ESPEJOS N.º3
Ríos de reflejos
El cine de Christian Petzold se desliza dentro de un pliegue entre la melancolía más lacerante y la esperanza más profunda. El amor en contextos convulsos y la vida interrumpida por el duelo y la muerte son las raíces de un cineasta capaz de atrapar la vida en enormes presas, poniéndolas en un estado de suspensión para aflorar en los silencios que se crean dentro de los vínculos emocionales de los personajes. If I can stop one heart from breaking / I shall not live in vain / If I can ease one life the aching, es en estos versos de Dickinson donde la pena de la existencia se transforma en cuidados, en la extensión de uno mismo hacia el otro como único camino hacia la cura. Bajo este espíritu emerge Espejos N.º3 (2025), en la que Laura (Paula Beer) y Betty (Barbara Auer) se nutren de una tristeza y de un vacío compartidos donde ambas se encuentran. En su primer encuentro, ralentizado, hay un entendimiento mutuo instantáneo, el de quien se mira en un espejo y se descubre a sí mismo desdoblado. Y, sin embargo, en el estadio de depresión el reflejo a veces parece devolvernos a un extraño, a una tercera persona irreconocible. Laura se mira en el agua con la esperanza de que la turbiedad del río –incapaz de generar un reflejo nítido– le devuelva a otra persona, alguien menos herido. El desdoblamiento se manifiesta en los cuidados que interrumpen la soledad: Laura despierta cada mañana con dos termos idénticos, café y té, y prepara el único plato que a Betty se le resiste, como si su otra mitad hubiera aparecido por arte de magia. En su solitud acompañada, la casa es silenciosa, solo rasgada por el grifo que gotea; un ploc ploc que abre paréntesis en el paso del tiempo, en el vacío de la ausencia. Mientras que en el exterior los pájaros y las cigarras acechan a las mujeres como los transeúntes que murmuran con maldad, el silencio es el único poso donde se puede crecer. Por eso la cámara trabaja siempre en esta fina línea de ambigüedad, filmando a través de marcos de puertas y ventanas, a lo lejos, desde pasillos conectados por ventanales que dejan que entre la luz en la casa. En Espejos Nº3 nunca cae la noche, pues solo a la luz del día reside la posibilidad de cura.

Las mujeres en el cine de Petzold funcionan como espacios físicos, como sostenes del duelo y la tristeza inefable de los hombres. Seres torpes, empeñados en arreglar o intelectualizar, extienden sus tentáculos hacia las mujeres, usándolas para crear hogar y redes. Los hombres de Espejos N.º3 son reparadores: arreglan coches, grifos, electrodomésticos. Son restauradores de la paz mientras las mujeres ensucian, pintan, cocinan, embarrando todo con palabras que se acumulan hasta explotar. Siempre enfrentados en el plano-contraplano y por el contraste de fríos-cálidos. Los hombres, en su torpeza, son reflejos contrarios de las mujeres, intentan entrar en el encuadre de las mujeres sin lograrlo, ellas se escurren fuera del límite del cuadro, desbordando el caudal. Ellas trabajan desde la contención, por una acumulación de gestos que se van guardando en el rastro de la mirada y los cuerpos. Las mujeres de Petzold posan sus ojos en los objetos, en los cuerpos que caen con el peso de su observación –qué miran y con qué objetivo–. Ellos, por el contrario, se expanden, ocupan espacio. No miran más allá del cuadro, intentan dominarlo. En este juego de tensiones entre la contención y la explosión (encapsulado en términos literales por el lavavajillas que explota), se erige una incomunicación irresoluble. Es ahí donde surge un ambiente de extrañeza y ambigüedad, creando espacio para respirar e involucrar el cuerpo en las imágenes.

La muerte vuelve a aparecer en el cine de Petzold como principio estructural de la trama. La muerte para Petzold es misteriosa, resbaladiza, no se ve, irrepresentable. No como una fascinación masculina, sino como un asunto del destino al que no se resiste. En su obra, morir es un acto que llega a destiempo, una interrupción de la vida que se queda a medias para congelar la de los demás. Siempre en fuera de campo, los personajes mueren en soledad, alejados de la cámara, como un proceso demasiado íntimo para poder ser mirado por los humanos. Sin embargo, la cámara sí que puede mirar los cuerpos sin vida como haría en El cielo rojo (2023) u Ondina. Un amor para siempre (2020). Una vez la muerte se retira, solo queda el vacío existencial del cuerpo: la materia ha sido despojada de su carga metafísica, ha perdido su sentido. En Espejos N.º3, solo queda el cuerpo mutilado de la pareja de Laura, que Betty mira directamente, impasible. El horror ya ha pasado, hemos perdido el único resquicio de posible magia que este proceso pudiera contener; ahora solo es materia. Morir es tan solo un reflejo de estar vivo, una ausencia que convierte la existencia ajena en un caudal seco donde no se puede salir a flote si no es acompañado.
Espejos N.º3 (Miroirs No. 3, Christian Petzold, 2025)
Dirección: Christian Petzold / Guion: Christian Petzold / Producción: Schramm Film Koerner Weber Kaiser, Zweites Deutsches Fernsehen (ZDF), ARTE / Fotografía: Hans Fromm/ Montaje: Bettina Böhler / Diseño de sonido: Dominik Schleier, Marek Forreiter, Bettina Böhler, Lars Ginzel / Intérpretes: Paula Beer, Barbara Auer, Matthias Brandt, Enno Trebs
