QUERIDA FLOR
Insistir en la montaña
Paolo Cognetti lleva años escribiendo desde y sobre la montaña, un territorio en el que se ha instalado tanto vital como artísticamente. Alcanzó reconocimiento internacional con la novela Las ocho montañas, posteriormente adaptada al cine por Felix Van Groeningen y Charlotte Vandermeersch (Le otto montagne, 2022). Ahora debuta como director con Querida Flor, un largometraje en el que insiste en esa misma obsesión y la traslada de la literatura al documental.
La película inicia con un conflicto ecológico —la disminución del agua en la zona—, que solo sirve de pretexto para seguirlo a él junto con su perro Laki a lo largo de un año por el Monte Rosa, la región donde vive. A partir de ahí, visita a sus amigos, quienes habitan y administran refugios, y con los que reflexiona acerca del ser humano, la naturaleza y las consecuencias del cambio climático.
Ese desplazamiento define todo el film. Se encadena en una contemplación de encuentros, conversaciones y pequeñas rutinas: yoga, comidas sin carne, rituales tibetanos, vino, cerveza y maderas. Un entorno bello y en armonía que funciona no solo como paisaje, sino como marco ideológico reconocible para reafirmar una manera de estar en el mundo.

La comparación con Las ocho montañas resulta inevitable. Allí la montaña funcionaba como escenario para pensar las relaciones humanas; aquí se convierte en el centro absoluto. La ropa de los minúsculos humanos salpica de color artificial esos planos imponentes y vertiginosos, como si fueran cuerpos ligeramente fuera de lugar.
La película encuentra su dimensión más interesante en lo formal. La dirección de fotografía de Ruben Impens, responsable también de la película de 2022 y colaborador habitual de Julia Ducournau, marca una diferencia clara entre lo humano y lo natural. La cámara se comporta de manera distinta según lo que filma: fluye con estabilidad cuando observa el paisaje, pero se vuelve más nerviosa y fragmentada cuando se acerca a las personas. Hay cortes abruptos, ligeros temblores e interrupciones constantes. El ser humano puede desentonar en el ambiente y la puesta en escena lo hace visible.
Dentro de esa misma construcción sensorial, la música de Vasco Brondi —a quien vemos en alguna secuencia— aparece de forma puntual y discreta, sin imponerse sobre el paisaje. Sin embargo, en los créditos finales introduce un matiz distinto: donde la imagen había construido una calma autosuficiente, la música abre una pequeña fisura emocional, una sensación de impulso y cierta alegría. Un gesto que deja asomar la emoción ligada a la experiencia de, pese a todo, estar en el mundo.
La centralidad de la montaña frente a lo humano hace que resalten elementos con una presencia casi autónoma. El agua aparece como algo vivo que se mueve o se estanca con una lógica propia. El fuego, por su parte, introduce una energía distinta: rápida, imprevisible, ajena al ritmo de la película. Los humanos, en cambio, lucen desajustados. Son más una especie observada que sujetos que articulan el relato. En este contexto, el perro resulta el único completamente integrado.

Con frases que podrían aparecer —y subrayarse— en algún libro de Cognetti, una de sus amigas dice que el ser humano no está allí para salvaguardar la montaña, que esta seguirá su curso imponente y que, en todo caso, será nuestra especie la que desaparezca. La idea se repite de distintas formas: no matar animales, no comerlos o aprender de ellos incluso para orientarse en un glaciar.
Hay momentos donde asoman pequeñas fisuras que la película no termina de explorar, como cuando una joven afirma preferir la playa pese a llevar un árbol tatuado, lo que introduce una contradicción que podría haber abierto el discurso, pero queda como un gesto aislado que nunca llega a tensionarse.
Las pequeñas flores que aparecen entre las rocas —esa “querida flor” del título— condensan bien la intención del film: encontrar sentido en lo mínimo que resiste. El problema es que, en su insistencia por observar, la cinta termina por encerrarse en la paz de la belleza natural sin explotar otras aristas interesantes. Puede resultar tan agradable y pacífica como un excelente fondo de pantalla mientras te preparas un bocadillo… sin jamón, claro.
Querida flor (Fiore mio, Italia, 2025)
Dirección: Paolo Cognetti / Guion: Paolo Cognetti / Dirección de fotografía: Ruben Impens y Pieter Van Campe / Montaje: Mario Marrone / Producción: Leonardo Barrile, Franco di Sarro y Francesco Favale / Música: Vasco Brondi / Reparto: Paolo Cognetti
