EstrenosKelly ReichardtSeminci 2025

THE MASTERMIND

La deconstrucción de los géneros

En Meek´s Cutoff (2010) Kelly Reichardt revisaba el género del western para proponer un encuadre y un tempo alternativos, así como una mirada hasta entonces oculta bajo el conservador tratamiento centrado en el hombre como protagónico pionero de la civilización. Con The Mastermind (2025) Reichardt nos sitúa ahora en los años 70, dentro del contexto de la Guerra de Vietnam. Un episodio más reciente en la historia de Estados Unidos para, en esta ocasión, optar por el género cinematográfico de “robos y atracos”. No es casualidad que la particular caligrafía de la directora guarde una estrecha relación con la pintura de Arthur Dove en esas obras que el personaje de Josh O´Connor planea robar en el filme. Estos lienzos se caracterizan por una expresión sencilla, cuyas blandas formas abstractas que sustraen la realidad no pueden, sin embargo, dejar de delatar lo orgánico a lo que recuerdan. El mismo tratamiento acaba mostrando el fluido y dilatado estilo de Reichardt al adoptar los rasgos básicos del género para deshacerlos y diluirlos en unas formas cuyo subterráneo sentido nos interroga de manera nítida acerca de la fragilidad masculina. Una mirada aguda y precisa entre la ironía y el encanto que sabe calar siempre en el ambiente por el que transita. Pues, la austera estructura dramática sirvie para mostrar a su paso cómo su bressoniano protagonista no sabe encontrar su papel dentro de un contexto cuyos valores están en un punto de inflexión.

Desde varios ángulos, mientras suceden los créditos iniciales, se observa el lugar del futuro golpe responsable de activar la trama. A escondidas de su esposa, JB Mooney (el personaje que interpreta O´Connor) maquina junto con sus cómplices el hurto de varios cuadros dentro del museo local de Massachusetts. Sin embargo, pese a la demostración de minuciosidad y exhibición de detalle con la que luce la gran mente maestra que diseña el plan, es fácil deducir cómo desde sus primeros minutos en realidad estamos ante un grupo de ladrones de pacotilla abocados al fracaso. Bajo este planteamiento, The Mastermind se trata de una película que se boicotea a sí misma, vaciándose en su pulso narrativamente, autoaniquilándose radicalmente a cada paso en su intención de obstaculizar, obstruir y frustrar cualquier tentativa de suspense o emoción que convencionalmente ha trabajado el género cinematográfico que selecciona. A este respecto, la escena en el establo con Mooney resulta fundamental. En ella el personaje saca primero los cuadros de la caja —uno a uno— tras haberlos robado. Después, los sube —uno a uno— por la escalera a un nivel superior para, a continuación, esconderlos de nuevo en la misma caja de madera —uno a uno— con la misma rigurosidad. Entonces, la escalera se cae y el personaje se ve obligado a bajar al suelo aterrizando torpemente en el establo y en el purín del cerdo con el que se le compara. Toda esta dilatada recreación del filme viene a poner en relieve la absurda pérdida de tiempo en la que el protagonista se sumerge en su afanado individualismo con el que se pretende proteger del exterior y lucrar a partes iguales. Una idea que está presente en todo el filme cuando Mooney desperdicia su tiempo inútilmente en la trama del robo mientras deja de lado a su familia —como atestigua aquel plano en el que mientras se alejan sus dos hijos, el auto conducido por sus cómplices se introduce en el encuadre reemplazando el espacio visual que ocupaban—. 

Así, entonces, mientras la disolución del cine de atracos va de alguna manera vaciando el significado de las ocres y desaturadas imágenes, el sentido de estas aparece a su vez en la idea del tiempo cuando a modo de directa concienciación su mujer lanza un reloj a la cabeza de Mooney. De esta manera, la idea de ser conscientes del tiempo en el que se vive está plenamente vinculada con el lugar que se ocupa en la familia y en la patria. Y es que, no solo se trata de dejar en entredicho la falsa promesa de Mooney de volver al lado de su familia —cuando desde el coche arrancado el conductor señala el reloj en su muñeca y obliga al personaje a dejar el telefonillo colgando en la cabina—, sino que este tiene su espejo en la escena del contexto político a lo largo de todo el itinerario. En un momento del largometraje, después de mostrar un cartel que anuncia “I want you for U.S. Army”, Mooney en el autobús ve a un marine junto con su mujer y bebé en brazos. Cuando después del sueño Mooney se despierta, ahora en el asiento solo queda la madre con su criatura; se muestra así el vacío por la ausencia del padre. Estamos, entonces, no sólo ante la disolución de la figura del patriarca —ejemplarizado con el personaje de Mooney con su familia—, sino también ante la interrogación del héroe y del sacrificio por la patria en el momento del desastre de la Guerra de Vietnam. Estamos ante la pérdida de ciertos ideales pertenecientes a un tiempo anterior en el que ahora se ponen en cuestión y necesitan de un cambio y una nueva identidad. Una toma de posición en definitiva que parece no llegar nunca de la mano de nuestro protagonista que se pasea a lo largo del filme ajeno a todo lo que sucede a su alrededor como síntoma del extravío de toda una época. Así, Mooney acabará vistiéndose con ropas ajenas o falsificando su identidad en la habitación donde se hospeda, mientras la cámara hace un giro completo por la estancia mostrando a su paso las imágenes de la Guerra de Vietnam en la TV. 

En un momento dado, como espectadores, somos testigos de una conversación en la que se habla de cómo alguien se puso a prueba por medio de una situación al límite para saber quién era en realidad. A lo largo del filme, Reichardt ha hecho precisamente esto mismo con su personaje, planteándole distintas situaciones y observando su comportamiento. Ya desde su comienzo, con aquella escena en la que los policías entraban en el hogar de Mooney y le ofrecían una oportunidad para confesar, dicha apelación desde el off del encuadre parece salir de la voz de la propia cineasta. Con estos presupuestos y llegados a su parte final, se le pone al protagonista en una última circunstancia. Así, tal y como se desenvuelve en esta situación, queda confirmado el lugar de un criminal que ocupa al caer en lo más banal y miserable por dinero. Optando pues por el sendero de la apolítica y de lo amoral —que para la cineasta parecen ser lo mismo—, el plan de Reichardt toma una nueva dirección: un giro final hace que paradójicamente nuestro reducido antihéroe —que conseguía fugarse hasta entonces de toda responsabilidad— quede incriminado y preso por aquello que obviaba, y se reafirma el absurdo y la pérdida del tiempo de todo su plan de evasión. He aquí el fin de esta mente maestra que cierra de manera directa y sencilla la maniobra de una cineasta; una que desmitifica la imagen para interrogarla y mostrarnos que la toma de posición en el momento en el que vivimos es ineludible.


The Mastermind (E.E.U.U., 2025)

Director: Kelly Reichardt / Guion: Kelly Reichardt / Reparto: Josh O´Connor, Alana Haim, John Magaro, Hope Davis, Bill Camp / Director de fotografía: Chistopher Blauvelt / Montaje: Kelly Reichardt / Música: Rob Mazurek / Productoras: Film Science, MUBI 

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