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YO NO MORIRÉ DE AMOR

Un mueble más de la casa

La puesta en escena de Marta Matute convierte la cámara en un elemento más de la casa. Quieta, fija y casi invisible, permanece integrada en los interiores domésticos como si formara parte del propio mobiliario, observando a los personajes sin intervenir nunca en ellos. Desde el primer plano, el film sitúa la lente al final del pasillo mientras escuchamos fuera de campo sonoro a la madre en una llamada telefónica banal. La cámara habita el espacio y, al mismo tiempo, quiere pasar desapercibida. En esa dualidad entra en funcionamiento el espacio doméstico y la manera en que los elementos formales unifican los conflictos narrativos —los cuidados que Claudia (Júlia Mascort), una joven de dieciocho años, dedica a su madre Julia (Sonia Almarcha), que sufre demencia— con las propias formas de la película. En ocasiones, la cámara funciona únicamente como observadora. Pase lo que pase en escena, nunca acompaña a los personajes, sino que permanece inmóvil, dejando que la acción entre y salga del encuadre y convirtiendo el espacio en el verdadero centro de atención.

Yo no moriré de amor Revista Mutaciones

Dentro de esa lógica, acciones aparentemente cotidianas, como abrir y cerrar puertas, adquieren un peso casi político ante la carga emocional y las responsabilidades que Claudia soporta para su edad, cada puerta que cierra parece un intento de separarse momentáneamente de una casa que termina absorbiéndola constantemente. Claudia se encierra en su habitación como una forma de encontrar calma y aislarse del entorno. Las puertas funcionan entonces como refugio, pero también como expresión emocional de cómo se sienten los personajes. En una escena especialmente significativa, tras discutir con su padre, Claudia entra bruscamente en la habitación de su madre para dejar los pañales: abre la puerta de golpe, despertándola, y sale dando un portazo. Sin embargo, segundos después, vuelve para darle las buenas noches y esta vez cierra la puerta con una delicadeza que difiere radicalmente de la violencia expresada previamente. Esta lógica culmina en la secuencia de la residencia. Al despedirse de Julia, Claudia queda detenida en el umbral, incapaz de avanzar hacia ese nuevo espacio. La cámara fija, anclada desde la puerta, convierte el propio marco en una barrera física y emocional que materializa la dificultad de aceptar la separación.

Yo no moriré de amor Revista Mutaciones

En las primeras secuencias, durante la celebración de cumpleaños organizada por Julia, el padre (Tomás del Estal) fuma en la terraza con uno de los invitados. Cuando le piden que entre, vuelve a encender otro cigarro dentro de casa y Julia le reprocha el olor que deja. Él responde que basta con abrir la puerta para que ventile. El gesto vincula de nuevo las puertas con el aire y los espacios de los personajes, ese aire que Claudia necesita desesperadamente y que el humo del padre contamina. La película alcanza uno de sus puntos más determinantes cuando Claudia, incapaz de soportar el deterioro avanzado de su madre, entra en la cocina, rompe los cigarrillos de su padre y le grita que se cuide. Sin embargo, en una secuencia posterior, ya hacia el final, Claudia le pide un cigarro y ambos lo comparten ya que es el último de la cajetilla. Un gesto que inevitablemente remite al cine de Belén Funes y, en concreto, a Los Tortuga (2024), donde madre e hija también comparten cigarrillos dentro de una relación marcada por la dependencia emocional y el desgaste afectivo. Lo que antes era destrucción se transforma entonces en un gesto de afecto. El acto de fumar, nocivo y tóxico, se convierte paradójicamente en una forma íntima de cuidado mutuo: compartir aquello que les hace daño porque, en el fondo, se necesitan. En ese momento final, la cámara vuelve a permanecer quieta, inmóvil, como un objeto más de la cocina. Los personajes abandonan el encuadre y la imagen queda sola junto al cenicero, mientras el cigarro se consume lentamente. La cámara no abandona el espacio, permanece observando incluso cuando ya no hay cuerpos en escena, dejando al espectador únicamente frente a la huella de quienes acaban de marcharse. Ese gesto desplaza la mirada hacia el propio espacio doméstico y hacia aquello que los personajes ya no ven: el humo, el tiempo y ese cigarro consumiéndose lentamente.


Yo no moriré de amor (Marta Matute, 2026)

Dirección: Marta Matute / Guión: Marta Matute / Dirección de fotografía: Sara Gallego / Montaje: Carlos Cañas Carreiras / Producción: Solita films, Elástica Films, Filmin, Rtve, Movistar+, Saga Film / Música: Simón Fransquet / Dirección de arte: Rocio Peña / Reparto: Júlia Mascort, Sonia Almarcha, Tómas del Estal, Laura Weissmahr, Guillermo Benet

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