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UN SIMPLE ACCIDENTE

Esperando a Godot

Un simple accidente. Revista Mutaciones - 4

Si Tres caras (2018) o Taxi a Teherán (2015) se caracterizaban por una cierta sutileza en sus planteamientos de denuncia en abierta oposición al régimen iraní, Un simple accidente es la más frontal de las películas de Jafar Panahi: un grito desnudo y contundente del que ya no tiene nada que perder tras catorce años de cautiverio forzado. Así, el realizador continúa su particular -y, sin duda, obligatoria- cruzada contra la teocracia dictatorial de su país. Para ello emplea un arma infalible, esta vez sin rodeos ni corsés autoimpuestos: sus propias obras. En el caso que nos ocupa, la película brinda una modélica progresión cronológica de los acontecimientos, con un in crescendo sostenido, hasta configurar una unidad narrativa coherente y abierta a la reflexión. Un simple accidente arranca con un incidente fortuito, nocturno, que desencadena el resto de episodios y marcará el devenir de los protagonistas. Un padre de familia, acompañado de su mujer e hija, maneja por una solitaria carretera cuando, de repente, arrolla -y mata- a un animal -se presupone un perro, ya que el director delega la resolución al fuera de campo-. Como consecuencia del choque, el motor del vehículo requiere de un mecánico que lo repare. Aunque nunca se produce un encuentro entre ambos en el plano visual, el dueño del taller, Vahid -en la oficina de arriba del garaje-, reconoce al foráneo -en un nivel inferior- como el agente de inteligencia que le torturó durante meses en un centro de detención. Esta identificación la hace con atención a un detalle extremadamente siniestro, cuya huella reposa en el núcleo de las pesadillas infantiles: la estela sonora de una pierna ortopédica, de una prótesis metálica en concreto, reptando lenta y pesadamente por el suelo. Es ahí, en ese momento incómodo, de una turbación categórica, cuando afloran en Vahid ciertos miedos y traumas, pero, a la par, le surge la oportunidad de resarcirse por medio de un (torpe e improvisado) secuestro. He aquí, por consiguiente, una de las líneas argumentales más potentes del film: es una utopía evadirse del pasado, pues este es una fuerza que reverbera en el presente y condiciona nuestra existencia.

Un simple accidente. Revista Mutaciones - 1

Mientras trata de enterrar vivo a Eghbal en un descampado, a Vahid le agarra una duda razonable: ¿y si la persona apresada no es en realidad “Pata de Palo”, el flagelo del presidio? Al haber sido privado de la vista durante su confinamiento, ¿puede que sus recuerdos estén alterados y lo que prevalezca sea un deseo de venganza por encima de todo? A partir de entonces, en una sabia decisión -que incluso, dentro de las circunstancias, destila un punto de ética dado que no atiende directamente a la aplicación práctica de la Ley Sharia-, Vahid inicia la misión de reclutar a otras víctimas del carcelero con el objetivo de que le ayuden a constatar (o no) la verdadera identidad del lisiado. En una escala metafísica, lo que propone Un simple accidente es bastante interesante por varios motivos. Por un lado, porque a través del concepto de karma se intenta reordenar o restablecer el desequilibrio imperante en la sociedad iraní entre el bien -los protagonistas de la historia- y el mal -reencarnado en el personaje de Eghbal-. Según se extrae del significado de la obra, todo acto pernicioso implica una compensación. A propósito de esta idea, la película también habla del azar como una relación no causal que conecta dos procesos independientes y actúa por inercia en el universo. Así, el título de la cinta alude no solo a un hecho accidental -el golpe fatal con el auto-, sino a muchos, como evidencia la concatenación de sucesos que acaecen en pantalla. Al hilo de esto, no menos trascendental, el autor expone la disparidad de medios que operan entre lo que está institucionalizado -cualquier humano subordinado al aparato estatal- y el resto de la población. Es decir, para Vahid y compañía el azar es un requisito imprescindible, algo necesario, en su motivación para acceder al paradero de un alto cargo. En contraste, como comprobaremos más adelante en el desenlace, Panahi nos advierte que el régimen -el que sea- tiene todos los mecanismos a su disposición para localizar -y castigar- al detractor.

Para llevar a cabo su magistral discurso, el director recurre a dos estrategias complementarias que definen el carácter popular de la narración. Por una parte, su adhesión total a las road movies, con ese viaje personal de autodescubrimiento y catarsis, un rango distintivo de algunos films iraníes independientes –El sabor de las cerezas (1997) o, más cercana en su enfoque, la argelina Abou Leila (2019)-. Asimismo, esta temática, cuya lógica interna impele por inercia al desplazamiento de los personajes a lo largo de un territorio, propicia que se explore la naturaleza rural de la obra. En este sentido, la película consigue descentralizar el foco de la acción en Teherán hacia otros lugares habitualmente invisibilizados -desiertos crepusculares, pueblos olvidados- recordándonos que el germen del mal es una materialidad ubicua, desbordada, y no una entelequia. De ese modo, tal dispersión espacial revela cierta histeria colectiva en las ciudades -varios individuos discuten airadamente en la calle, Hamid empuja a Shiva precipitándose al asfalto…- en comparación con la sensación de calma y sosiego que transmiten otros escenarios, a salvo de la injerencia de las miradas inquisidoras, sospechosas, de la urbe. Quizás es esa quietud reinante en determinados entornos, despojados ahora de la mayoría de elementos de la mise en scène, la que potencia la teatralidad en algunos momentos -con largas tomas que plasman la solemnidad de los diálogos y con movimientos pausados que acentúan la esencia del dilema moral-. Este abanico de principios rectores, termina por invocar, indefectiblemente, a la coralidad del texto, otro sello insignia del cine iraní -con ejemplos como Un héroe (2021) o Las tortugas también vuelan (2004)-.

Pese al agravio sufrido, los captores fomentan el debate comunal en aras de buscar un distanciamiento respecto al absolutismo y rigidez del sistema judicial iraní. Nunca se desvían, no habrá un ojo por ojo sin consenso previo -liquidarlo o no, esa es la cuestión-. De ahí la referencia a la tragicomedia de Beckett, en la cual la sombra absurda de la muerte planea ingrávida. Por ende, esa carga de enorme complejidad acaba repercutiendo en la evolución psicológica de los personajes, quienes atraviesan fases de ira, miedo, cobardía, comprensión, etc. De manera consecuente, el estado anímico de los implicados tiene su reflejo en cómo el largometraje fluctúa entre géneros con pasmosa habilidad -del drama al humor negro (son evidentes los paralelismos con El verdugo de Berlanga) o el thriller- hasta componer un conjunto orgánico que fluye con suma efervescencia. Sin embargo, lo más fascinante de la función es el juego de espejos que formula Panahi en virtud de las experiencias vitales de los damnificados por “Peg Leg”, análogas a las que él tuvo que soportar durante sus reiteradas estancias en prisión y subsecuente arresto domiciliario por “conspirar” contra la administración. Lo mismo ha de suceder con la articulación de las emociones. Irremediablemente, la imagen especular forjada entre el director y sus criaturas también atañe a la clandestinidad de los actos. El rapto del funcionario se ejecuta desde la ocultación y el secretismo, al igual que las condiciones de Panahi para grabar -y exhibir- su trabajo de ficción -el documental Esto no es una película (2011) ya padeció idéntica censura-.

Resumiendo, Un simple accidente es una suerte de milagro artístico, básicamente por todos los escollos que han rodeado su producción. En su afán incisivo, a Panahi le basta con un sólido pero sencillo argumento, el de una niña, capaz de tambalear -y, de paso, desenmascarar la necedad y sinrazón del fundamentalismo- el esqueleto teológico de la república. En efecto, la pequeña refuta la opinión de su madre cuando, a causa del atropello, asegura que su destino ha sido voluntad de Dios. El guion relata con precisión quirúrgica, contemporizando brillantemente el ritmo, la hipocresía y la corrupción de la autoridad divina. En declaraciones de Panahi, “un enfermo terminal” que, simbolizado en la figura de Eghbal, literalmente se arrastra agonizante. Si las tradiciones y el fanatismo religioso están profundamente enraizados en la cultura persa -se convence a sí mismo Panahi y, en última instancia, a la audiencia-, el mejor antídoto es sacar a la luz sus miserias y contradicciones. Lo más peligroso de la férrea vigilancia a la que se ven sometidos permanentemente los ciudadanos es que conduce a la psicosis, en ocasiones infundada, como acredita el sesgo paranoide de Hamid a lo largo de esta fábula. No en vano, el shock final llega de improviso, en un giro maestro que todavía perdura en la retina del espectador mucho después de la proyección. Valiéndose del fuera de cámara, el instante, que suscita una tensión atroz, forja un duelo (no equitativo) con resonancias del western. De espaldas, Vahid escucha la llamada del terror en un fotograma que reimagina la leyenda del Hombre del saco y lo transforma en algo tangible -el torturador, un villano de carne y hueso en ciertos contextos políticos-. Con este gesto de arrolladora franqueza, pesimista, de una elevada pureza, Panahi nos alerta acerca de la imposibilidad de escapar del fantasma de la teocracia.


Un simple accident (Irán-Francia-Luxemburgo, 2025)

Dirección: Jafar Panahi / Guion: Jafar Panahi / Producción: Sandrine Dumas, Lilian Eche, Christel Henon, Philippe Martin, Jafar Panahi, David Thion / Fotografía: Amin Jaferi / Montaje: Amir Etminam / Reparto: Ebrahim Azizi, Madjid Panahi, Vahid Mobasseri, Mariam Afshari, Hadis Pakbaten, Delmaz Najafi, George Hashemzadeh

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