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DIE MY LOVE

Deep in the woods

Die My Love - Revista Mutaciones 1

Viendo Die, My Love uno pudiera pensar que Lynne Ramsay disfruta poniendo al límite a sus arquetipos femeninos, víctimas de un tormento ininterrumpido condicionado por los actos de otros -siempre, sin excepción, consumados por el opuesto masculino-. Le ocurría a la enigmática Morvern Callar a causa del suicidio de su novio en la obra de título homónimo; a la torturada madre -excelsa Tilda Swinton– de Tenemos que hablar de Kevin (2011), producto de los asesinatos múltiples -masacre escolar incluida- que perpetra su hijo; y, más reciente, a las jóvenes retenidas por los tratantes de blancas en la cruda En realidad, nunca estuviste aquí (2017). En Die My Love, esta dinámica comparece desde el arranque, en el que una estampa fija desde el interior de una casa abandonada, llena de maleza y suciedad, muestra a una pareja fuera del espacio intentando acceder a la vivienda. Una vez dentro, entran y salen del framing mientras exploran rápido las estancias colindantes, se ríen, charlan distendidamente y proyectan planes a futuro. Compositivamente hablando, el encuadre es categórico: el orden simétrico de la puesta en escena -delimitado por los marcos al descubierto de las puertas de las habitaciones- revela al espectador varias capas de profundidad -son los umbrales o estadios que atravesará la protagonista hasta alcanzar su particular nirvana- que conducen inexorablemente a la espesura del bosque. Entretanto, por corte en el montaje, una breve imagen del mismo bosque -de una gran carga alegórica-, ahora corrompido por las llamas, sirve como preludio a una de las ideas que luego se ampliará en el texto: la urgencia de evasión en un entorno viciado.

A partir de aquí, paulatinamente, la cinta transita de la armonía del inicio -tanto a nivel estético como dialogístico, en este sentido las conversaciones entre Grace y Jackson fluyen hacia el entendimiento mutuo- al caos visual y argumental -la trama se desata imprevisible- que Ramsay impregna al resto del metraje. Para ello, la realizadora británica utiliza recursos cinematográficos habituales, pero con una curva disruptiva para dotar al conjunto de un estilo iconoclasta e inconformista. Así, observamos tomas en seguimiento muy veloces, transiciones inesperadas que rompen el discurso, planos detalle de plantas y vegetación -que remiten inevitablemente al Malick de Malas tierras (1973) o Días del cielo (1978)- para acentuar el carácter bucólico de la historia, nadir cuando la cámara orienta su mirada al cielo o filtros de luz que terminan por cegar. Al respecto, el efecto motion blur cumple con una misión análoga: su uso coincide principalmente con la perspectiva ocular de Grace, desenfocada. Una alteración somática que, en un momento determinado del film, -afecta y- se ve refrendada por Pam, su suegra: “Nada me parece real desde que se fue” [refiriéndose a Harry, su marido fallecido]. Lo mismo aplica a las escenas nocturnas, imbuidas en la belleza de unos tonos azules cristalinos que acrecientan la sensación de melancolía y tristeza del relato. Por otro lado, cuando algo se torna incómodo o busca perturbar, en ocasiones, la directora opta deliberadamente por primeros planos o canciones “animadas” que sirven como contrapunto musical con lo que acaece en pantalla. Por todos estos motivos, puede que las decisiones formales de Ramsay contradigan la lógica inherente al drama -la depresión post-parto, el daño físico, el deterioro de la salud mental-, pero la verdadera intención detrás del envoltorio es poner de manifiesto el universo ilusorio, out of earth, que solo percibe nuestra heroína -y, por ende, el público que la acompaña en su periplo-.

Die My Love - Revista Mutaciones 2

Al igual que en otras cintas de Ramsay Tenemos que hablar de Kevin es el ejemplo más convincente-, donde el pasado es fundamental para contextualizar el presente, Die My Love recurre a flashbacks -esencialmente de una Grace embarazada interactuando con otras personas de la comunidad- para complementar la narración. Después del nacimiento del niño, de manera sutil e imperceptible, su ambiente se vuelve gradualmente más opresivo. Por esta razón, Grace se siente incomprendida e inútil tras culminar una función reproductora casi forzosa y atrapada en un mundo terrenal que no (la) reconoce. Por consiguiente, si Grace no es capaz de responder racionalmente a los estímulos que la rodean porque está constreñida por el imperativo social, no le queda otra alternativa que hacerlo apoyándose en las antípodas de lo normativo. De ahí que aflore en ella un instinto primario, una constante a lo largo de la película que cristaliza por medio de diversas metáforas: el elemento sonoro proveniente del canto de los pájaros, del ladrido del perro, del ruido molesto de una mosca, etc.; las frecuentes incursiones al parque forestal, a salvo del juicio de familiares o vecinos, para contactar con lo telúrico; las pulsiones sexuales -los preservativos- y violentas -el cuchillo- que se enlazan con los impulsos más primitivos del ser humano; y, además, los conceptos del animal herido -palia su dolor emocional autolesionándose-, enjaulado y, en consecuencia, que anhela ser libre -el caballo salvaje-. A causa del yugo al que está sometida, Die My Love es una huida incesante de Grace hacia otros lugares de fantasía, en los confines de la imaginación. En este aspecto, en el transcurso del film acontecen situaciones que avalan esta teoría: Grace le lee un cuento a su hijo en el que un ave sale volando lejos, al amparo del jardín surge un debate sobre las estrellas o, en otro instante, Grace arroja la leche materna sobre un papel y la mezcla con tinta negra para dibujar -y soñar con- una especie de Vía Láctea.

Todos estos delirios, necesarios para no sucumbir, ayudan a Grace a combatir una estructura patriarcal muy marcada: ostensible en algunos comentarios de Jackson, en convenciones -la asunción de las tareas domésticas por parte de la mujer-, en distintas pautas de comportamiento -la manipulación psicológica, la anulación del deseo, el victimismo, etc.- o en unas cuantas representaciones regladas de la masculinidad -la ingesta de alcohol (cerveza), un partido de baloncesto por la televisión, el sombrero de cowboy o la pickup, entre tantos-. Dada esta atmósfera opresiva, no es de extrañar que Grace perciba la amenaza externa -un suegro demente o el misterioso motorista que merodea por la finca- como una oportunidad para relacionarse en idéntica posición -o escapar, según se mire- y no como un peligro. En el primero -un breve, pero soberbio Nick Nolte– advierte un reflejo de su Yo, un individuo al borde la locura; el segundo -encarnado por Lakeith Stanfield– le genera una atracción que se le niega desde la alteridad -su esposo-. Con independencia de otras causas, esto se debe a que Grace no encuentra consuelo en Jackson como sí le sucedía a Mabel Longhetti con Nick en Una mujer bajo la influencia (1974). En el magnum opus de John Cassavetes, el ritmo frenético de New York y el estrés que respiraba la ciudad contribuían a la neurosis de Mabel. En contraposición, en Die My Love son el aislamiento y la soledad del campo las que favorecen que Grace abrace la inestabilidad -no en vano, al comienzo de la película Jackson menciona “no es como Nueva York, pero es nuestro”-.

Die My Love - Revista Mutaciones 3

Las referencias a Mother! (2017) son irrefutables: no solo porque Jennifer Lawrence participe en las dos, sino porque tanto la obra de Aronofsky como la de Ramsay concentran la acción básicamente en un escenario -una hacienda rural- y describen el bloqueo creativo como germen de una identidad fragmentada -Grace “está escribiendo” la “gran novela americana”-. Puede que la película haya sido concebida como un vehículo de lucimiento para su intérprete y productora -Jennifer Lawrence-, pero no es menos cierto que acredita sus dotes como actriz transmitiendo picos de enorme intensidad con una sencillez apabullante en el retrato de una mujer a las puertas del abismo. No era fácil habida cuenta que logra sortear la fina línea que separa el histrionismo de la contención. Por último, la cinta termina del único modo posible: con la llamada de la naturaleza, con la catarsis absoluta mediante el fuego purificador y creador -aunque también destructor-. Es bajo el cobijo de los árboles, en un reino místico y sagrado regido por un Dios que no juzga, sin la existencia de códigos de conducta, donde, por fin, Grace se libera de las ataduras que la constriñen -y, de paso, completa las páginas de su libro inacabado-.

Con todo esto, quizás Die My Love no tenga el mismo calado ni hondura que otras películas de la directora, ni obras que, anteriormente, ya han abordado temáticas similares con más puntería, como Salve María (2024), Baby Ruby (2022) o Tully (2018). A pesar de sus muchas virtudes, la criatura de Ramsay es una propuesta extraña y visceral con la que, sin embargo, no se llega a conectar del todo ni a empatizar con el sufrimiento de su protagonista.


Die My Love (Estados Unidos, 2025)

Dirección: Lynne Ramsay / Guión: Lynne Ramsay, Enda Walsh, Alice Birch / Producción: Lauren Boyle, Efe Cakarel, Andrea Calderwood, Justine Ciarrocchi, Chris Donnelly, Bruce Franklin, Ariana Harwicz, John Kerr, Jennifer Lawrence, Thad Luckinbill, Trent Luckinbill, Jamin O’Brien, Robert Pattinson, Libby Petcoff, Jason Ropell, Martin Scorsese, Molly Smith, Rachel Smith, Lisa Walsh, Rick Yorn / Fotografía: Seamus McGarvey / Montaje: Toni Froschhammer / Interpretación: Jennifer Lawrence, Robert Pattinson, Lakeith Stanfield, Sissy Spacek, Nick Nolte, Sarah Lind, Victor Zinck Jr., Phillip Lewitski

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