EDITORIAL: CUANDO LA DINAMITA ES PURPURINA
Cuando la dinamita es purpurina

Hace cinco meses se estrenó Casa en flames, y hubo algo que agrió el visionado de una película que, hasta ese momento, se había mantenido simpática, entretenida y encontrando sus mayores fuertes en esa teatralidad tragicómica. Cuando llegó ese final en el que, súbitamente, todo parece cubrirse por un telón de algodón de azúcar, me quedé a cuadros ante la imposibilidad de que hubiera mantenido ese tono inflexible en cuanto a relaciones familiares se refería. De repente, el mensaje que sentí que lanzaba era que si no acababa en positivo, entonces el espectador sería incapaz de hacer por sí mismo la reflexión debida. Lo que hasta entonces había venido siendo una suerte, con sus muchas diferencias, de Succession de la burguesía catalana, dinamitaba esa comparativa al caer en una benevolencia y un “buenismo” súbito. ¿Qué les llevó a no querer mantenerse, como hizo Jesse Armstrong, en ese pulso implacable?
Hace unos días, hablando con un amigo, regresé a ese final. Durante nuestra conversación comenzamos a debatir cómo sentíamos que había una carencia en el cine nacional, cuando se trataba de estos largometrajes con un gran soporte de producción detrás, de embarrarse verdaderamente y ahondar en temas difíciles, complejos, incluso tabú. De repente, sentimos una tendencia a caer en la superficialidad cuando se trataba de intentar construir relatos sociales y, sobre todo, políticos. Citando a mi amigo, había una sensación de que al cine le faltaba algo de “mala hostia”.
Parece, pues, que existe una senda a caer en lo políticamente correcto que lleva a discursos insustanciales, que no hacen nada más que enunciar qué es lo correcto sin por ello profundizar en su alegato. Es como si, por explorar personajes políticamente imperfectos, e incluso censurables, o historias difíciles hasta ciertos puntos, los creadores sintieran que fueran a estar promoviendo dichos comportamientos reprochables. Así pues, de repente, se agradece ver relatos tan crudos como La Mesías, la cual no se esconde en plantear asuntos escabrosos como el maltrato intrafamiliar o las consecuencias del fanatismo religioso. Además, Javier Calvo y Javier Ambrossi lo hacen en un despliegue de formas que incomoda, que no se esconde y sacude las entrañas del espectador, pero totalmente justificado dadas las dimensiones del contexto abordado y sin caer en una escritura de imágenes frívolas. O, más recientemente, me sucedió algo similar con la ópera prima de Sandra Romero Acevedo. En Por donde pasa el silencio nos adentramos en un tenso ambiente familiar del que, poco a poco, vamos viendo los distintos pliegues y los puntos de vista individuales para una mayor comprensión, plasmados en situaciones incómodas y alejados de esos ideales de familia feliz que amargan la historia y mantienen una coherencia hasta su agridulce conclusión. Vínculos domésticos desestructurados en ambos casos, pero a diferencia de Casa en flames, no nos muestran la dinamita para luego revelarnos que tan solo era purpurina.

Sin embargo, lo que deslumbra, puede atrapar al público al igual que distraerlo. No hay nada como servir una producción que enuncia, que no se moja y deja al espectador con la falsa noción de haber atendido a una ardua reflexión e, incluso, en algunos casos, hacerle sentir bien por acudir a salas a ver una película tan concienciada con asuntos de extrema relevancia. Luego, para mayor escarnio, algunos premios alardean de nominarlas como lo mejor del año, eludiendo obras de verdadero valor que se atreven a arriesgar e ir más allá del mero enunciamiento. Cuando uno añade la etiqueta de cine educativo o “de valores”, parece que se le absuelve cualquier déficit y ese mero hecho que le da nombre lo eleva a título meritorio de reconocimiento cinematográfico. No es extraño pues que, en una sociedad bombardeada por imágenes pero falta de una educación audiovisual propia que promueva el pensamiento crítico de las mismas, se perpetúe lo superfluo. El valor de una película se halla en lo que cuenta, pero también en cómo lo cuenta; si olvidamos este segundo factor determinante, luego es fácil que nos la cuelen y las salas se llenen de obras samaritanas sin fondo. Es como quien abandera unos ideales, pero no se atreve a luchar por ellos. Es una cierta cobardía que, en ocasiones, parece atentar contra las capacidades del espectador, al que, aparentemente, si no se le da todo bien mascadito, saldrá disgustado o desorientado.
Y este suceso no es por ausencia de obras valientes. En los pasados meses se han estrenado dos obras como Los destellos y La habitación de al lado, que no han temblado al afrontar un motivo tan actual, cinematográficamente hablando, como la muerte. Es justamente esa intrepidez lo que, al contrario de las obras que se quedan en la línea homogénea de salida, consiguen delinear caminos extremadamente personales y con sensibilidades únicas. No es solo el qué, también el cómo comentaba en el párrafo anterior y en ambos casos se ejemplifica perfectamente cómo, incluso con un elemento como sendos juegos de miradas, se puede elaborar un discurso temático. Tanto Palomero como Almodóvar construyen su propia mirada en torno a la muerte y a través de las miradas de sus personajes, llenas de una vitalidad y humanidad indiscutibles, trasladan su propio discurso. No se quedan en decir “la muerte es…” o “la dignidad del deceso debería ser…”, sino que nos lo muestran; sus mensajes se trasladan en acciones y en detalles que dotan de capas al conjunto.
No se trata de coger un tema de innegable relevancia y justificarse en el diálogo que per se llegará a propiciar, sino de aproximarse a él desde todas las aristas, hasta las más oscuras que se puedan desprender, y usar el medio no como herramienta pasiva, sino como lenguaje activo. Antes que esculpir una estatua y resquebrajarla artificiosamente para mostrar una evolución e intentar atenuar una metáfora, ¿no sería mejor indagar en esa psique de personajes, en esas heridas que llevan al quiebre? ¿No sería mejor hacer valía de lo interpretativo para llegar a esos resquicios ideológicos? ¿No es quizás hora de dejar de ser complacientes? Sea como sea, puede que sobre miedo a que el espectador no entienda y falte compromiso con el trasfondo de lo narrado, con los mensajes que subyacen en cada historia y el poder de la imagen para trasladar reflexiones en lugar de panfletos.
