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PRIME CRIME: A TRUE STORY

Lo están golpeando todo el tiempo

La carrera de Gus Van Sant es irregular y ha pasado por distintas etapas, de las cuales Prime Crime: A True Story (2025) podría relacionarse con varias. Por un lado, están sus películas de la primera década de los 2000, donde el cineasta aspiraba a tratar las distintas formas de convivencia en la sociedad estadounidense entre sus individuos y las situaciones de violencia en que se pueden ver y se ven involucrados. Por otro, una última, que va desde el final de la década de 2010, con No te preocupes, no llegarás lejos a pie (2018), hasta ahora, caracterizada por la escasa actividad retomada de cuando en cuando con episodios para series de televisión. La primera de ambas es posiblemente el periodo por el que más se reconoce a Van Sant y, dejando a un lado las distintas y pertinentes críticas a su forma de enfrentarse a asuntos delicados, no cabe duda de que en esas películas el director buscaba formas, muchas veces no propias, pero para nada automáticas o irreflexivas, para lidiar con dichos temas.

Ahora, con Prime Crime: A True Story, su cine vuelve a encaminarse hacia un terreno semejante: la película reconstruye unos hechos ocurridos en 1977, cuando Tony Kiritsis (Bill Skarsgård) tomó como rehén al ejecutivo (Dacre Montgomery) de una empresa de préstamos e hipotecas. El ejecutivo era hijo del dueño de la empresa y Kiritsis actuaba acusándolos de ahuyentar a todos los posibles clientes que había conseguido para un centro comercial que quería montar y para lo que les había pedido un préstamo, quedando él arruinado económica y vitalmente. La cinta sigue los acontecimientos durante la captura y las 63 horas posteriores que Kiritisis y el personaje de Montgomery comparten a medida que se desarrolla el acontecimiento.

Prime Crime: A True Story Revista Mutaciones

El principal problema de la película es entonces que, conociendo la habilidad como cineasta de Van Sant para buscar formas originales de resolver y tratar sus conflictos, aquí no se haya valido realmente de ella. Su cine, ocasionalmente disperso e interesado por multitud de espacios, por tratar de forma emotiva escenas de tono pesado y duro, se abría con Restless (2011) a estudiar relaciones en exteriores sin perder el detalle en los gestos y expresiones que hacían crecer su dimensión dramática hasta hacer especiales a sus personajes. Esto, aunque de forma más imprecisa, se había elevado a la máxima potencia con los juegos narrativos de El bosque de los sueños (2015), una película imposible sólo sostenida por el buen gusto y el carácter serio que Van Sant lograba imponer ante sus imágenes y relato. Ahora cuando vuelve a encerrarse en un cuarto poco iluminado le cuesta contenerse (tampoco conviene olvidar aquí el contexto industrial en que se gesta esta película) y dar esa hendidura a sus personajes, que pueden entonces quedar y quedan tratados como clichés. No es que Elephant (2003) estuviese falta de “suspense” (de ahí surge gran parte de la posible crítica a su tratamiento de la violencia), o que no se pueda reconocer en Paranoid Park (2007) una aproximación tonal en que el director lo rechaza activamente desde su conocimiento. Lo que sucede es que la actitud detrás del realizador de Prime Crime: A True Story es, si no inexistente, difícilmente reconocible y plegada a las convenciones de la industria cinematográfica norteamericana.

En Prime Crime: A True Story cobran cierto protagonismo los medios de comunicación que rodean al protagonista en su día a día: la radio y la televisión, cada uno con su enfoque particular dentro de los códigos de la película. El de la radio tiene dos vertientes, pues por un lado se tiene a la figura de Fred Temple (Colman Domingo), un DJ de la ciudad a quien Kiritsis admira y a quien llega a utilizar como contacto con la policía durante sus negociaciones, y por otro lado las propias grabaciones de programas que se montan en la película y que hacen avanzar su trama. En cuanto a la televisión, que diegéticamente cubre todos los sucesos y cuyas retransmisiones los propios personajes ven desde el apartamento en que se encierran, también se usa con el fin de situar en una época determinada y diferente del presente toda la narración, ocupando un papel central en el cierre de la película. Buscando dar mayor valor (o, al menos, de caracterizar más marcadamente) a estos medios, se utilizan distintas texturas y eventualmente el relato se desvía y sigue a los personajes responsables de ellos. El juego con estos elementos da algunas de las puestas en escena más interesante de la película, como el ya mencionado final con la televisión (que gana enteros cuando, a modo de epílogo, se añade a la película metraje de archivo real de lo que esta reconstruye), o algunos momentos al comienzo en que la radio sirve para articular una pequeña “sinfonía urbana” apuntando a lo que, en el mejor de los casos, se logra en La niebla (John Carpenter, 1980) o American graffiti (George Lucas, 1973). Desafortunadamente, a medida que avanza la cinta y muchos de sus planteamientos van perdiendo fuelle, todas estas posibilidades que la radio y la televisión ofrecen van cayendo y terminan sirviendo como combustible para acelerados montajes en que mezclar más y más recursos sin atender a ninguno de ellos, para los que las imágenes de estilo televisivo y música de radio sirven a una construcción cercana a la de un videoclip para conseguir resultados más atractivos o vistosos.

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Si se buscan los rasgos conocidos del director en la película de cara a intentar analizarla con la mayor amplitud posible no se encuentra más que, en ocasiones, una pequeña voluntad de detenimiento: detenimiento sobre las manos del personaje del ejecutivo capturado durante sus oraciones, detenimiento sobre los gestos de sus protagonistas o del personaje del locutor de radio… Pero, aunque a veces se quede cerca de lograr, con esas imágenes, decir algo de valor propio, cerca de hacer un cine dirigido precisamente a esos gestos, todos ellos terminan desembocando a esa suerte de construcción de adrenalina anteriormente apuntada, inefectiva a la hora de tratar o retratar nada. Montajes innecesariamente frenéticos, interpretaciones ridículamente intensas, incontinencia verbal… Estas formas, contagiosas, dañinas, legado de Thelma Schoonmaker, suprimen el interés posible (que llegado un momento deja siquiera de serlo en potencia) de sus imágenes e intriga en pos de una especie de “interés mayor” que, al no estar dirigido hacia nada, se revela como una coartada para entregar una obra que se sirve de la baraja más fácil de recursos para conseguir, en apariencia, terminar una película, sin demostrar ninguna fuerza. Así, renunciando al vigor posible en las imágenes, se da el caso de Prime Crime: A True Story, donde se imponen finalmente formas de expresión convencionalmente consumistas y que, si bien pueden hacer que una película sirva para “pasar el rato”, arrasan con sus virtudes.

Es interesante plantear la comparativa entre esta película y Amarga navidad (2026), la última película de Pedro Almodóvar que, si bien en distintos aspectos que requerirían de un mayor desarrollo (ambiciones, tratamientos de personajes, etc.) puede generar diversidad de opiniones o resultar decepcionante, se sostiene a base de un buen gusto y capacidad de atención, de pausa, mediante la que se revela la presencia de un cineasta con interés (sea el que sea) en sus personajes. Esto se traduce (sobre todo en ese segmento durante el viaje de Tenerife de la mujer que interpreta Bárbara Lennie) en una fijación efectiva por sus maneras, palabras… Prime Crime: A True Story rara vez sino nunca puede verse así y, aunque pienso que sí que ese frenesí o tensión hacia los que trabaja pueden alcanzar al espectador, es difícil pensar acerca de ella, de su materia concreta, sin tener que hacerlo aludiendo a generalidades. La cinta de Almodóvar puede acoger multitud de errores, pero no por eso deja de ser una película que sucede constantemente durante su proyección y, por tanto, siempre es susceptible de tener chispazos de emoción o genio, a los que se mantiene abierta precisamente por las formas de hacer de su autor. En cambio, la estadounidense, con sus formas aceleradas y buena factura técnica, parece mantenerse impermeable a las afinidades de Van Sant, a sus pensamientos e incluso a sus habilidades para resolver con originalidad escenas tensas y complejas, dando como resultado una película en la que cuesta pensar qué atrajo a su director al proyecto y qué habrá intentado dejar de sí en él.


Prime Crime: A True Story (Dead man’s wire , Estados Unidos, 2025)

Dirección: Gus van Sant / Guión: Austin Kolodney / Fotografía: Arnaud Potier / Montaje:  Saar Klein / Producción: Cassian Elwes, Joel David Moore, Tom Culliver, Sam Pressman, Mark Amin, Remi Alfallah, Noor Alfallah, Andrea Bucko, Matt Murphie, Paula Paizes / Música: Danny Elfman / Reparto: Bill Skarsgård, Dacre Montgomery, Cary Elwes, Myha’la Herrold, Colman Domingo, Al Pacino / Duración: 105 min

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