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VALOR SENTIMENTAL

Persistencias afectivas

Valor Sentimental Revista Mutaciones 2

Valor sentimental abre el relato privilegiando el espacio por encima de los personajes: la cámara recorre sin prisa habitaciones y pasillos del domicilio familiar, como si midiera la resistencia de cada pared a la memoria que contiene, registrando un lugar atravesado por recuerdos heterogéneos, incapaz de ofrecer una versión unívoca del pasado. El director no jerarquiza esas imágenes: momentos de conflicto y escenas armónicas coexisten sin orden ni resolución. En este primer movimiento, se establece un paralelismo fundamental entre el espacio doméstico y quienes lo habitan: la casa funciona como un archivo material de generaciones, del mismo modo que la familia conserva y transmite un entramado de herencias afectivas, patrones y hábitos difíciles de desarticular. No hay aquí posibilidad de empezar de cero: ni el espacio ni los cuerpos admiten el folio en blanco, solo nuevas inscripciones sobre una superficie ya marcada.

Tras La peor persona del mundo (2021), Joachim Trier vuelve a colaborar con el guionista Eskil Vogt y con la actriz Renate Reinsve para desplazarse, sin ruptura estilística aparente, hacia un territorio conceptual distinto. Si aquella película interrogaba la construcción del yo en un presente abierto —marcado por relaciones frágiles, elecciones reversibles y una identidad siempre provisional—, aquí la pregunta se invierte: el yo ya no aparece como proyecto, sino como resultado de una herencia afectiva —no elegida y difícilmente moldeable—. La identidad deja de pensarse como gesto de autonomía para asumirse como genealogía. Allí donde el film anterior se expandía hacia la ciudad y el deseo, Valor sentimental repliega el movimiento hacia un núcleo cerrado: la familia, la casa, el retorno al origen.

Ambientada en Oslo, la película sigue a la familia Borg tras la muerte de la madre, acontecimiento que opera menos como centro dramático que como detonante narrativo. No inaugura un duelo reconocible ni un proceso de elaboración compartida, más bien deja al descubierto una estructura ya tensionada. El verdadero eje del conflicto es Gustav (Stellan Skarsgård), padre de Nora y Agnes, cineasta prestigioso en el tramo final de su carrera, figura dominante y emocionalmente evasiva. La relación con sus hijas está marcada por una distancia persistente que no adopta la forma del abandono explícito, sino la de una presencia incapaz de sostener la intimidad. Cuando el vínculo se aproxima a un registro de mayor implicación emocional, lo reconduce hacia territorios que domina —el trabajo, la organización, la ironía—; la cercanía se produce así solo bajo condiciones funcionales, nunca como intercambio afectivo abierto.

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Frente a él, Nora (Renate Reinsve) —actriz en el umbral de su carrera— parece ocupar una posición de resistencia. Es quien cuestiona la figura paterna y se niega a aceptar sin fricción la mediación profesional como forma sustitutiva de vínculo. Sin embargo, su posición no altera la lógica que cuestiona, sino que la reproduce bajo otra forma. La relación entre Nora y su hermana Agnes funciona como un reflejo desplazado de la relación entre Nora y su padre: Agnes espera una apertura emocional que nunca termina de producirse. Nora, precisamente la hija que parece haber construido una distancia más consciente respecto a la figura paterna, ocupa ahora la posición que antes le resultaba insoportable, encarnando, sin proponérselo, el mismo gesto de retirada que marcó su infancia. La arquitectura emocional persiste incluso —y, sobre todo— en quienes creen haberse emancipado de ella.

La película sitúa así el conflicto menos en el plano del discurso que en el de la fisicidad. Cuando la implicación emocional excede lo que Nora puede sostener, el cuerpo responde con la retirada. Esta lógica de la huida —del escenario, del enfrentamiento familiar, del espacio compartido— atraviesa el film como principio estructural. Las reacciones de Nora son respuestas somáticas ante una intensidad afectiva que no encuentra traducción verbal; no se articulan en el plano de la voluntad ni del gesto dramático, sino como automatismos inscritos en el cuerpo: desplazamientos bruscos, abandonos impulsivos, respuestas físicas que anteceden al pensamiento. Desde el colapso previo a la función hasta la carrera con el jarrón por el jardín del domicilio familiar, la película remite a un repertorio infantil de autoprotección, donde huir no es una estrategia, sino un límite: marca el punto en el que la experiencia deja de ser habitable.

En este contexto, la palabra se revela insuficiente. Valor sentimental es un largometraje atravesado por el límite del lenguaje: hay conversaciones, intercambios prácticos, organización cotidiana, pero no acceso directo a la dimensión afectiva. El drama familiar se construye desde lo no dicho, desde lo que se posterga o se desplaza hacia otro territorio. La familia Borg no carece de palabra, pero sí de un lenguaje capaz de alojar lo emocional. De ahí que la acción —hacer juntos— adquiera un peso mayor que cualquier enunciación verbal. No es casual que la propuesta de Gustav a Nora no adopte la forma de una conversación íntima, sino la de una oferta profesional: un papel en su nueva película.

De ese desplazamiento del conflicto hacia territorios más habitables, surge otro de los núcleos del film: el cine dentro del cine. La representación no opera como guiño metanarrativo, sino como estructura de contención. Allí donde la conversación fracasa y la intimidad directa se vuelve inviable, la representación ofrece un marco delimitado, reglado, con tiempos y jerarquías claras. Bajo esas condiciones, lo afectivo puede aflorar sin desbordar a los personajes, porque queda inscrito en una estructura que lo ordena y lo vuelve administrable. La casa termina convertida en set y el rodaje en una forma provisional de convivencia. El propio movimiento del relato deja entrever, no obstante, su propio límite: el dispositivo fílmico admite reemplazos; el vínculo, no.

La figura de Rachel Kemp (Elle Fanning), la actriz elegida por Gustav cuando Nora rechaza el papel, condensa de manera ejemplar la lógica de sustitución que atraviesa el largometraje. Su función excede el relevo profesional: Rachel opera como doble simbólico, un cuerpo capaz de alojar, dentro del marco representacional, una cercanía que el vínculo padre-hija no logra sostener. La transformación de Rachel hacia Nora se construye conforme avanza el rodaje —peinado, gestos, modulación—; la mimetización alcanza su punto culminante en el plano donde los rostros de ambas se superponen y se confunden en una mirada directa a cámara. La imagen remite explícitamente a Persona (1966) de Ingmar Bergman, no como cita cinéfila o referencia temática superficial al drama familiar o a la figura de la actriz, sino como modelo formal: el rostro filmado como lugar de proyección, donde dos identidades pueden fundirse visualmente hasta volverse funcionalmente intercambiables. La imagen no afirma una equivalencia ontológica entre ambas, pero sí muestra cómo, dentro del marco cinematográfico, la diferencia puede ser suspendida.

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Sin embargo, esa fusión visual revela, también, los límites del dispositivo. La mimetización entre Rachel y Nora no conduce a una equivalencia efectiva, sino que señala el punto exacto en el que el dispositivo comienza a fallar. Pese al esfuerzo de Rachel por ajustarse a las expectativas de Gustav —en gesto, presencia física y disponibilidad afectiva—, la sustitución no logra sostenerse ni siquiera en el marco representacional. Rachel abandona el proyecto y es finalmente Nora quien asume el papel, mostrando que la sustitución solo puede operar como simulacro temporal.

El cierre del relato evita cualquier catarsis sentimental explícita. No hay confesiones, ni reconciliaciones verbales, sino un reconocimiento mínimo, funcional. La última palabra —un “perfecto” de Gustav cuando Nora termina la escena— pertenece al registro profesional, pero condensa todo lo que no han podido decirse de otro modo ni en otro ámbito. La aprobación de la toma parece abarcar más que eso, como si el padre respondiera a la demanda desesperada que la hija le hacía escenas atrás, cuando le pedía que valorara su trabajo como actriz. En esta búsqueda de validación profesional no puede dejar de intuirse un anhelo de aceptación personal. Del mismo modo que Gustav se acerca a su hija como director antes que como padre, Nora replica ese movimiento: evita toda posición de fragilidad enunciándose como actriz antes que como hija.

Ese reconocimiento mínimo delimita el horizonte formal de la película. En sus primeras escenas, Valor sentimental insinuaba una vía distinta para abordar el drama familiar: desplazarlo del registro psicológico hacia una dimensión material y espacial, en la que la casa se configurara como archivo de la memoria familiar. Esta perspectiva queda finalmente apenas esbozada. La potencia de la película es otra: Trier no filma la sanación como superación del pasado, sino como capacidad de habitarlo —con torpeza, contradicciones y límites— sin quedar paralizado por él. El gesto final no ofrece una resolución explícita ni reorganiza el conflicto en una forma de equilibrio reconocible; sin embargo, introduce una modulación distinta. Allí donde el drama familiar suele orientarse hacia la clausura, Valor sentimental se detiene en un punto más incierto y, sin embargo, también esperanzador: la intuición de que la continuidad del vínculo puede sostenerse incluso sin que aquello que lo atraviesa encuentre una resolución narrativa o afectiva plena.


Valor sentimental (Affeksjonsverdi, Noruega, 2025)

Dirección: Joachim Trier / Guion: Joachim Trier y Eskil Vogt / Dirección de fotografía: Kasper Tuxen / Montaje: Olivier Bugge Coutté / Producción: Maria Ekerhovd y Andrea Berentsen Ottmar / Música: Hania Rani / Reparto: Renate Reinsve, Stellan Skarsgård, Inga Ibsdotter Lilleaas y Elle Fanning.

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