CRÓNICA DIARIA SAN SEBASTIÁN #4 (JORNADAS FEMINISTAS)
Generar imaginarios para cambiar el futuro
En esta crónica de hoy no hablamos exactamente de películas, pues el cine no siempre es solo lo que se proyecta en la pantalla. El lunes 22, en la Sala Z de Tabakalera, tuvo lugar la jornada Diagnósticos feministas sobre la industria audiovisual actual, un encuentro para exponer datos, charlar y debatir, enmarcado en el programa Conversaciones del área de Pensamiento y Debate del Festival de San Sebastián. Allí, las organizaciones feministas que integran el Grupo de Trabajo Interterritorial de Igualdad (GTI) volvieron a unirse en el Festival para consolidar un espacio compartido en defensa de la igualdad, la diversidad y la erradicación de las violencias en el sector audiovisual.
¿Dónde y cómo se representa la diversidad?
La primera sesión de las jornadas de feminismo abrió con la intervención del Observatorio de la Diversidad en los Medios Audiovisuales (ODA), una entidad que desde hace años analiza la representación de la diversidad en películas y series españolas, no solo en términos cuantitativos, sino también cualitativos. Como bien señalaron sus representantes: “No solo importa cuántos personajes diversos aparecen, sino cómo son representados”.
El audiovisual no refleja la realidad, sino que la configura, declararon los ponentes Jorge Gonzalo y Elena Crimental. Es un generador de imaginarios, y bajo esta premisa, compartieron hallazgos de sus últimos informes. En el análisis desglosaron varios ejes de representación. La gordofobia es uno de los puntos más recientes en la agenda del ODA. En su investigación vieron que apenas un 4% de los personajes en pantalla tienen cuerpos no normativos. Y cuando aparecen, son niños que reciben insultos, adultos ridiculizados o “alivios cómicos”. El uso del fat suit (trajes que simulan gordura) no hace más que reforzar los prejuicios. Además, la gordura y la delgadez están ligadas a la diferencia de clase, siendo los de clase alta más esbeltos y con una figura “cuidada”.

En cuanto a los personajes LGTB+ suelen ser codificados de forma estereotipada, aparecen sexualizados o ridiculizados —en Disney y series infantiles suelen ser los villanos—. La bisexualidad rara vez se nombra y suele usarse solo como recurso morboso para alimentar triángulos amorosos, como ocurre en Challengers (Luca Guadagnino, 2024).
Las personas racializadas siguen apareciendo ligadas a la violencia, el narcotráfico, la emigración o el servicio doméstico. Incluso cuando se narran historias de migración, la trama suele girar en torno al personaje blanco. Por suerte, la serie Dieciocho (2024) se destacó como un referente positivo. Pero también hay violencias en los sets de rodaje de estas ficciones, donde los equipos de maquillaje no cuentan con los tonos de base para maquillar apropiados, o el equipo de fotografía solo ilumina de forma correcta las pieles claras.
Los cuerpos envejecidos se muestran como temibles (La Abuela (2021) de Paco Plaza), en películas en las que el edadismo se entrecruza con la misoginia, y especialmente la vejez femenina suele ser representada desde el miedo, el horror o la decadencia. Por otro lado, la representación de cuerpos con discapacidad suele caer en extremos —el vengador, el monstruo, o el superdotado con poderes—. Además de que rara vez se eligen actores con discapacidad para estos papeles. Se citó como ejemplo positivo Buffalo Kids (Pedro Solís García y Juan Jesús García Galocha, 2024) una película infantil que subvierte muchos de estos clichés.

El género cómico fue señalado como uno de los focos de esta violencia. Según el ODA, muchos contenidos «diversos» caen en lo que llaman punching down comedy: reírse del otro, del vulnerable, del diferente. Series que aparentan abrir espacio a nuevos personajes en realidad los presentan como lo “otro” gracioso, extraño o exagerado. Es el caso de algunas películas como Cuerpo escombro (Curro Velázquez, 2024) o La familia Benetón (Joaquín Mazón, 2024), que pretenden hacer cantos a la diversidad y caen en un sin fin de estereotipos.
Se señaló asimismo la violencia que generan los subtítulos, especialmente la falta de respeto por los pronombres no binarios, y el uso desigual del acento según origen del personaje, reforzando estigmas raciales.
Para concluir, se remarcó la necesidad de cambiar las políticas internas de la industria audiovisual porque “si cambian los espacios de trabajo, cambia la representación”, insistieron Gonzalo y Crimental. Y si no se pone atención a quién cuenta las historias y cómo, la diversidad se convertirá en decorado, y no en transformación real.
Violencia sexual en el cine
La segunda sesión de la jornada, llamada “Mujeres cineastas frente a la violencia sexual: representación y reparación en La furia (2025)”. La conversación fue potente y atravesada por el testimonio directo de Gemma Blasco -ella misma fue víctima de una violación por parte de un desconocido cuando tenía 18 años-, directora de La furia, película que plantea un relato de venganza desde la experiencia de una mujer agredida, con especial foco en cómo las mujeres cineastas están resignificando un género históricamente dominado por hombres. Junto a Blasco participaron Mireia Graell, productora de la película, y Beatriz Aparicio, Jefa del Observatorio de Igualdad en el Audiovisual e investigadora, y analizaron desde distintas ópticas este tipo de narrativas, que se mueven entre el trauma, la denuncia y la subversión.

Históricamente, el cine ha presentado la violación como un detonante narrativo, pero no desde la perspectiva de la víctima. El ejemplo más citado fue Irreversible (Gaspar Noé, 2002), donde la violación se muestra en pantalla con crudeza (y poca ética). En La Furia, la escena de la violación no se ve, solo se escucha, en un gesto consciente y político: mostrar el daño sin reproducir la violencia de manera morbosa o estética, explicaron la directora y la productora. Noé también muestra que la reacción central no es la de la mujer violada, sino la de los hombres que quieren vengarla. Se mencionó cómo el cine sigue insistiendo en representar la violación como un «daño colateral» a los hombres: un ataque a su novia, su hermana, su propiedad. Desde La Marsellesa (“degollarán a nuestras esposas”) hasta los discursos políticos de extrema derecha (“vienen a violar a nuestras mujeres”). En contraposición, La Furia pone en el centro a una mujer, no como propiedad de otro, sino como sujeto. En este contexto, pusieron con ejemplos películas como Monster (2003) de Patty Jenkins (donde una mujer agredida se convierte en asesina) que revelan otra capa de prejuicio: se percibe más monstruosa la mujer que se venga que la violación en sí.
Gemma Blasco destacó hacia el final de la charla la importancia de contar con un equipo formado mayoritariamente por mujeres, pero también mencionó que los hombres que participaron lo hicieron desde la sensibilidad y el respeto. Porque en este tipo de películas, cómo se representa la violencia es una postura ética y política.
La crisis del hombre blanco cishetero
La tercera sesión de las jornadas se adentró en uno de los debates más candentes del panorama cultural actual: el contenido woke, la censura y los discursos de odio. Una conversación densa, combativa y profundamente política en la que participaron Jule Goikoetxea, filósofa y politóloga, Silvia Albert, actriz, dramaturga y activista afrofeminista, Alaitz Arenzana, cineasta y programadora, y la conversación fue moderada por Mariona Borrull, crítique de cine y programadore. Todas coincidieron en que estamos en medio de una guerra simbólica: una lucha por definir quién cuenta las historias, desde dónde y con qué propósito.
Una de las primeras cuestiones fue desentrañar el término “woke”. A menudo usado de forma despectiva por sectores reaccionarios, el concepto nació como una alerta frente a las injusticias sociales, especialmente el racismo sistémico. Hoy, en Europa y particularmente en España, se ha vaciado y banalizado, convertido en un insulto o en sinónimo de censura “progre”.
Pero las ponentes fueron claras, el problema es el uso que se hace del término para criticar avances sociales. “Es más fácil hablar de lo antiwoke. Woke es todo lo que lucha contra la injusticia. Si alguien dice que está contra lo woke, probablemente está defendiendo una posición fascista”, señaló Jule Goikoetxea con contundencia.

La mesa abordó cómo en los últimos años, muchos contenidos considerados “diversos” o “inclusivos” han sido eliminados o relegados en plataformas de streaming. Tras el auge de movimientos como Black Lives Matter o el MeToo, se produjo una oleada de producciones con mirada crítica, pero muchas de ellas han desaparecido o se han despolitizado. Se denunció en ese sentido la censura estructural, que no solo proviene del Estado, sino del mercado, de los algoritmos y de la presión social. Se explicó cómo en EE.UU. existen leyes y subvenciones a favor de la representación que en España todavía no tienen equivalente, y cómo la falta de memoria histórica sobre la racialización en nuestro país impide abrir debates profundos.
Una de las ideas más repetidas fue que lo que realmente está en crisis es el modelo tradicional de sujeto protagonista: el hombre blanco, cis, heterosexual y de clase media. Esa figura, que ha sido el centro de la narrativa durante siglos, comienza a perder su posición dominante. Y ahí surge el pánico moral, el discurso de “no se puede decir nada”, “nos quieren censurar”, “esto es una dictadura woke”. Pero lo que se está cuestionando, explicaron, es el monopolio narrativo. Y ese es un logro del feminismo, de los movimientos queer, antirracistas y anticapacitistas. El malestar que generan estos cambios es un síntoma de que están funcionando. “Deberíamos empezar a hacer películas sin hombres, porque ellos ya están en todas”, bromeó (o no del todo) Alaitz Arenzana.
Más allá de cuotas, subvenciones o modas, la batalla real se libra en el imaginario colectivo. Lo que se ve, lo que se escucha, lo que se repite, y lo que moldea el mundo. Sin representación diversa, crítica y justa, no hay transformación posible, algo en común con la ponencia de ODA. Hacia el final de la sesión, Goikoetxea pronunció una frase que encapsuló el sentido de toda la jornada: “Vivimos en una guerra de sentidos y de relatos. Si no hay otros relatos, no va a haber otros futuros”.
Por ello, cerca del final las ponentes compartieron varias recomendaciones de películas que, según ellas, encarnan nuevas formas de narrar lo político, lo identitario y lo estético: Sinners (Ryan Coogler, 2025), Brigitte’s Planet B (Brigitte Baptiste, 2024), Border (Ali Abbasi, 2018), We’re All Going to the World’s Fair (Jane Schoenbrun, 2021), fueron las obras citadas por Albert, Arenzana, Goikoetxea y Borrull, respectivamente.
El trabajo de las asociaciones
La jornada cerró con una mesa redonda compuesta por representantes de las asociaciones feministas que conforman el Grupo de Trabajo Interterritorial de Igualdad (GTI). Un espacio para compartir experiencias, estrategias y retos comunes, donde quedó claro que la transformación del sector no será posible sin organización colectiva, políticas públicas y redes de apoyo entre creadoras.
Participaron representantes de asociaciones de distintas comunidades autónomas: Pilar Crespo (AAMMA), Deborah Micheletti (DONA I CINEMA), Sonia Estévez (MIA), Alba González de Molina (CIMA), Yolanda Olmos (Dones Visuals), Cecilia Ibáñez (AMMA) y Kristina Zorita ((H)emen)
Yolanda Olmos explicó cómo la asociación catalana nació en 2017 con el objetivo de transformar el audiovisual desde la raíz. Comenzaron con un diagnóstico del sector y construyeron un plan de acción estratégico que incluye redes de mentoría, protocolos de buenas prácticas, y la promoción de estándares sin visión binaria. Reivindicó la necesidad de que la voluntad política se traduzca en realidades, y denunció que muchas veces se enfrentan a violencia institucional, invisibilización y precariedad estructural.
Deborah Micheletti presentó el recorrido de su asociación, nacida en 2011 en Valencia, que organiza una bienal internacional de cine hecho por mujeres y ciclos temáticos durante todo el año. Destacó el Programa Atenea, una iniciativa de formación y acompañamiento para cineastas emergentes, y su colaboración con Tarannà Films. Su objetivo es claro: visibilizar y profesionalizar la creación femenina en todas sus etapas.
Alba González de Molina explicó que CIMA, fundada en 2006, tiene representación en todas las comunidades autónomas y trabaja tanto en la visibilización como en la incidencia política. Destacó el próximo Informe Anual CIMA, centrado en los datos de participación de mujeres en el sector. Además, subrayó la colaboración con filmotecas y universidades para recuperar la memoria de cineastas olvidadas.

Sonia Estévez presentó el trabajo de MIA, una asociación que impulsa nuevas narrativas feministas dentro del cine de animación. Destacó el próximo Informe MIA, que se presentará en el festival MIANIMA, donde se analizan películas de animación desde hace 4 años con criterios de equidad en los equipos y representación en las tramas.
Cecilia Ibáñez explicó que desde la asociación murciana AMMA, donde los recursos son limitados, han puesto en marcha un concurso de guiones por la igualdad, con el compromiso de lograr que esos guiones no se queden solo en el papel, sino que lleguen a rodarse. Reivindicó la descentralización del apoyo a la cultura y la necesidad de visibilizar las realidades diversas fuera de los grandes núcleos urbanos.
Kristina Zorita compartió cómo nació la asociación (H)emen en 2016 ante la evidencia de una industria vasca dominada por hombres. Crearon un directorio de mujeres profesionales del audiovisual para facilitar su localización y contratación. Aunque no elaboran informes por falta de recursos, realizan proyectos de mentorización como «Aukera», en colaboración con la UPV y Emakunde. El programa acompaña a alumnas de dirección, guion y producción, algunas de las cuales ya han entrado en Kimuak. También han impulsado protocolos contra agresiones dentro de rodajes y centros de formación.
Pilar Crespo fue clara: “¡Estamos agotadas!”. Con esta frase, denunció la precariedad compartida por muchas de las asociaciones participantes. AAMMA nació en 2011 y ha mantenido un trabajo sostenido con actividades de formación, masterclasses, y un informe similar al de CIMA pero centrado en Andalucía. Reivindicó el valor del trabajo colectivo y de base, y la urgencia de que se reconozca el talento y el esfuerzo de las mujeres del sector, sin paternalismos ni cuotas vacías.
Todas las asociaciones coinciden en que el cambio está en marcha, pero es frágil. Exige financiación, voluntad política, infraestructuras y continuidad. Las redes entre territorios, generaciones y disciplinas son la mejor herramienta para resistir y avanzar. Si el cine es una herramienta para imaginar futuros, necesitamos que esos futuros se parezcan más al mundo que queremos construir.
