THE LAST SHOWGIRL
Una pieza de bisutería

La imagen con grano de los neones identitarios de Las Vegas, junto a los vestuarios despampanantes y lo excesivo del maquillaje de las coristas, se engarza con las secuencias que, como piezas, unen un montaje construido a través del detalle más significativo de cada acción, en contraste con la continuidad de la banda sonora. Así, mediante la sucesión de elementos diversos, pero encadenados, Gia Coppola construye The Last Showgirl ( 2024) como si fuera otra pieza de bisutería como esas con las que visten sus cuerpos y decoran sus rostros sus personajes. La directora reclama este adorno considerado de poca relevancia por su bajo coste, para sacar a flote el verdadero valor de los personajes femeninos y, muy especialmente, el de su protagonista, Shelly Gardner, interpretada por Pamela Anderson.
Podría decirse que la propia Anderson fue tratada en el pasado como bisutería por la industria audiovisual: algo hermoso de admirar, pero de poco valor más allá de su apariencia. Pero en 2024, dos mujeres, Gia Coppola y Kate Gersten, la guionista, reivindican a esta figura mítica, no solo por formar parte de esas imágenes que marcaron el imaginario colectivo, sino también por el valor que, como mujer, y por tanto, como ser humano, ostentan tanto la actriz como el personaje que interpreta, pues ambas fueron consideradas leyendas en otro tiempo. De esta manera, The Last Showgirl forma parte de una tendencia cíclica en el cine en la que generaciones más recientes de cineastas recuperan aquellas figuras que consideran importantes en la constitución de su identidad como autores, para establecer un diálogo entre el arte precedente que admiran y aquel nuevo que quieren crear a partir de ahora. Así lo hizo Billy Wilder con Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses (1950) o más recientemente, Coralie Fargeat con Demi Moore en La sustancia (2024). En los tres casos, las actrices que interpretan el papel protagonista son fundamentales, pues son ellas las que aportan el pasado a las películas con aquello que el público conoce de su historia, tanto pública como privada. Si bien las tres, de maneras muy diferentes, reviven imágenes precedentes, lo hacen con intenciones muy distintas: Wilder, para hacer constar la magnificencia de una forma de arte que desaparece; Fargeat, para apropiarse de ellas y darles un nuevo significado; y Coppola, para atravesarla, ir más allá de ese rostro y ese cuerpo que conocemos, para abrazar y conocer a la mujer que vive, siente y, en definitiva, es esa imagen. Por eso, The Last Showgirl se acerca más a Rigoberta Bandini y a su canción/videoclip que comparte nombre con la diva que a sus hermanas fílmicas, porque ambas se centran en acompañarla, sin utilizarla para representar un tiempo pasado ni subvertir con ella ninguna ideología.

La película aborda también el desequilibrio que las figuras masculinas generan en las sociedades femeninas, y lo hace de manera muy directa, al introducirlo en una de las primeras secuencias, donde las amigas y compañeras de Shelly la acompañan después de que su cita la haya abandonado. La armonía entre estas mujeres que comparten un vínculo distinto al familiar, pero lleno de cariño, se rompe ante la aparición (invitado por la más joven de ellas) de la figura masculina, el regidor que es a su vez jefe de todas, Eddie (Dave Bautista). Aunque intenten, o pretendan, seguir la velada, su irrupción supone la ruptura de la igualdad y de la sororidad, cambiando las dinámicas entre las mujeres. La más explícita en mostrar su incomodidad es Annete (Jamie Lee Curtis), que debido a tener una mayor experiencia, no puede evitar el enfrentamiento directo con Eddie. La película no abandona esta cuestión y la va desarrollando a lo largo de todo su metraje con la evolución de lo que suponen para Shelly los hombres en su vida, pasando de considerarlos siempre necesarios en el backstage al comienzo, a finalmente proyectarse un futuro propio, aunque incierto, independiente de cualquier hombre. Coppola y Kersten trasladan con destreza la complejidad de la relación que la protagonista tiene con el mundo masculino, que la desea y aparentemente la idolatra, pero que, a su vez, no la acompaña: solo quiere poseerla durante un tiempo. La película también se ocupa de las relaciones entre mujeres. A este respecto, directora y guionista se decantan de nuevo por la sororidad en cuanto al conflicto entre la protagonista y su hija que, a pesar de sentirse distanciadas, lo natural para ellas es encontrar la manera de entenderse y quererse.
A pesar de que en este largometraje la visita al pasado tiene un gran peso, no se aborda con nostalgia ni se idolatra. El cuestionamiento que se hace de la percepción del tiempo pretérito como algo mejor se vehicula a través de representaciones precedentes. A Shelly, la pátina del tiempo le impide analizar con claridad el presente. Ella, que en su casa replica la coreografía de Las zapatillas rojas (Michael Powell y Emeric Pressburger, 1948), es incapaz de asumir que aquello que le desagrada o le parece ordinario de los shows con desnudos actuales en realidad son solo una evolución de su espectáculo en el Razzle Dazzle.
Pero no todo lo que parece bisutería lo es. Como el vestido que esconde grandes lujos haciéndolos pasar por meros adornos de Luz que agoniza (George Cukor, , 1944), The Last Showgirl tiene una apariencia, e incluso, un espíritu indie, pero con una factura del más alto nivel. Además de contar con Pamela Anderson, los otros dos papeles en los que recae gran parte de la fuerza narrativa los interpretan Jamie Lee Curtis y Dave Bautista. Incluso la música, donde destaca la canción original compuesta para el film por Miley Cyrus y Andew Wyatt, Beautiful That Way, demuestra cómo Gia Coppola cuenta con los artistas más reconocidos para la creación de este largometraje. En todo caso, la cineasta gestiona con inteligencia la presencia del star-system, tanto actual como el del pasado, para que juegue a favor de esta película en la que se evidencia la contradicción del cine, que es capaz de convertir en eternas a las estrellas, a la vez que, en ocasiones, condena a la fugacidad a los actores, y sobre todo a las actrices, que los interpretan.
The Last Showgirl (Estados Unidos, 2024)
Directora: Gia Coppola / Guion: Kate Gersten / Reparto: Pamela Anderson, Jamie Lee Curtis, Dave Bautista, Brenda Song, Kiernan Shipka, Billie Lourd, Jason Schwartzman / Directora de fotografía: Autumn Durald Arkapaw / Montaje: Blair McClendon y Cam McLauchlin / Música de: Andrew Wyatt / Diseño de vestuario: Jacqueline Getty / Producción: Robert Schwartzman, Natalie Farrey y Gia Coppola
