DestacadoMálaga 2022

FESTIVAL DE MÁLAGA 2022

Urgencia social desde Latinoamérica

La vigésimo quinta edición del Festival de Málaga ha ofrecido un variado mural temático y acerca de heterogéneos conflictos de nuestra contemporaneidad. El palmarés muestra el reconocimiento al atrevimiento, la honestidad y las nuevas o jóvenes voces de cineastas repartidos por toda Latinoamérica y el territorio español. Un abanico de géneros, tratamientos estilísticos y diseños de personajes han compuesto historias acerca de la familia, la maternidad, la identidad sexual, la redención o la confrontación entre el pasado y la tradición con el presente y la actualidad.

Si bien es previsible un variado tour narrativo en esta clase de festival, cabe destacar la ¿casualidad? de que algunas obras hayan incidido, de una forma u otra, sobre la expresión de la violencia, traducida en crímenes. Pero, además, esto se ha presentado con una profunda observación sobre los entornos marginales. De este modo, películas procedentes de países muy distintos y distanciados entre sí (al menos, espacialmente) han marcado un énfasis sobre los conflictos intra-pandilleros y las autoridades oficiales. Los cineastas han ubicado los puntos de vista sobre individuos marginales, o bien entre aquellos individuos que simplemente no cuentan con autoridad y acaban topándose con la mano dura de quienes sí la ostentan. A través de sus ojos, se produce un acercamiento al estilo de vida de la clase baja latinoamericana, influenciada por un entorno ciertamente precario o corrupto a manos de la policía o el ejército militar. Presumiblemente, esta es una de las grandes preocupaciones contemporáneas que azotan a varios países del continente americano.

Festival Malaga 2022. Revista Mutaciones.

La sección oficial presentó a la brasileña A Mae de Cristiano Burlan, una de las primeras películas en abrir la lata con evidentes intenciones por denunciar la autoridad establecida. No es de extrañar la aparición de las ‘Maes de Maio’ (Madres de Mayo), movimiento brasileño que reivindica la lucha de las madres que han perdido a sus hijos a consecuencia de la violencia que ejerce el Estado. Para ello, Burlan reserva en su ficción un coqueteo documental que homenajea esta lucha simbólica. La ansiosa búsqueda de respuestas por parte de María será frenada por las miradas frías, apenadas y traumadas del vecindario que la rodea, rechazando cualquier opción de ayudarla por el riesgo de atraer la indeseada atención policial. La única justicia proviene de la ley de la calle. “Una madre no puede permitirse tener miedo en el lugar en que viven”, afirma uno de sus personajes, lapidando así el contexto que recoge y asfixia a los personajes. Asimismo, Burlan deja espacio a la mirada joven del barrio, resguardada entre los ritmos improvisados del rap como forma de lucha contra una sociedad que no los comprende. El diseño de sonido recoge un entorno de detalles que arrincona a sus personajes en una intimidad seca y acompañada de un dolor que no pueden permitirse, pero al que dan voz a través del rap o el estruendo de un disparo. 

A MAE. Revista Mutaciones.

Habiendo saltado unos cuantos años atrás, Imanol Uribe presentó su última película, Llegaron de noche. La acción transcurre en plena guerra civil salvadoreña y acerca de un suceso real. Una madrugada, seis sacerdotes jesuitas que defendían la Teología de la Liberación (praxis cristiana que lucha contra la pobreza y en pro de la liberación integral del hombre), fueron asesinados a manos del ejército y bajo la atestiguadora mirada de una humilde trabajadora de limpieza, Lucía Barrera. Con este punto de partida, Uribe reconstruye la inestabilidad política que invadió al Salvador en la década de los 80, sirviéndose de uno de los míseros derramamientos de sangre bajo el poder de una fuerza opresiva. Bien es cierto que el potencial del conflicto dramático se encuentra desencajado a consecuencia de una descafeinada estructura que salta entre el pasado: las relaciones de Lucía con las víctimas o la propia noche del crimen; y el presente: el desarrollo de las intimidantes sesiones policiales que ansían exculpar a los militares asesinos. La verdad deseada frente a la real. Alrededor, los personajes evolucionan de forma impostada a causa de una acentuación de sus roles, cuyas acciones abren caminos cada vez más dispersos, adormeciendo el potencial emocional de este trágico hecho. No obstante, el film denota otro ejemplo de la tiranía de un Estado que construye su propia verdad sobre el pesar de las vidas civiles, quienes no pueden olvidar lo que sus ojos han visto.

Llegaron de noche. Revista Mutaciones.

Otra película que continúa esta tendencia es Cadejo Blando de Justin Lerner. El cineasta de origen estadounidense dirige su atención hacia la ciudad costera de Puerto Barrios, allá donde el crimen está a la orden del día y los cuerpos sin vidas son comunes entre sus calles. Sarita, una joven que busca a su hermana desaparecida se infiltra en una banda criminal con la esperanza de encontrar respuestas. Este es el motor de una historia que se adentrará en los rincones más oscuros de un convincente drama criminal, y que contiene secuencias ciertamente memorables, tanto por su ejecución técnica como por el manejo de la tensión por lograr la supervivencia. La composición de los planos, junto a un montaje que exprime el dramatismo de sus localizaciones, sirve a Lerner para radiografiar el funcionamiento interno de las pandillas: mujeres trabajando en el laboratorio de cocaína, niños cobrando trapicheos, una red de soplones y sicarios. Si bien la autoridad policial no es directamente criticada, su ausencia marca el recelo hacia su efectividad en la defensa civil, cuestionando los límites de la justicia, aquel concepto ético y moral en continua transformación. De esta forma, la película deposita la fuerza de su narración sobre la estructura social de las pandillas criminales y la espiral de violencia que atraen, y como reflejo de una estructura social que normaliza los cuerpos sin vida en las calles de Puerto Barrios.

Cadejo Blanco. Revista Mutaciones.

En Libre de Natural Arpajou, Maxi regresa a su villa de Buenos Aires y tras ocho años encarcelado. Decidido a cambiar de vida y dejar de lado las malas acciones que lo han mantenido encerrado hasta ahora, se encuentra con dificultades para obtener la confianza de quienes le dan más oportunidades. La descripción de las calles pobres de la villa es representada a través del ojo tembloroso de la cámara en mano, generando inestabilidad entre la claustrofobia de los estrechos pasillos o calles, con un resultado tan buscado como malogrado. La imprecisión visual desprovee a Maxi de una conexión dramática hasta quedar un tanto plano y anodino. La policía que ronda las calles se presenta como figuras caprichosas que decanta el frustrante final con el que el protagonista no crece. Nuevamente, un intento de denuncia sobre la falta de oportunidades y el conflicto social de las villas argentinas.

Libre. Revista Mutaciones.

En la discreta sección Zonacine, también pudo observarse esta tendencia temática. Véase Mostro de José Pablo Escamilla, la cual presenta la relación entre dos jóvenes, Álex y Lucas, quebrada por la desaparición del la primera. De esta manera, la búsqueda de respuestas de Lucas guía la narrativa psicodélica de una propuesta poco legible. Impera un hermetismo técnico con fines rompedores que genera un desconcertante resultado, bañado en los efectos de las drogas, y como único fin de un joven desesperado por encontrar sentido a su propia existencia. Mientras tanto, la presencia policial, activa en la corrupción pero pasiva en la ejecución de la justicia, complementa el vacío vital del protagonista, cuya vida parece reducirse al trabajo mecánico en un almacén, las conversaciones sin rumbo con Álex y las drogas como única vía de escape. Probablemente, las fugaces bazas del film se concentran sobre los experimentales fragmentos de montaje que expresan un estado de irrealidad. La pantalla queda bañada de formas sin fin, tan solo imágenes que se fusionan y desaparecen. Hasta volver a la realidad. 

Mostro. Revista Mutaciones.

Con todo, esta edición del Festival de Málaga ha compartido la urgencia social alrededor de las problemáticas entre las clases bajas latinoamericanas. El contraste entre la inestabilidad o precariedad económica de estos grupos sociales (a veces, representados como pandilleros) y la solvencia despreocupada de las élites armadas (incluso, de sus dirigentes) enfatizan las preocupaciones de varios países americanos que anhelan el cambio, pero se autoperciben ciertamente impotentes para lograrlo. Prueba de esto son las resoluciones agrias o agridulces (en el mejor de los casos) que evidencian el riesgo por enfrentar la tiranía del Estado. Una vez más, el cine se reivindica como medio cultural con un enorme potencial de reclamo social y político. 


 

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