AMARGA NAVIDAD
La escritura como forma de vida

En su etapa más reciente, desde el estreno de Julieta (2016), Almodóvar ha reservado para sus últimas escenas ciertos gestos que resignifican las imágenes mostradas con anterioridad. Quizás el ejemplo más evidente sea el travelling que en la conclusión de Dolor y gloria (2019) desvelaba al equipo de rodaje alrededor de los personajes de la madre y el niño, uniendo automáticamente las dos líneas temporales a través del acto de creación. Un movimiento simétrico, esta vez de apertura, acompaña los créditos iniciales de Amarga Navidad (2026). Conforme se aleja la cámara, el plano detalle de unos puntos sobre un fondo blanco se va transformando en un encuadre general de una réplica de la obra Studio window (2024) del artista Asher Liftin. El rótulo “Un film de Almodóvar” ocupa la pantalla mientras se descubre poco a poco esta ventana pintada que cuelga sobre una pared de hormigón. Desde ese momento inicial, Almodóvar evidencia sin desvíos el centro sobre el que gravitará la película. La ficción, el artificio, el cine como ventana al mundo -a uno profundamente íntimo-, quedan contenidos en un primer trazo visual que se expandirá en el resto del metraje.
Se da forma así a una película construida como un espejo de sí misma y de sus personajes, que son todos reflejos unos de otros y conforman al mismo tiempo un autorretrato fraccionado del propio cineasta. La primera trama, que sucede en 2004, muestra a Elsa (Bárbara Lennie), una directora que lleva tiempo sin afrontar un largometraje de ficción y que comienza su proceso de escritura inspirándose en los duelos de sus amigas Patricia (Victoria Luengo) y Natalia (Milena Smit). En un primer pliegue sobre sí misma la película viaja al 2026, al estudio de Raúl (Leonardo Sbaraglia) -segundo alter ego, esta vez masculino, de Almodóvar-, quien escribe la historia de Elsa tomando a su vez como modelo a su secretaria Mónica (Aitana Sánchez Gijón). Se desencadena un juego de desdoblamientos recíprocos en el que el cineasta se pregunta por los límites de la ficción y la posición y responsabilidad del autor con aquello que retrata.

El cine de Almodóvar ha ido acercándose de forma natural a lo literario en esta etapa, tanto en términos de adaptación -prácticamente todas sus películas desde La piel que habito (2011) están basadas en libros y relatos, ya sean de otros autores o del propio Almodóvar, como es el caso de Amarga Navidad– como por la importancia que ocupa el diálogo en ellas. Los personajes prácticamente se relacionan entre sí y con el espacio fílmico a través de la palabra, logrando que el tono de cada película se aproxime más y más a lo novelesco. No obstante, lo cinematográfico continúa emanando desde la precisión de los encuadres, el juego de foco, los movimientos de cámara y el montaje. Además, en Amarga Navidad, quizás más que ninguna otra película de su filmografía, Almodóvar se sirve de las obras de arte que pueblan la escenografía como herramientas narrativas. Al cuadro de Liftin se suman entre otros las pinturas surrealistas de Inka Essenhigh, la obra abstracta de Miguel Ángel Campano o los bodegones de Juan Ricardo Palau Alonso que comparten plano con cestos de frutas reales. La representación aparece en todo momento indisociable de lo cotidiano en un nuevo ejercicio de autoficción, esta vez más visceral y confesional, en el que la escritura se retrata no como impulso creativo sino como extraña forma de vida. No solo se suceden varios planos que enfocan la pantalla del ordenador, tanto de Elsa como de Raúl, sino que es la propia escritura la que invade constantemente el encuadre, reproduciendo diálogos, anticipando pensamientos de los personajes o señalando acotaciones escénicas. El cursor sobre el documento en blanco reaparece una y otra vez hasta que se convierte en una línea parpadeante que divide la pantalla por completo, aguardando, marcando el tiempo que pasa.
Esa obsesión por la creación, el rodaje y el cine obedece a una lógica íntima que aquí cristaliza en forma de homenaje al entorno del cineasta y a su propio universo. Las madres, los hospitales, la enfermedad, el melodrama o la muerte se suceden en un abanico referencial y temático que no hace otra cosa que comprender el mundo ficcional de Almodóvar como un todo que se explora a sí mismo una y otra vez. Ejemplo de ello es justamente una operación fantasmal, muy almodovariana por otro lado, en la que Amaia se apropia de la voz de Chavela Vargas para cantar Las simples cosas frente a los personajes de Elsa y Beau. El cine aparece finalmente retratado como el eterno acto de volver sobre uno mismo, encapsulando en el diálogo en el parque entre Raúl y Mónica las obsesiones que sobrevuelan la película y cuestionando a su vez todo lo anterior: “Lo peor no es que nos vampirices, sino que ni siquiera es un buen guion”, le dice ella. Una vida que se sostiene únicamente en el gesto de escribir, un acto de confesión que lejos de aprovecharse de su entorno despliega con honestidad las dudas y miedos sobre la legitimidad de las imágenes y los relatos, las licencias creativas o la calidad de las obras en última instancia. Ese primer plano de la ventana imposible volverá a reflejarse en el último, revelando, en esa urgencia de la escritura que cierra el metraje, que cualquier película de Almodóvar no es un compartimento cerrado, sino una historia que vuelve a comenzar.
Amarga Navidad (España, 2026)
Dirección: Pedro Almodóvar / Guion: Pedro Almodóvar / Dirección de fotografía: Pau Esteve Birba / Montaje: Teresa Font / Producción: El Deseo, Movistar + / Música: Alberto Iglesias / Dirección de arte: Isabel Peinado / Reparto: Bárbara Lennie, Victoria Luengo, Patrick Criado, Milena Smit, Aitana Sánchez-Gijón, Leonardo Sbaraglia, Quim Gutiérrez
