HISTORIAS DEL BUEN VALLE
Excavaciones en la memoria
Es pertinente recurrir a la metáfora paleontológica para referirse al cine de José Luis Guerín. Desde sus primeras obras, este ha ido removiendo, añadiendo y estudiando sedimentos de imágenes, rostros y voces (tanto propias como ajenas) para desenterrar en cada estrato las huellas de un tiempo pasado, en transición. Su cine opera así como una suerte de excavación en la que cada imagen da fe de la memoria latente de los lugares que retrata. Esta elección no es baladí, puesto que está presente en gran parte de su filmografía, desde los restos históricos encontrados durante las excavaciones de las obras en En construcción a las películas “encontradas” que articulan Tren de sombras. En última instancia, estos hallazgos no solo dialogan con su propia obra, sino que convergen y trazan puentes con la Historia, tanto la colectiva como con la propia genealogía del lenguaje cinematográfico.

No es de extrañar por tanto que en su nueva película se vuelvan a repetir algunos motivos que retrotraen a esta idea. En primer lugar, por ser una película formada una vez más por estratos de imágenes fácilmente discriminables; desde esos primeros super 8 en los que ya se adivinan algunos de los rasgos definitorios de lo que más tarde reconoceremos como Vallbona (ese barrio acotado por el río, la autopista y el ferrocarril) hasta los segmentos en los que la palabra cobra protagonismo. Guerin anuncia un casting en el colegio del barrio en el que busca “Voces, opiniones, vivencias, sueños y pesadillas” sobre el barrio de Vallbona. Así, estos testimonios, incluidos en el montaje dejando expuesto el dispositivo, atestiguan otra de las tensiones más presentes en el cine de Guerin, la frontera entre lo azaroso del documento espontáneo y la construcción cinematográfica. Varias generaciones de habitantes del barrio, procedentes de un crisol de culturas, contribuyen con sus voces y rostros a conformar una cartografía humana cuya principal intención precisamente es la de rellenar el contracampo del relato hegemónico del núcleo urbano. Desde las luchas vecinales por conseguir servicios básicos el siglo pasado a la llegada de nuevos habitantes, atravesada por la herida de los movimientos migratorios del nuevo siglo, la película despliega un sencillísimo pero cuidado dispositivo formal que responde a la urgencia de fijar la identidad de la periferia frente a la indiferencia de la narrativa oficial de la urbe.
Así, Guerin ancla su paso por Vallbona a través de gestos que una vez más remiten a su obra anterior, al asentar su dispositivo formal sobre la imagen del rostro y el plano de conjunto como huella de colectividad. La profundidad de campo, en su raíz más baziniana, pone en relación directamente a los individuos entre ellos y para con su entorno más cercano, eliminando así toda jerarquía visual y social. Esta voluntad de transparencia, que busca sostener la unidad espacial y temporal del barrio, se ve una vez más reflejada, y nunca de manera más precisa, en ese juego tan característico de Guerin con los reflejos de las ventanas. Al igual que haría en otras películas como La academia de las musas o En la ciudad de Sylvia, este gesto cobra aquí especial relevancia al definir así al individuo en relación con su entorno, fundiéndolo dialécticamente. Esta superposición de capas, de estratos, es la que acaba por revelar cada historia, cada plano de los vecinos de Vallbona como un hallazgo que permita datar y consolidar el barrio a través de la mirada de quienes lo habitan.

Y es que a todo este andamiaje le subyace el tema de la memoria, capital en el cine de Guerin. Si en En construcción los restos arqueológicos casi devenían alegóricos para evidenciar ese choque del cambio de vida con el final de siglo, o los habitantes de Cong recomponían voz a voz aquella vez que el legendario John Ford rodó una película en su pueblo, Historias del buen valle vuelve a delegar en las voces locales para generar un archivo de la periferia barcelonesa. Esta voluntad se hace presente en el pasaje en el que Antonio “El carbonero” recompone casi como si lo estuviera viendo cómo estaba compuesta la casa familiar en la que creció (hermanando así la película una vez más con el comienzo de Innisfree) o en el personaje que encapsula en su pérdida de memoria la gran preocupación de la que se hace cargo el filme. Es quizás en este juego de preguntas, en el que la mujer intenta a través de las palabras y de la música activar los recuerdos de su marido, en el que la dimensión arqueológica alcance su cota más humana, convirtiendo la cámara en un instrumento que se detenga para intentar rescatar en la fragilidad de sus gestos el último resto de una identidad a punto de desaparecer.
Historias del buen valle (José Luis Guerin, España, 2025)
Dirección: José Luis Guerin / Guion: José Luis Guerin / Música: Anahit Simonian / Fotografía: Alicia Almiñana / Montaje: José Luis Guerin / Sonido: Maximiliano Martínez & Pablo Rivas Leyva / Productores: Javier Lafuente, Jonás Trueba, Gaëlle Jones, José Luis Guerin
