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UNA HIJA EN TOKIO

La paternidad desde el retrovisor

Los créditos iniciales ya anuncian de qué va esto: un coche en marcha, la cámara clavada en el retrovisor y, fuera de él, todo lo que el conductor debería estar mirando de frente, desenfocado. No es un adorno, es el principio formal de la película. Lo importante no está delante, sino detrás, fuera del alcance. A partir de esa primera imagen seguimos a Jérôme Da Costa (Romain Duris) —o Jay-san, como lo llaman en Japón—, un francés que vive en Tokio y lleva nueve años aferrado a la posibilidad de volver a ver a su hija. Nueve años mirando hacia atrás.

Una hija en Tokio Revista Mutaciones

El director Guillaume Senez vuelve a un territorio que ya le es familiar. En Nuestras pequeñas batallas (2018) la paternidad se jugaba en lo íntimo; aquí la desplaza a un terreno más hostil, donde lo afectivo también depende de lo legal. Repite con Duris y vuelve a confiar en su capacidad actoral para llevar el peso de la película a través de Jérôme, el personaje más complejo y multidimensional del guion.

El contexto no es decorativo. Durante años, la legislación japonesa ha permitido que uno de los padres desaparezca de la vida del menor tras una separación. La película se construye sobre la ausencia de su hija Lily, quien vive con su madre. Se estrena, además, en un momento oportuno, pues este abril entra en vigor una reforma del Código Civil japonés que permitirá, por fin, la custodia compartida entre progenitores separados. La película muestra ese vacío en lo cotidiano: no ver, no tocar, no intervenir.

El pasado de Jérôme tampoco se explica. No sabemos qué llevó a la ruptura ni qué papel jugó él en ella. La cinta evita ese ajuste de cuentas y no intenta justificarlo. Ahora es un deprimido taxista en Tokio encerrado en trayectos que le permiten subsistir y no dejar de buscarla. Esa búsqueda termina por concretarse en una coincidencia poco sutil que le permite acercarse a ella desde un lugar periférico: el del chófer que la recoge.

Ese encierro no es solo narrativo, también está en la forma. Senez filma casi siempre en planos cerrados, como si el espacio no diera más de sí. Caras, interiores, ventanas, reflejos. Tokio aparece como una acumulación de edificios altos, luces que saturan, capas que se superponen. Una isla que no se siente como borde, sino como límite. Todo empuja hacia adentro; solo el mar abre el plano.

Una hija en Tokio Revista Mutaciones

El entorno japonés aparece filtrado desde esa misma distancia. Hay choques culturales, a veces tratados con una curiosidad que roza lo turístico: franceses hablando japonés, japoneses respondiendo en francés, códigos de conducta que para un espectador europeo resultan tan rígidos como, en ocasiones, funcionales al relato. No es solo una cuestión legal, también cultural. De ahí surgen pequeños momentos de comedia, sin que la película dependa de ellos. Por ejemplo, el protagonista tiene clarísimo que no puede hacer ruido ni escándalos en público. En contraste, una amiga francesa en una situación similar opta por el estallido. Esa línea secundaria, algo desdibujada, apunta a un melodrama que la película hace bien en no terminar de abrazar.

Estrenada en España como Una hija en Tokio —más explícita e imprecisa que su título original Une part manquante (Una pieza faltante)—, la película se apoya en los registros de Duris, que pasa de la contención al desborde. Lo vemos reír, quebrarse, contener la rabia, improvisar afectos en un idioma que no es el suyo y, aun así, moverse con fluidez.

La relación con su hija se construye en ese espacio compartido: nadar, sumergirse y mirar el mar, ese mismo límite que encierra la ciudad, pero que también apunta hacia otra patria lejana. Jérôme cuelga en el retrovisor un pulpo de peluche y ella responde con historias sobre anguilas. Es ahí donde la película suspende su lógica, frente a un horizonte que también lo separa de su país y de su familia. Fuera de esos momentos, todo vuelve a lo mismo: puede verla, pero no formar parte de su vida.

Es una película bien sostenida, que no arriesga mucho ni recurre a puntos de giro que la empujarían hacia el desgarro y el alivio fácil. De hecho, es un acierto de Senez evitar la fórmula del melodrama sencillo y centrarse en la distancia de las relaciones. No cae en sentimentalismos sobre la paternidad y, en ese sentido, el resultado es coherente con su forma, aunque rara vez incomoda lo suficiente.


Una hija en Tokio ( Une part manquante, Francia, 2025)

Dirección: Guillaume Senez / Guion: Guillaume Senez y Jean Denizot / Dirección de fotografía: Elin Kirschfink / Montaje: Julie Brenta / Producción: Jacques-Henri Bronckart y David Thion / Música: Olivier Marguerit / Reparto: Romain Duris, Judith Chemla, Mei Cirne-Masuki, Tsuyu Shimizu y Shungiku Uchida

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