COYOTE VS. ACME
¡Que nunca termine la persecución!

El acrónimo ACME, surgido en el contexto empresarial estadounidense de los años 20, donde las compañías utilizaban este nombre para aparecer al principio de la guía telefónica, fue expandiendo sus significados hasta calar en el mítico American Company that Makes Everything. Su popularidad, sin embargo, ha quedado ligada a los Looney Tunes y específicamente a las desventuras del Coyote, que ha sufrido las consecuencias del mal funcionamiento de sus productos desde que fijó su objetivo en el escurridizo Correcaminos. Coyote vs. Acme (Dave Green, 2026) surge del culmen de su hartazgo, momento en el que el protagonista decide demandar a la empresa millonaria por una serie de daños y perjuicios que se remontan décadas en el pasado. Y es que, la ironía que acompañaba al nombre de la empresa en las viejas caricaturas y servía precisamente como parodia de este monopolio corporativo, ahora retuerce más su mecanismo al demostrar que el sufrimiento de los dibujos animados derivado del testeo de sus productos era realmente una estrategia perversa para desarrollar nuevos inventos para los seres humanos. La atractiva mezcla entre animación y acción real que propone la película encuentra por supuesto gran parte de su inspiración en el ingenio y desparpajo del gran referente ¿Quién engaño a Roger Rabbit? (1988). Al igual que el clásico de Zemeckis, cuyo villano llamado precisamente Marvin Acme aparecía directamente asociado a la cúpula del Hollywood del blockbuster, Coyote vs. Acme parece traducir en su trama el sentimiento de abandono de la franquicia por parte de Warner Bros, un prolongado desdén que se ha hecho visible en el proceso de producción de la película en la que los Looney Tunes pelean no solo por una indemnización, sino por su propia supervivencia en el cine contemporáneo. Mientras el resto de dibujos se han retirado de cualquier pelea (el pato Lucas encerrado en una especie de psiquiátrico, Bugs Bunny convertido en prófugo), el Coyote se erige como la última columna en pie que da esperanza a un imperio en vías de extinción fagocitado por la gran corporación norteamericana.
No obstante, cuando en medio del proceso judicial se revela que la demanda no ha sido más que un eslabón de un elaborado plan para atraer y atrapar al Correcaminos en los juzgados, se abre una pregunta sobre si el Coyote es realmente el representante de estos trabajadores a los que la ambición corporativa de las grandes empresas no deja de atosigar o simplemente es un desentendido y fiel creyente en su labor, una tarea que para él o necesita justificación y que se ha convertido en una rutina que implica una renovación diaria de un compromiso alejado de cualquier tinte productivista. Porque, a fin de cuentas, ¿qué haría el Coyote si atrapase al Correcaminos? La película despliega inteligentemente una serie de cuestiones sobre las motivaciones del personaje y su participación en el engranaje colectivo de los Looney Tunes (al que tanto él como Correcaminos han permanecido relativamente ajenos en los recopilatorios y aventuras que condensaban a los grandes personajes de la franquicia) mientras definitivamente se ve convertido en la cabeza de un movimiento por los derechos de los dibus que termina asumiendo con valentía. Resulta curioso por tanto, que en su divertida exposición de los acontecimientos, plagada de rencillas personales, relaciones emotivas, cameos e ingeniosas subtramas que acompañan el litigio, la película explicite a través de diálogos y grandes declaraciones aquello que ni el Coyote (con su limitado número de carteles) ni el Correcaminos (“Beep! Beep!”) nunca necesitaron explicar en palabras: son amigos, no pueden vivir sin esperarse mutuamente y harán lo que sea el uno por el otro para que el mundo les deje continuar su infinita batalla en las carreteras del desierto de Nuevo México.

Así que, líder involuntario de una causa que excede por mucho su demanda inicial, el Coyote ahonda en los secretos de ese proyecto de ACME que estalla en medio de la causa y lleva (evidentemente) el nombre de Sísifo, aquel mito griego que encuentra su perfecta traslación moderna en nuestro protagonista: empecinado en cumplir su tarea, convencido de que esta vez sí lo logrará y finalmente resignado al verse descendido por enésima vez (por los nuevos dioses, los creadores, los dibujantes) a las lindes de una montaña en cuya cúspide se oye un lejano “Beep! Beep!” que vuelve a poner en marcha la piedra. Esa onomatopeya que retumba en la cabeza del Coyote como un recordatorio de la dificultad de su misión y lo persigue para atormentarlo se contagia también a la banda sonora de la película, estructurada en torno a dos golpes agudos y seguidos que imitan rítmicamente el pitido del pájaro, también omnipresente en el sonido de la puerta del motel o en todos los coches que tocan el claxon durante la película.
Finalmente, Coyote vs. Acme demuestra su capacidad para poner en juego muchas de las cuestiones desplegadas durante los cortos de los años 40 -a los que se apela desde imágenes de archivo que enumeran las catastróficas actuaciones del Coyote- y que se han vuelto características de la pareja de personajes. Es paradigmática una escena especifica en la que el mero acto de pintar una pared permite acceder a un mundo desconocido, quizás lleno de peligros (el famoso tren que tantas veces ha atropellado al Coyote), asumiendo un riesgo que, a fin de cuentas, queda claro que merece la pena correr. Por ello es posible que Coyote y Correcaminos se hayan visto representados como los grandes protagonistas de un litigio que en el fondo parece estar hablando de la necesidad de seguir imaginando desde la animación, desde la hibridación de formatos, ya que a fin de cuentas son ellos los grandes herederos de las formas del cine mudo, quizás junto a Tom y Jerry, a los que se asemejan en muchos aspectos. La animación aparece representada como forma de experimentación, como puro impulso creativo y dinámico que puede convivir en un mundo gris de abogados y procesos penales, recordando que se pueden seguir desafiando las barreras físicas de la acción clásica para reivindicar uno de los últimos bastiones del trucaje cinematográfico, ese “nada es lo que parece” que abanderaban los cortos televisivos y que hoy revive en la inmensidad de la pantalla de cine.
Coyote vs. Acme (EE. UU., 2026)
Dirección: Dave Green / Guion: Samy Burch, Ian Frazier. Historia: James Gunn, Jeremy Slater, Samy Burch / Fotografía: Brandon Trost / Música: Steven Price / Montaje: Carsten Kurpanek / Compañías productoras: Ketchup Entertainment, Lin Pictures, Warner Bros / Reparto: Will Forte, Lana Condor, John Cena, P. J. Byrne, Tone Bell, Martha Kelly, Luis Guzmán, Kenneth Choi
