LA PLAGA
¿Qué existe y qué no?
A menudo, para saber si algo es verídico preguntamos: ¿existe de verdad? A pesar de lo inexacto de la pregunta, continuamos nuestra vida con soltura, porque lo cierto es que normalmente esto es suficiente para entendernos y recibimos de nuestro interlocutor (o de nosotros mismos) la respuesta que deseamos. Sin embargo, esto no es obstáculo para que en La plaga (The Plague, 2025) exista, con mayor inmediatez y rotundidad que cualquier otra cosa, esa misteriosa enfermedad contagiosa, conscientemente inventada. El primer largometraje de Charlie Polinger se ubica en ese indeterminado lugar en el que las cosas imaginadas y conscientemente fantásticas pueden ser más reales que todo lo mesurable (incluso que una madre). Por eso, sus protagonistas son unos chicos que están abandonando la infancia, pero que todavía no son lo suficientemente maduros para creer que solo existe lo que puede probarse o explicarse. Para ellos, la fatídica plaga que cada año infecta y margina a uno de los niños participantes del curso intensivo de natación no es una creencia compartida, seguida a pies puntillas, sino más bien es una jerarquía aceptada, conforme a la que todos aceptan comportarse como si creyeran en ella, haciendo que así, exista. Por eso, la erupción en la piel del niño marginado por el resto del grupo es una representación tan simbólica como evidente de la compleja relación entre lo que existe y lo real que se aborda en esta película.
La música y los colores, que remiten a una violencia latente, física, húmeda y grotesca de esta pequeña sociedad, también juegan a favor de una interpretación sencilla: todo coincide, desde las interpretaciones a las escenas seleccionadas, pasando por los momentos de body horror (suaves), los códigos del terror, plantean un retrato uniforme y homogéneo de lo que se está contando, tal y como lo hemos visto otras veces. Sin embargo, Polinger también alcanza a generar una pulsión, con la secuencia en la que invierte la imagen de las nadadoras sincronizadas. Lo atractivo de estas imágenes per se, por el hecho de ser novedosas y enigmáticas, tiene también una conexión profunda con la trama y el tema de la película. Aquello que ocurre bajo el agua puede entenderse como ese funcionamiento secreto de la sociedad de estos niños: uno tiene que ser marginado para unificar el grupo. Por fuera, esto se configura como un mito, el de la plaga, pero por debajo, funciona claramente y de manera comprensible para todos, sin que haya ninguna necesidad de sacarlo a flote tal cual.
Como ocurre en muchas películas ambientadas en colectividades, el protagonismo recae en el recién llegado, en este caso, un chico bostoniano llamado Ben (Everett Blunck) que participa por primera vez en este campamento. La construcción de este personaje por parte de Polinger es compleja y sutil, llena de ambigüedades y de consciencia (probablemente excesiva para un joven de apenas trece años), pero que, en todo caso, constituye el planteamiento más interesante de la película. Ante las ausencias y carencias de elementos reales (como las familias a las que pertenecen estos niños), los niños aceptan y comparten las normas de la plaga, no como una creencia ciega e infantil, sino como una forma de organización y jerarquía, que ordena toda su vida en el campamento y que es mucho más real que aquello que queda fuera.
La plaga (The Plague, Estados Unidos–Rumanía-Austria-Emiratos Árabes, 2025)
Director: Charlie Polinger / Guion: Charlie Polinger / Reparto: Everett Blunck, Kayo Martin, Kenny Rasmussen, Joel Edgerton, Elliott Heffernan / Director de fotografía: Steven Breckon / Montaje: Simon Njoo, Henry Hayes / Música: Johan Lenox / Producción: Lizzie Shapiro, Lucy McKendrick, Steven Schneider, Roy Lee, Derek Dauchy, Joel Edgerton.
