CRÓNICA CINEMA JOVE 2026
La generación reencontrada
En 1997 Gregg Araki cerraba su trilogía del apocalipsis adolescente con Nowhere. Hacia el final de la película, el protagonista, Dark, dice: “Es como si todos supiéramos, en lo más profundo de nuestra alma, que nuestra generación va a ser testigo del fin de todo”; frase que recogía el espíritu de una generación alienada, perdida, condenada a muerte. Casi treinta años después, estas palabras parecen resonar más que nunca. Récords de temperatura en el verano, bombardeos y genocidios o el auge de la ultraderecha anuncian el fin del mundo, mientras la irrupción de la IA generativa parece vaticinar el fin de la cultura tal y como la conocemos. No nos mintamos: el panorama no es bueno. Pero, incluso inmersos en un sistema que nos oprime y expulsa, podemos seguir luchando. Al menos así lo entiende el cine joven, una categoría que parece trascender el mero parámetro de edad para englobar propuestas que, desde distintos lugares del mundo, comparten preocupaciones similares: repensar nuestra forma de relacionarnos y habitar el planeta, y volver a liberar el potencial revolucionario de las imágenes.
Lo anterior se vio reflejado en la Sección Oficial de la 41ª edición de Cinema Jove, que tuvo lugar del 19 al 27 de junio en Valencia, y que reunió una multiplicidad de voces jóvenes que, desde distintos formatos y extensiones, formulan preguntas que atraviesan a toda una generación, renunciando a la necesidad de ofrecer una única respuesta. El valor no está en un destino, sino en la incertidumbre como espacio para reinventarse de múltiples formas diferentes. Este movimiento perpetuo se ve reflejado en When We Saw Each Other More Often, de William Wrubel, y I Heard That They Are Not Going to See Each Other Anymore, de Ka Ki Wong (Premio a la Mejor fotografía): obras que forman un díptico, no solamente desde sus títulos, sino también como retratos del deambular. De maneras inesperadas, sus personajes se van relacionando unos con otros, transitando las calles y espacios de la urbe, sea esta una ciudad alemana sin nombre o la capital de Taiwán. La búsqueda implacable por un lugar se refleja en imágenes que, a través del celuloide o del digital, resisten a la pretensión de fijar a los sujetos retratados entendiendo que no es la cámara quien les define sino todo lo contrario.

Otro tipo de búsqueda emprenden las protagonistas de Chronovisor, de Kevin Walker y Jack Auen, y Whispers in May, de Dongnan Chen. En la primera una profesora de universidad se obsesiona con un mito de la vida real: una máquina del tiempo presuntamente inventada en los años cincuenta por un monje benedictino. En un juego borgiano, seguimos a esta mujer que, dentro de las paredes de una biblioteca, se va adentrando por un agujero de conejo como si de surfear los rincones más oscuros del Internet se tratase –imposible no pensar en We’re All Going to the World’s Fair (Jane Schoenbrun, 2021), por ejemplo–. El diálogo entre pasado y presente está, en todo momento, en la propia premisa, pero también en una reflexión sobre lo analógico y lo digital, y sobre nuestra relación con las imágenes a través del tiempo, recurriendo a una mezcla de géneros para hacerlo, del noir al found footage. También Whispers in May difumina las líneas entre géneros, esta vez entre el documental y la ficción. El interior de la biblioteca se cambia por los paisajes de la China rural y la protagonista se asume ahora en plena pubertad, pero a pesar de ello, la atmósfera resulta similar: en ambas el tiempo se suspende en favor de la fabulación y la fantasía se asume como nexo, y no quiebre, entre realidad y mito.
A este respecto, resulta interesante destacar también la competición en el formato corto que, dividida en nueve programas, reunió más de 40 títulos de todo el mundo. En el cortometraje ganador, Ningú borda, la catalana Júlia Coldwell Serra aborda la idea de la “mentira como refugio” a través de una puesta en escena que revela en cada plano la incomodidad de unos personajes atravesados por la imposibilidad de comunicación consigo mismos y con su entorno. Por su parte, en Stallion y la bola de cristal, Christian Avilés reformula el cuento de hadas en clave queer, en una historia que vincula directamente el deseo con lo dicho y lo no dicho, lo soñado y lo narrado. Palabra y vulnerabilidad atraviesan también Sandy Fannies, donde la noruega Ingrid Runde Saxegaard rueda una relación entre madre e hija desde el intimismo más puro: desnudándose ante la cámara física y simbólicamente para contar una a otra sus secretos más profundos.
Entre conversaciones y silencios compartidos se encuentran los ‘jóvenes perdidos’ de On Our Own, de Tudor Cristian Jurgiu, largometraje ganador del premio al Mejor elenco. El deambular vuelve a ser aquí un tema central, ahora en un movimiento que va del campo a la ciudad y viceversa, buscando en medio de todo nuevas formas de relacionarse con los otros. Una obra que refleja la frescura de sus sujetos en una imagen que juega con los formatos, entre lo horizontal propio de la imagen fílmica y lo vertical de nuestra cotidianidad virtual, aludiendo a la evasión también como una forma de resistir al presente alienante.

Y si hablamos de juego con los formatos llegamos inevitablemente a Filipiñana, de Rafael Manuel, premio Luna de Valencia a la Mejor película. Contrastando con las obras que se desarrollan en el rural más salvaje, el cineasta filipino se adentra en un espacio de naturaleza contenida, un campo de golf, observando cómo ese lugar se convierte en un microcosmos de su país, atravesado por dinámicas estructurales de colonialismo. El formato 4:3 se convierte así en una alegoría de una verticalidad que los personajes van rompiendo poco a poco, intentando liberarse como si la propia naturaleza quisiera hacerlo, entrelazando sus ramas para revelar el caos detrás de la aparente belleza.
Filipiñana es, sin duda, la obra más política de manera directa, pero esto no quiere decir que las otras no lo sean: todas ellas continúan reflexionando, resistiendo en sus imágenes, intentando dar sentido a la existencia joven en un mundo que parece cancelar toda posibilidad de futuro(s). Pero, mientras sigamos creando en comunidad, imaginando múltiples mundos donde reinventarnos, estos siguen a nuestro alcance. ¿Somos testigos del fin del mundo o presagios de uno nuevo?
