OBSESSION
TOXIC INCEL LOVE
Los aficionados al terror están de enhorabuena. Este 2026 será recordado, entre otras cosas, por la irrupción de dos torbellinos, ambos salidos de las entrañas de YouTube, que han revitalizado el género: Kane Parsons y Curry Barker. Backrooms y Obsession, respectivamente, han supuesto un soplo de aire fresco en un terreno abonado, salvo honrosas excepciones, a la parodia involuntaria, las referencias desmedidas o, directamente, el autosabotaje. Lo mejor es que ambos han acertado de pleno con sus propuestas, no tanto por la forma -que aquí, afortunadamente, también encuentra avenencia- sino por el contenido, al exponer con suma inteligencia, con una visión certera y nada complaciente, los males que afligen a la sociedad moderna. Inicialmente, Obsession -cuyo título ya es toda una declaración de intenciones- se camufla bajo la apariencia de una comedia romántica de los 90: dos amigos ensayan la declaración de amor de uno de ellos a su crush platónico e inalcanzable, con ecos a clásicos como Beautiful girls (1996) o Alguien como tú (1999). El momento, colmado de camaradería teenager, evidencia la naturaleza introvertida de Bear -el protagonista-, su temor, y, además, plantea uno de los tantos dilemas que le atormentan. Sin embargo, en la siguiente escena, tras un corte abrupto en el montaje, un plano fijo a ras de suelo de un gato muerto destapa el artificio y revela ahora el reverso tenebroso del texto. Esto prefigura el tono macabro del relato, rompe la esencia discursiva del prólogo y funciona como una advertencia firme hacia el espectador -desarbolado por la desagradable sorpresa- de lo que está por llegar.
Después de limpiar el desastre, cuando Bear llora desconsoladamente en el borde de la cama mientras contempla una instantánea física de Nikki, el “casi” enfermizo objeto de deseo, se produce un refuerzo negativo de su cobardía -y, asimismo, acentúa lo ridículo de la situación-. En ese sentido, la psicología de la pareja protagonista está muy marcada, sin recurrir a los tópicos, desde extremos antagónicos: Nikki es tremendamente popular, mientras que Beard pasa desapercibido. Así, con un anhelo posesivo como catalizador de la trama, el otro punto de ignición del relato se desvela muy pronto, justo a continuación. Beard acude a una tienda esotérica buscando un collar -para Nikki- y acaba topándose con un producto cuyo packaging retro le seduce desde la nostalgia o el divertimento travieso: “One wish willow”, un amuleto que “promete” conceder cualquier petición del usuario. Aquí, en este punto, la película nos remite a nivel descriptivo a otros títulos fantásticos como Jóvenes y brujas (1996) o Prácticamente magia (1998).

Tampoco sería descabellado comparar Obsession con la mítica saga de libros de Goosebumps por varias razones: la inclusión de un artefacto maldito adquirido o tomado por un nerd ordinario, la moraleja que se extrae como resultado de las acciones individuales -motivadas por el egoísmo o la ambición-, la estructura circular de causa-efecto subyacente en la literatura juvenil o la transformación siniestra del entorno seguro -el hogar, la escuela, los amigos, etc.-. Esta última dinámica comparece a lo largo del metraje en la elección de las localizaciones, casi siempre interiores -la casa de la abuela de Beard, el negocio de música o un bar-. Por tanto, se puede afirmar que Barker elabora el guion como una “pata de mono”, en el que la consumación del maleficio acarrea consecuencias trágicas e irónicas. Incluso, la figura del coche -demonizada en Asesino invisible (1977) o en Christine (1983)-, que establece la transición entre espacios y representa un safety place, desvirtúa su talante beneficioso conforme avanza la historia y pasa a convertirse en otro elemento hostil -quizás porque es ahí donde Beard parte el sauce por la mitad-. Así pues, una vez ejecutado el hechizo, el comportamiento de Nikki cambia radicalmente hasta que, progresivamente, el conjunto deriva en una espiral salvaje que va retorciéndose hacia algo más loco y demencial. A ello contribuye la estacionalidad de la película, ya que el grueso de la cinta sucede de noche, una elección que le confiere ese aire de pesadilla interminable y difumina la frontera relativa al tiempo. Asimismo, en el apartado técnico prolifera el uso del zoom in -para dotar de intensidad dramática- o out -para contextualizar-, movimientos de cámara en continuidad y el shot-reverse shot de cara a extraer toda la fuerza a unos diálogos cínicos, plagados de humor negro e impredecibles.
Barker sabe muy bien de lo que habla porque pertenece a esos mismos centennials a los que retrata. En ese sentido, en el transcurso de Obsession, aborda varios temas o dinámicas actuales que les conciernen y condicionan sus relaciones interpersonales: la confusión adolescente, amplificada por el bombardeo de las redes e Internet; la fragilidad de un grupo atrapado en los likes y en la falsa popularidad; las bajas aspiraciones en el ámbito laboral; la enorme brecha generacional respecto a la inmediata cohorte -aquí, directamente, los adultos no comparecen-; el auge de la ideología incel; la manipulación, el control, la toxicidad y la dependencia presentes en los vínculos contemporáneos; la disección de la amistad -solapada por las mentiras, por los secretos, por cierta indiferencia-; la indolencia y la apatía generalizada fruto de una nula capacidad de reacción ante cualquier problema -pese al evidente desorden de Nikki, ni Beard ni su entorno cercano reaccionan-; los arrebatos infantiles, caprichosos y arbitrarios; o, para finalizar, las carencias afectivas -de nuevo la ausencia paternal propicia que lo emocional (el equilibrio, la responsabilidad o la inteligencia) permanezca bloqueado-. Por otro lado, al hilo de lo anterior, los personajes encuentran las palabras indispensables para externalizar el trastorno de Nikki y la necesidad de ayudarla -mediante frases taxativas como “me empezó a besar y se puso a llorar”, “colapso nervioso” o términos como “psicótico”-, pero el verbo, debido a la pasividad de los protagonistas, se descubre como algo inútil e inservible.

Por tanto, la única solución -tremendamente pesimista- que nos propone el realizador, como reza la leyenda del stick, es la muerte o el suicidio. Visto así, Obsession podría ser examinada como un grito de auxilio que trata de despertar del letargo a una gen z abocada al desastre y de romper la imagen estereotipada que esta proyecta. Por otra parte, una de las mayores virtudes de Obsession es su hibridación deconstruida -la modificación de los códigos del horror-, cómo salta entre el thriller, el gore u otros (sub)géneros con pasmosa facilidad. De este modo, cada secuencia está cargada de una tensión insoportable, lo que desencadena en una montaña rusa de giros inesperados. Pero, igualmente, uno de los aspectos más llamativos de este trabajo consiste en el cromatismo -con escalas de grises y amarillos tenues- que configura el tono de la película, de carácter deprimente y sombrío. A propósito de esta maniobra, la banda sonora -de estilo analógico, a base de sintetizadores- contribuye a remarcar la tristeza inherente a la narración. No en vano, supone un claro homenaje, en un afán de manifiesta melancolía, al cine de los 80 -con Carpenter como máximo exponente-. Para rematar, el film cierra de manera brillante, con una Nikki en teoría libre, pero, en verdad, atrapada eternamente en un bucle por culpa de una imprudencia ajena, mezquina, de la que nunca se percató. En conclusión, Barker consigue armar un todo armónico que, salvo alguna decisión argumental prescindible, no se resiente. Y, lo más crucial, para los primerizos en el argot digital, dibuja de una pincelada la definición absoluta de cringe.
Obsession (Estados Unidos, 2025)
Dirección: Curry Barker / Guión: Curry Barker / Producción: James Harris, Haley Nicole Johnson, Christian Mercuri, Roman Viaris-de-Lesegno, Jason Blum, Leonora Darby, David Haring, Ruzanna Kegeyan, Mark Lane, Cooper Tomlinson / Fotografía: Taylor Clemons / Montaje: Curry Barker / Interpretación: Michael Johnston, Inde Navarrette, Cooper Tomlinson, Megan Lawless, Andy Richter, Haley Fitzgerald, Darin Toonder, Chloe Breen, Anthony Pavone, Justice
