DestacadoSAN SEBASTIÁN 2025

CRÓNICA DIARIA SAN SEBASTIÁN #5 (SECCIÓN OFICIAL Y PERLAK)

Confesión y aturdimiento

Atravesamos el meridiano del festival mientras vamos completando los visionados de la sección oficial y buscamos huecos para ver qué nos ofrecen en Perlak, en este tránsito ha aparecido Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, una de las propuestas más comentadas de la competición. La película parte de una premisa aparentemente mínima, pero cargada de implicaciones emocionales, pues esta es la historia de una adolescente (Blanca Soroa) que, en lugar de elegir carrera universitaria como espera su familia, anuncia que quiere ser monja de clausura. 

La directora sitúa su película en el cruce de tensiones que definen las dinámicas familiares, un terreno que ya había explorado con sensibilidad en Cinco lobitos (2022). Aquí vuelve a desplegar su mirada sobre la fragilidad de los vínculos y el peso de las expectativas y, aunque no siempre esquiva el trazo grueso o la tentación de lo discursivo, logra momentos de verdad incómoda. Patricia López Arnaiz, en un papel que sostiene gran parte de la película, interpreta a una tía obsesionada con que su sobrina “viva”, que experimente antes de comprometerse a una elección tan radical. Frente a ella, la protagonista responde con una serenidad que desconcierta, una convicción que desarma cualquier argumento racional.

Imagen de Los domingos

Lo más fascinante de las películas de Ruiz de Azúa es que son de una visceralidad escondida: bajo una superficie contenida, casi pudorosa, late una violencia emocional que muy pocas veces estalla en gritos, sobre todo se filtra en los silencios, en los gestos cortados, en la imposibilidad de reconciliar mundos opuestos. Esa tensión sorda, que se acumula escena tras escena, convierte lo doméstico en un terreno minado y dota a sus películas de una intensidad que se revela solo a posteriori, cuando descubrimos nos ha arrastrado por una corriente emocional mucho más profunda de lo que parecía.

Los otros visionados de la sección oficial no fueron tan satisfactorios: SAI: Disaster, de Yutaro Seki y Kentaro Hirase y Franz de Agnieszka Holland. La primera se adentra en un rompecabezas narrativo donde un personaje cambia constantemente de identidad asesinando a gente de cada entorno en el que se sumerge, haciendo que esos asesinatos parezcan desafortunados accidentes o suicidios, hasta que una detective detecta un patrón en el corte de pelo de las víctimas. La propuesta japonesa tiene una extensión y una estructura fragmentaria agotadoras que no parecen conducir a ningún lugar, solo a crear una atmósfera enrarecida. 

Por otro lado el biopic sobre Franz Kafka (Idan Weiss) realizado por la veterana cineasta polaca, es un proyecto bastante ambicioso, ya que quiere dar forma cinematográfica a la vida y obra de uno de los escritores más relevantes de la literatura del siglo XX, a la par que hacer una especie de crítica o comentario sobre cómo se venera su figura en la actualidad. En lugar de un relato lineal, Holland apuesta por un mosaico caleidoscópico, cruzando episodios vitales con flashforwards al presente y miradas a cámara de personajes históricos como si se tratara de un falso documental. El resultado es una película sí, arriesgada, y que además ofrece al público una mirada renovada sobre el escritor que convirtió la burocracia y la alienación en materia literaria universal, pero que no termina de encajar en el tono entre sardónico y trágico, tampoco su crítica al márketing que rodea a Kafka hoy día, y acaba por resultar tan arbitraria como árida. 

Imagen de Franz

Fuera de competición, Karmele, de Asier Altuna, trajo un relato histórico con raíces en el exilio vasco durante la Guerra Civil y la posguerra, a través de la figura de Karmele (Jone Laspiur) y su historia de amor con el trompetista Txomin (Eneko Sagardoy). La película transcurre en unos años vibrantes de la historia contemporánea, y tiene varias idas y venidas—del País Vasco a Francia, y de Venezuela a de nuevo a la tierra natal— que hacen que sus protagonistas tengan una perspectiva privilegiada de aquellos años y es una lástima que lo atractivo del contexto devore por completo la historia principal, dejando que el relato de amor sea tan superficial. 

Y en la sección Perlak, Olivier Assayas con El mago del Kremlin. A partir de la figura de Vadim Baranov (Paul Dano), asesor de Vladimir Putin (Jude Law), Assayas traza un fresco sobre la Rusia postsoviética que bascula entre el retrato político, la sátira y la tragedia contemporánea. Con personajes magnéticos como guías, el director convierte este viaje al corazón del poder en un thriller intelectual -intelectualoide, más bien- sobre la manipulación y la construcción de relatos.

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