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EL MAGO DEL KREMLIN

El juego del poder en escena

El mago del Kremlin Revista Mutaciones

“El mago del Kremlin”, basada en la novela homónima de Giuliano da Empoli, comienza con el propio escritor -interpretado por Jeffrey Wright-, que ha publicado una novela sobre Vadim Baranov: personaje siempre a la sombra del zar (como se refieren a Vladimir Putin a lo largo de la película), arquitecto de su ascenso al poder, creador de su imagen pública y artífice de decisiones políticas. Baranov lleva los últimos años retirado, apartado de la vida pública, con un halo de misterio del que han surgido todo tipo de rumores y contradicciones.

Ya desde el principio, en esta adaptación dirigida por Olivier Assayas, sorprende que este personaje, presentado como mito viviente, acceda de manera tan rápida y sencilla a hacer una entrevista donde aparentemente revela todo, mientras la película se encarga de poner en imágenes todo este testimonio. Y es que el misterio de la película no reside en la desaparición del personaje, sino en la posible construcción de un thriller tirando del hilo de huellas y retazos; a Assayas le interesa el misterio que surge en el encuentro con el otro, poder leer entre sus capas y perderse en ellas. Ahí está la carne de la película a pesar del cinismo de su protagonista, sus medias verdades o directamente mentiras, los personajes tienen constantemente la misma ambición que su director: penetrar en la marabunta de ideas, contradicciones y pulsiones que conforman un punto de vista. El propio Baranov, interpretado por Paul Dano, le dice al escritor de su biografía: “En comparación con otros has entendido algo. No mucho, pero algo.” y a eso juega Assayas en esta película: a comprender una parte de la totalidad de sus personajes y de Rusia.

Desde este punto, Baranov, autoproclamado perpetuo actor secundario, narra su auge y caída. Hay cierto parecido con El lobo de Wall Street (2013), aunque sin tanto nervio ni hiperactividad como tiene la de Scorsese ya que abraza esta consciencia de segundo plano del protagonista. Assayas, que coescribe el guion junto a Emmanuel Carrère, dibuja a Baranov como un conformista, adecuándose como nadie a todos los convulsos cambios que tienen lugar en Rusia desde la caída del bloque soviético hasta la anexión de Crimea. Por tanto, la puesta en escena funciona a modo de confesionario: encuadra en planos medios y los acompaña mediante planos de seguimiento; está al servicio de los actores y de registrar la historia que han construido de sí mismos y el contexto histórico en el que se inscriben. El film se articula a partir de diálogos, hilando conversaciones con la voz en off de Baranov, que a su vez estructura la película por capítulos. Este carácter testimonial se enriquece con imágenes de archivo de televisión, empleadas sobre todo en momentos de transición entre capítulos. Algunas modificadas con VFX para insertar la cara de los actores, un recurso algo solemne que otorga un poso oficial a una película que desde el primer momento abraza el relato sesgado.

Baranov comienza como director de teatro experimental en una Rusia abierta a todos los excesos del capitalismo, y de ahí pasará por la dirección de reality shows hasta llegar al Kremlin: de puesta en escena a puesta en escena. En él hay una constante obsesión por hallar la verdad en la representación, que no reside en lo que es cierto o falso, sino en la finalidad que se oculta tras ella; es decir, en su espíritu primigenio: en su primer impulso, en su latido, en abrazar la mentira para descubrir qué se esconde tras ella. Por ejemplo, cuando conoce a una cantante punk interpretada por Alicia Vikander, Baranov se acerca a hablar con ella, quien descalifica su propia performance restándole cualquier tipo de interés o calidad. Es esta rotura de su fachada la que provoca que sus contradicciones sean visibles, lo que engancha al personaje de Paul Dano. La adicción por desencriptar lo que se oculta tras una apariencia férrea será progresiva, transitando por todos estos personajes que surgieron como consecuencia de la apertura al capitalismo durante la presidencia de Yeltsin, como oligarcas y magnates.

“Nunca me contaste la verdad, pero me contabas algo más” le confiesa Baranov a un oligarca. El cinismo y la farsa, como cualquier otra máscara, acaban agotándose. Ese “algo más” acabará conduciendo al hallazgo de Putin, ya que es él el que marca la diferencia. Desde el principio, Putin niega explícitamente ser un actor, rompiendo con todas las máscaras del resto de personajes. Para interpretar a Putin, Jude Law se apoya en modelar sus principales rasgos faciales -boca rígida y comisuras caídas- y movimientos de corte militar. A medida que afianza su poder, aumenta el barroquismo de sus tics, con un exceso de energía e intención que contrasta con un Paul Dano siempre sobrio y pasivo. Por otra parte, es discutible que la película esté rodada en inglés, aunque lo aceptemos como convención. Tampoco fingen un acento ruso; Assayas opta por algo transparente, pese a que varios personajes actúen con un acento francés muy marcado.

Assayas se enfrenta a la representación del ámbito privado de un político cuya imagen pública es sobradamente conocida. Ambos mundos, no presentan diferencia alguna al principio, pero cuando todo este poder se ve amenazado -por la guerra en Chechenia o el hundimiento del submarino Kursk- y aumenta la exasperación del resto ante la indiferencia de Putin, es entonces cuando se produce un quiebre. En un viaje a los Estados Unidos tiene lugar una escena que funciona como epifanía cuando toda una avenida de Nueva York se detiene para que pase la comitiva del presidente de dicho estado. Él comprende que para consolidar su poder, necesita dominar la puesta en escena. Aquello que le diferenciaba del resto queda a un lado e invita a Baranov a inventar la realidad con él.

“Me pierdo en tus laberintos”, le espeta Alice Vikander a Paul Dano. Entre todas estas complejas relaciones de poder que la película retrata nace la sensación de habernos quedado atrapados en ese mismo laberinto, sobre la difusa línea que separa a artistas y políticos. Mostrando el poder como arte moderno o como un juego, tal como afirma Baranov en el metraje. Un juego sin arte, que escribió Lorca, un sudor sin fruto.


El mago del Kremlin (The Wizard of the Kremlin, Francia, 2025)

Dirección: Olivier Assayas / Guión: Emmanuel Carrère,Olivier Assayas.Novela: Giuliano Da Empoli / Fotografía: Yorick Le Saux / Montaje: Marion Monnier / Producción: Curiosa Films, Gaumont, France 2 Cinema, Jeff Rice Films, LB Entertainment, Pierce Capital Entertainment / Reparto: Jude Law, Paul Dano, Alicia Vikander, Jeffrey Wright, Tom Sturridge, Will Keen

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