovilidad del sedentarismo, que espera mientras todo se destruye a su alrededor. Este viaje en compañía, una migración sin rumbo de dos culturas y dos tiempos, dialoga con una ciudad de piedras y cemento, abarcando todo el recorrido de la salida a la puesta de sol. Es entonces cuando los viajeros se enfrentan al “monstruo” de la excavadora, una figura silueteada que se convierte en ser mitológico, un diplodocus de violencia industrial y saqueo histórico. Granada se edifica así como un reino habitado por el día pero asediado por monstruos de construcción por la noche, en un viaje circular en el que el sol negro supone un punto y aparte, un tercer estado de percepción. Es en esta sombra, en este ocultamiento de la luz, donde se genera el espacio en la pantalla absolutamente necesario para poder mirar.
Quién vio los templos caer (Lucía Selva, 2025)
Dirección: Lucía Selva / Guion: Lucía Selva y Joan López Alonso / Producción: Mubox Studio y 59 en Conserva / Fotografía: Jan Haase / Montaje: Alicia Tapounet y Lucía Selva / Diseño de sonido: Laura Gantes / Intérpretes: José Fernández, Anas Derbal
