Estrenos

JUNE & JOHN

Porque nunca volaré

A virus has been detected on your computer.

Press OK to clean system. (June&John, Luc Besson, 2025)

Un clic. Un clic casi como primer gesto narrativo de importancia fílmica; y un clic es el que invade al espectador cuando enciende el sentido de que —¡anda!—  estaba viendo otra película de Luc Besson, pero no en el cine o en un festival, sino en su casa, con el mismo dispositivo que, además, el director usó para grabar su nuevo film. El primer elemento de June & John no es un beso, es, metafóricamente, eso, un clic. June (Matilda Price) introduce un virus en el ordenador de John (Luke Stanton Eddy) para descubrir dónde trabaja. Es un acto mínimo, casi invisible, pero que define toda la película. Amor como intrusión, deseo como invasión. Desde ese clic inaugural, Luc Besson dibuja un vínculo que no nace de la emoción, sino del control, y convierte la obsesión romántica en un código corrupto. El problema —o uno de ellos— es que la película no logra sostener esa metáfora más allá del guiño: el virus se disuelve en una trama lineal, un intento de Bonnie y Clyde donde el romanticismo de vanguardia se le queda en un mero cuadro que ni pintado, ni leído, logra emocionar como, valga la redundancia, sí lo haría un código corrupto a un grupo de rookies al entrar a “Informática avanzada”.

June & John. Revista Mutaciones

Es la lectura del contagio la que tiene algo de punzante en la película, ya que todo acaba cediendo a la complacencia formal y a una impostada “vanguardia romántica” que carece de sustancia. La escena de la cena resume perfectamente las contradicciones del film. June y John comparten la intimidad obligatoriamente elevada hacia la epifanía de sus deseos: hablan, lloran y se lamentan de no poder “hacer lo que hacen los animales” —volar, comer libremente, actuar sin culpa—. Besson pretende que ese parlamento sea metáfora de la aspiración humana a una libertad inmediata, a un amor sin máscara; pero la puesta en escena lo traiciona y la emoción de los personajes no se sostiene. Todo parece fabricado para la toma. Es imposible no notar que la película demanda de su público una lectura simbólica sofisticada —el virus como principal motor del deseo— y, al mismo tiempo, le entrega una escena donde la supuesta profundidad se traduce en autoconmiseración. El gesto de lamentarse por no “poder volar” carece de ambivalencia y no permite que se abran los sentidos dada una aplastante literalidad. Y no, no pueden volar, pero porque Besson tampoco les permite ni ofrece volar; es terriblemente cruel arrojar a los personajes desde un helicóptero hacia el vacío, hacerles sentir totalmente libres, para, segundos después, engancharlos a los paracaídas, atarlos a una silla o condenarlos a una captura en carretera.

Técnicamente, Besson juega con recursos que en otros autores funcionan, pero aquí resuena incoherencia: plano-secuencia como exhibición, el primerísimo primer plano del rostro de June como pantalla donde nada se dice. La película se articula con palabras, pero nunca lo visibiliza con el dispositivo cinematográfico. Comparar June & John con clásicos ayuda, además, a ver el porqué de su falla. Bonnie and Clyde (Arthur Penn,1967) y Thelma & Louise (Ridley Scott, 1991) funcionaban porque la fuga era motor ético y estético: la naturaleza de su violencia, la complicidad entre los protagonistas, la política del escape se mostraban en cada decisión de encuadre, en cada corte y en cada elección de banda sonora. En June & John la huida es mero decorado, un anclaje narrativo aplicado sobre una idea pobremente desarrollada.

June & John. Revista Mutaciones

Merecía también atención la figura de June como creación (o proyección) de John. La película juega con la idea de que ella podría ser fantasma de un deseo, mujer-sistema, pero en lugar de profundizar en esa ambigüedad, Besson la reduce a un arquetipo estético: la mujer idealizada, la musa que justifica y excusa la fragilidad y comportamiento masculino. Era, pues, sumamente interesante el virus como metáfora, como dicha intrusión, la de ella, altera la agenda de ambos personajes. Cuando June manipula el acceso a la vida de John, ella ejerce poder; la película, sin embargo, no explora los motivos y, por tanto, June termina pareciendo el fantasma de una cómoda, un constructo que alimenta la egolatría del protagonista cada mañana al despertar.

Aunque no todo es ausencia, hay fragmentos que prueban la idea central (amor como intrusión tecnológica que se convierte en adicción emocional) y todo cobra más sentido: el brillo de la pantalla reflejado en los ojos de John cuando recibe la localización de June, la estética de las conversaciones digitales personificadas, la textura sonora del teclado volviéndose latido. Destellos de un tejido global inestable…

June & John. Revista Mutaciones

El arte de pocos medios no es un género de renuncia, sino la oportunidad para convertir la limitación en invención. June & John no logra ese salto, viste de “poética de la caída” una historia que recicla arquetipos y Besson confunde —o no— el gesto por la sustancia. Cuando sueñas con imposibilidades animales, uno entiende ese manifiesto sobre la libertad que, desgraciadamente, nunca aterriza, ni siquiera despega y, mucho menos, vuela. Eso explica, a su vez, la razón de que la metáfora del virus quede en nada porque esta ha decidido infectar y poseer la película para, así, dejarla enferma de sí misma.


June & John (Luc Besson, Francia, 2025)

Dirección: Luc Besson / Guion: Luc Besson / Producción: Europa Corp, Kinology / Fotografía: Tobias Deml / Música: Samir El Hammami, Julien Rey / Interpretación: Matilda Price, Luke Stanton Eddy, Honey Lauren, Myles Cranford…

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