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AVATAR: FUEGO Y CENIZA (CARA B)

Como el agua

La tercera parte de Avatar no es alta literatura. Pero tampoco es un Volvo XC40 gris antracita. Ni una Leatherman Wave+ de acero inoxidable. Y desde luego que está libre de toda sospecha de ser un cocido madrileño. Tal vez, no lo niego, podría llegar a ser un cocido madrileño. Pero, en mi opinión, eso sería a todas luces un despropósito. Dicho esto, Avatar: Fuego y Ceniza, es muchas otras cosas.

James Cameron, director ontariano fundamentalmente acuático, firma su décima película sin alejarse de su modus operandi habitual. Este, desde bien temprano, es indistinguible de un niño jugando con todos sus juguetes a la vez. Y le da igual juntar a Batman con Barbie, con un Estegosaurio con la cola mordida, con un Hotwheels, con un sacacorchos, con una grapadora que, si la miras bien parece un tanque, o con un pastorcillo del portal de Belén. Su cine tiene la naturaleza experimental que tiene aquel que juega sin guion, encontrando placer en el ensayo, en la exploración. Encontrando el placer como disciplina olímpica. Encontrándolo en el desarrollo del preciosismo técnico, como cuando un chaval aprende a hacer una chilena y con eso basta. Es un chiquillo yendo a rebufo de sí mismo, como diciendo: “Yo qué sé. Está guapo”. Cameron es un churumbel, sin embargo, que ha crecido colmado de refuerzo positivo, a golpe de pura peseta en la mesa. Y, aunque así se aprende más rápido, te puede hacer ser un pequeño déspota en el set, o tal es su fama. Tal vez, por eso sus obras siempre tengan a “la autoridad” como némesis del protagonista. Protagonista, que en muchas ocasiones es un niño tonto y rebelde. Pero tonto. Y el malo malísimo de la muerte es el padre, desenchufando la play y mandándole impiadoso a hacer los deberes de mates.

Avatar - Revista Mutaciones

Por otro lado, el cineasta se mantiene fiel a sus juguetes favoritos, trasteando lealmente con Weta FX o ILM desde bien pronto, poniendo todos sus ahorros unas veces en Lego y otras en Playmobil. Y ahí se ve el temperamento incontrolable y videolúdico de Cameron, porque él no quiere jugar con un Action Man, él quiere crear una lucha intergaláctica, protagonizada por dos naves espaciales, interpretadas por el tapón de un boli Bic y una pinza de la ropa. Y se las coloca muy cerca de la cara y hace ruidos con la boca, tirado en la alfombra hasta que llega la hora de cenar. Da la sensación de que darle al REC es un trámite, un peaje, un impuesto; que él lo que disfruta es colocar todos sus muñecos en el suelo, ahora a través del denominado performance capture o emotion capture.

En esta ocasión, Jaime Camarón pasa por múltiples géneros, en una historia más grande que la vida, con su asalto al tren de la mano de cowboys del espacio e indios luciferinos, con su melodrama familiar vertebrando todo, con su épica bélica, pasando por una película de juicios con ballenas sordas. Y salvar el mundo, claro. Ya que te pones, pues monomito. Pero como hemos dicho antes, Cameron no solo juega, también monta y recoge sus juguetes; siendo aún rompehielos del progreso técnico en el cine. Y lo bueno que tiene el progreso técnico, es que son logros de los que todos los creadores se benefician, otorgando nuevas herramientas a la industria y desbloqueando así imposibles. Actuando como el niño que juega en la bañera hasta que el agua se enfría. Un niño que mezcla todos los geles y jabones solo por el placer de ver qué pasa, con los ojos muy abiertos y media sonrisa pícara. Como Alexander Fleming inventando o descubriendo la penicilina de chiripa. En la frase falsamente confuciana de: “Dale un pez a un hombre y comerá un día; enséñale a pescar y comerá toda la vida”; los logros narrativos son más parecidos a dar peces y los técnicos, a la caña. Porque la narrativa está vinculada a la gramática y su significado es mutable, pudiendo por tanto el significante tomar la forma que cada autor convenga. No siendo heredable el talento (los peces), la técnica (la caña) sí. Una vez se inventa el sonido síncrono, el color, la cámara multiplano, la moviola, el steadycam, la producción virtual, las palomitas… pues, ale, para todos. O no. Yo qué sé.

Avatar - Revista Mutaciones

Cameron se ha vuelto metódico y flemático con los años, presa de ese síndrome que han padecido varios directores a lo largo de sus carreras, como Lean, Leone o Coppola, del “cada vez más grande”. Dedicando sus esfuerzos generalmente al presupuesto efectivo de la producción, alejándose de estrellas inflacionarias y poniendo todos los lereles en los técnicos; colocando siempre a los artistas digitales como protagonistas absolutos de sus obras. Sin saber si es ese su deseo, no pocas veces le ha dado una patada a la industria hacia adelante. Cameron, imprudente por tanto imparable, encuentra y explota el placer encerrado en el poder innato del “porque sí”. Es inventor, es autor, es hippie, es rico, es gritón. Es el crío cruzando la calle sin dejarse un charco sin pisar. El muchacho mimado por sus mismos méritos, el muchacho que baila frente al espejo cuando nadie mira. El prohombre de oro, el futurólogo, el tecnócrata. El niño viendo la misma película un trillón de veces. El niño incombustible y todos sus juguetes. El niño, que parece gritar: “Mira, mamá. Sin manos”.


Avatar: Fuego y ceniza (Avatar: Fire and Ash, James Cameron, EE.UU., 2025)

Director: James Cameron / Guion: James Cameron, Rick Jaffa, Amanda Silver / Director de fotografía: Russell Carpenter / Música: Simon Franglen / Productoras: 20th Century Studios, TSG Entertainment, Lightstorm Entertainment / Reparto: Sam Worthington, Zoe Saldaña, Oona Chaplin, Stephen Lang, Cliff Curtis, Kate Winslet

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