MAIGRET Y LA MUERTE DEL EMBAJADOR
Pascal Bonitzer se «di-vierte» con su Maigret.
No hay muchos escritores que digan, para indicar que se han apartado del discurso que estaban haciendo: «Me he divertido mucho», ni por lo tanto que den a ese verbo «divertirse» el sentido de apartarse. Y hubo que leer a Pascal, hace ya algún tiempo, para que rompiese la misma palabra francesa «divertir» en «di-vertir», enfatizando el significado de apartamiento, y en aquel caso a propósito de la condición humana, de la que ni el más poderoso embajador podría apartarse de considerar. Es por esto muy curioso que se mencionen los Pensées de Pascal en la más reciente obra de otro Pascal, de apellido Bonitzer, quien ha adaptado una de aquellas novelitas de Simenon, a las cuales no por intrascendentes, y sí por breves, se les adscribe el diminutivo. Porque, aunque parece una curiosa coincidencia léxica, Maigret y la muerte del embajador (2026) parece di-vertirse divirtiéndose con el afamado comisario.

Un escritor es un hombre como los demás, no es más interesante o más peculiar que cualquier otro. No obstante, a veces sucede que con el tiempo el cine viene a confirmar lo que se exponía en la literatura, no sin antes haber tomado caminos del todo enrevesados. Porque entre las hojas de Maigret y los ancianos había ya una cosa muy curiosa: esto es, se desmarcaba de la clásica construcción de la intriga sobre el seguimiento de nuevas pesquisas, para priorizar el retrato psicológico de los personajes, casi siempre en sus ambientes particulares. Pascal Bonitzer, con sobrada experiencia como escritor, sabe muy bien esto y prefiere no desmarcarse demasiado del texto, no vaya a ser que a Georges Simenon le dé un patatús. Así, en una singular paradoja, se explicaría aquello de que el señor Bonitzer se haya divertido mucho con su Maigret. Porque no hace ninguna innovación en cuanto a intenciones, y, sin embargo, las peculiaridades formales lo alejan cada vez más de lo literario. Dado que, aunque novela y película compartan las situaciones y las palabras dichas, que aquí son muchas -a veces incluso con cierta ironía-, el cineasta parece tener entre manos otro caso completamente distinto. No es muy difícil adivinar el modo en el que se plantea cada situación. En efecto, es la cámara la que busca una cierta depuración, con encuadres sencillos y desprovistos de excesos. Parece que incluso existe algo de ritual en todo aquel vaciamiento. Tan bressoniano en suma. Sucede entonces que la narración más convencional es sobrecubierta por una estructura llena de elipsis, agujereada como uno de esos quesos francófonos llenos de ojos, que llevan al comisario de un interrogatorio a otro con apenas alguna pausa para encenderse una pipa.
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Al parecer, un distinguido exembajador, retirado hace algún tiempo, ha sido asesinado en su casa. Lo particular del caso es el hecho de que, incluso antes de su muerte, y durante más de cuarenta años, se carteó con una mujer de la más alta aristocracia, a pesar de que ésta ya estaba casada por cuestiones, precisamente, aristocráticas. Este punto de partida describe una intriga que no supone una curiosidad. Una cosa bien distinta es la suspensión de aquellos recursos típicamente calculados de la tradición detectivesca. Porque, aunque tampoco es novedad, no deja de ser llamativa esa humanización del personaje arquetipo. Un comisario ahora humilde y perdido ante la extrañeza de la situación, en vez de orgulloso y situado por encima de cualquiera. Esa di-versión pascaliana, que en este caso busca una percepción de la realidad más intelectual que emocional.
Escribió el mismo Simenon que, aunque un psiquiatra está en perfectas condiciones para comprender al ser humano, es posible que no lo haga en mejores condiciones que un policía, o incluso que un novelista. Bonitzer quiere añadir la palabra cineasta a esta pequeña lista realizando, pincelada a pincelada, un retrato psicológico de la alta sociedad parisina, con sus manías e hipocresías, demasiado preocupada por el qué dirán. Y lo hace sujetando el pincel con la sutileza que requiere el realismo de corte más clásico, a riesgo de aparentar, en ocasiones, un exceso de contención. Esto se traduce en una exteriorización de las actitudes más profundas, algunas incluso espirituales, de los personajes a través de los espacios que habitan, cuyos objetos y disposiciones dicen mucho de ellos. Indudablemente, más que de interiorismo y diseño. Incluso el propio Maigret llega a decir que todavía no tiene teléfono móvil. Efectivamente, esto tiene sus inconvenientes, pero también sus ventajas. A fin de cuentas, la película retrata una serie de ancianos sacados de otra época, de fuerte olor a tabaco y piel acartonada. Y, como el papel de periódico, puede que tenga una existencia pasajera, pero no deja de ser simpática.
Maigret y la muerte del embajador (Maigret et le mort amoureux, Pascal Bonitzer, 2026)
Dirección: Pascal Bonitzer / Guión: Pascal Bonitzer (Novela: Georges Simenon) / Fotografía: Pierre Milon / Montaje: Monica Coleman /
