ONDINA. UN AMOR PARA SIEMPRE

El poder simbólico de la escala

Ondina (Undine, de Christian Petzold, 2020)

Tan pronto como concluye ese primer visionado como en los posteriores días de reflexión, resulta cristalino que Ondina: Un amor para siempre es un filme tan misterioso como sugerente y, por consiguiente, de clara complejidad para afrontar en un análisis escrito. Uno de tantos trabajos en los que pocas palabras podrán hacer justicia para pregnar o emular una experiencia tan eminentemente visual, pese a que su fuerza radica en un juego conceptual.

Es sumamente estimulante la manera que tiene Ondina de jugar con los códigos del fantástico. Si bien se trata de un filme contenido en sus formas, de entorno y lenguaje realista, cercano a su vez al melodrama clásico, se encuentra permanentemente rodeada de una atmósfera enrarecida, de un aura misteriosa, críptica. El encaje de nuestra protagonista, Undine (Ondina en el titulo en castellano; Paula Beer), con la realidad que la rodea dista de ser orgánica, chirría desde el primer fotograma. Intuimos desde la primera conversación, tras la fachada de sus estoicos gestos, que la naturaleza de esta muchacha es diferente. No pertenece a este espacio, e incluso en los momentos más pasionales de su bucólico romance con el personaje de Franz Rogowski no consigue huir de una honda sensación de soledad.

Ondina (Undine, de Christian Petzold, 2020)

A pesar de esta frágil posición, y de su delicadeza, el espectador tiene claro durante todo el metraje que Undine es un personaje poderoso. Y esta indeleble impresión se transmite a través de su relación con el escenario que, provisionalmente, debe poblar (como el diseño sonoro nos deja intuir, el mundo acuático siempre será su destino). Es aquí donde entra en juego el urbanismo berlinés, con cuyo trabajo está relacionado estrechamente. Undine se empapa (sin pretender con esto una chanza con las palabras, lo prometo) de conocimiento sobre los edificios de la ciudad, información de la que se vale para su trabajo y, también, para controlar su realidad. Ella es un personaje sobrenatural, una voraz ninfa que hace las veces de esquiva demiurga del espacio urbano en el que ocurre Ondina, la película. Y este control lo ejerce a través de maquetas, y por extensión de su influencia sobre los objetos reducidos, entrando en escena el importante papel de la escala.

En sus charlas cotidianas, Undine explica urbanismo a los turistas dando vueltas alrededor de unas detalladas maquetas de la ciudad. Una versión reducida de el Berlín que se encuentra fuera de las paredes de esa sala, y a través de la cual ella sitúa la ubicación de los seres humanos con los que se relaciona. Tan sólo con detener su mirada en la esquina de un edificio, tiene un control inmediato sobre aquel amante que ocupa dicha posición en la fachada representada. Esta conexión telemática queda clarificada a través del lenguaje de cámaras, haciendo uso el director, Christian Petzold de un ominoso zoom en compañía de las pausadas notas del Concierto en re menor BWV 974 de Bach interpretado magistralmente por Víkingur Ólafsson.

Ondina (Undine, de Christian Petzold, 2020)

Otro ejemplo de esta idea visual, de denotaciones mucho menos evidentes y resultados más disuasorios, es el de la hermosa figura del muñeco de buzo. Undine mantendrá en su poder este muñeco, cuyo aspecto, de manera nada azarosa, remite instantáneamente al traje que porta el personaje de Rogowski en las escenas acuáticas en las que, por ejemplo, se encuentra con un pez lucio. Undine mantiene en su proximidad, en la estancia en la que duerme, la preciada figurita, por cuya integridad vela con preocupación. No sería temerario afirmar, por tanto, que este muñeco no es sino un medio para ejercer control sobre su nuevo amante. Sin embargo, servidor esperó durante el visionado de Ondina que esta influencia sobrenatural se manifestase de una manera más explícita. Petzold, y sus sutiles formas, tenían otros planes.

En definitiva, considero que esta conexión de Undine con versiones a escala reducida de las personas y los edificios con los que interactúa como manera de manipular su destino es uno de los aspectos más sabrosos de explorar del último trabajo de Petzold, rico en propuestas audiovisuales refinadas en las que poder hincar el diente en textos futuros, una de las mejores una de las mejores películas del 2020.


Ondina. Un amor para siempre (Undine. Alemania, Francia)

Dirección: Christian Petzold / Guion: Christian Petzold / Fotografía: Hans Fromm / Montaje: Bettina Böhler / Diseño de producción: Merlin Ortner / Producción: Florian Koerner von Gustorfy Michael Weber (para Schramm Film, Les Films du Losange y ZDF)  / Reparto: Paula Beer, Franz Rogowski, Maryam Zaree, Jacob Matschenz, Anne Ratte-Polle, Rafael Stachowiak, José Barros, Julia Franz Richter, Gloria Endres de Oliveira, Enno Trebs, Christoph Zrenner

Un comentario en «ONDINA. UN AMOR PARA SIEMPRE»

  • el 25/01/2021 a las 15:30
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    Franz Rogowski suele bordarlo. Es tan expresivo como el buzo, auténtico protagonista del film. Con interpretación wikinga de Bach la peli tiene buena onda asegurado o, por lo menos, ondina.

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