DestacadoEspecial José Luis Guerin

INNISFREE

Construyendo en las ruinas

El ficticio pueblo de Innisfree (situado, en realidad, en la población irlandesa de Cong), territorio escogido por John Ford para realizar su obra El hombre tranquilo (1952) es presentado en Innisfree (José Luis Guerin, 1990) a través de sus valles verdosos que conforman el paisaje de la localización. Los diálogos y la música de la primera resuenan sobre las imágenes de espacios vacíos de la segunda. Las vías del tren abandonadas, las paredes descorchadas o la ropa tendida olvidada, mecida por el viento, son los restos de un escenario sobre los que se imprimen las voces de John Wayne o Maureen O´Hara. Hay algo de fantasmal en este retrato: ruinas sonoras construidas sobre ruinas físicas. El reflejo del sol en el agua entra a través de las ventanas de una casa abandonada;dentro han crecido hiedras que sostienen los muros de la ciudad, estrangulando el pasado que se desploma. Cuarenta años después del rodaje de la obra estadounidense, Guerin regresa a una Innisfree olvidada que, sin embargo, no tarda en removerse, en volver a activarse y desafiar la mirada del cineasta. Tras el viaje por los restos, por el vacío, el cuadro se llena de vida, retratando a los vecinos que aún permanecen en el pueblo. Son escenas filmadas como diapositivas, una especie de daguerrotipos que funcionan como enmarcaciones fotográficas de cada una de las personas que aún están y pueden colocar su cuerpo ante la cámara. ¿Quién queda guardando la fortaleza, protegiendo los recuerdos?

Innisfree Revista Mutaciones

Los vecinos empiezan a ocupar los espacios de la villa, se reúnen en la taberna a beber cerveza y relatar las mismas anécdotas una y otra vez. El rodaje se recuerda como si de folclore se tratase. Aquellos que lo vivieron luchan una batalla personal contra el paso del tiempo en la que el arma principal es el lenguaje oral, haciendo un ejercicio de repetición constante para poder mantener viva la llama que encendió la llegada de Ford a la localidad. Guerín mezcla las voces y las caras, desincronizando el emisor y el mensaje. El relato se trastabilla, se rebobina y se desordena, la Historia muta y se torna maleable. Una joven, Anna (Anna Livia Ryan), trabaja vendiendo entradas en la puerta de la casa museo del pueblo. Se ocupa de su propia caseta de ladrillos pintados, donde el tiempo pasa muy despacio ante la escasa afluencia de turistas. El film abre numerosos paréntesis en la narración, ralentizando el tiempo y parándose en las elipsis que Ford intenta evitar en su película. En medio de este relato diacrónico, el director se propone recrear alguna de las míticas escenas del western, esta vez usando a los mismos habitantes como protagonistas. Dos niños interpretan a unos jovencísimos Sean y Mary Kate que cuatro décadas atrás, en el mismo lugar, robaban una bicicleta y escapaban pedaleando por las pedanías adyacentes. Anclar el trípode en el mismo lugar donde lo hizo Ford es un gesto de memoria, sustituir a las estrellas de Hollywood por intérpretes locales es una resignificación. Más tarde en el metraje se repite la misma escena, esta vez cambiando la historia. Uno de los personajes decide darse la media vuelta y volver sobre sus pasos, alterando el curso de la narración. Los personajes han cobrado vida, reescriben un guion que ya está terminado. Repetición y reapropiación. Es en este ejercicio donde la película abre un pliegue entre la realidad y la ficción, entre el cine y la vida. Las secuencias se enlazan por medio de encadenados, perdiéndose las unas dentro de las otras, escapando de los límites del corte o el cuadro. Los niños aparecen como narradores, siendo capaces de hablar del rodaje con pelos y señales, aunque ninguno había nacido cuando tuvo lugar. Guerin es consciente de que su relato es igual de fidedigno que el de los ancianos, puesto que hablan de la película como si estuviera quemada en sus retinas. Así pues, les permite ocupar el mismo espacio en la pantalla que sus antecesores. Son ellos los que mantendrán la leyenda viva, en una herencia cultural y colectiva que se pasará entre generaciones.

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Innisfree se construye piedra a piedra como la cara B de Un hombre tranquilo, entendiéndose a la vez a sí misma como una obra dual, compuesta por paisaje y sujeto. La película de Ford, como objeto y sujeto, se hace realidad a través de la propia existencia de la película de Guerín. Cabría preguntarse pues, si toda obra cinematográfica necesitaría de una cara B, poder darse la vuelta como una postal que necesita ser girada para entender el contenido escrito detrás de las imágenes, otro documento artístico que construya algo con las ruinas que el primero dejó. Una acción que generaría un reguero infinito de películas, puesto que con esta filosofía, alguien habría de regresar a Innisfree, conocer a esos niños que ahora serán adultos que siguen hablando de aquella vez que su hogar se convirtió en un plató hollywoodense, cerrar el pliegue que se ha abierto en el tiempo.


Ficha técnica

Dirección: José Luis Guerin / Guion: José Luis Guerin / Producción: PC Guerin, Paco Poch A.V. & Virginia films / Fotografía: Gerardo Gormezano / Montaje: José Luis Guerin / Sonido: Licio Marcos de Oliveira/ Intérpretes: Bartley O’Feeney, Padraig O’Feeney, Anna Livia Ryan

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