CRÓNICA DOC’S KINGDOM 2025
A Collective Inarticulate Harmony
El Alentejo portugués -extensión atravesada por la memoria del trabajo colectivo y de la tierra cantada- es un lugar donde la historia se organiza en voces superpuestas y que se adhieren, compensándose en su colectividad. En los años setenta esta tierra fue escenario de una experiencia radical: la colectivización del campo tras la Revolución de los Claveles. La tierra dejó de pertenecer a unos pocos para convertirse, aunque fuera de manera efímera, en un cuerpo común. A la par, el cante alentejano, polifonía sin instrumentos, sin partitura fija, sin autor, continuó circulando como una forma de conocimiento no escrito. Michel Giacometti lo entendió bien: no era folclore, era archivo vivo; no era música decorativa, era organización social hecha sonido. Una armonía colectiva e inarticulada: el lema de esta edición del Doc’s Kingdom -festival y seminario de cine documental colectivo- parece emerger de los sustratos que nutren la tierra portuguesa. Pensar el certamen desde este territorio es aceptar que el cine puede funcionar como un campo común donde el objetivo no es el consenso, sino la coexistencia. Desde este lugar se abre el texto en tres movimientos que conversan entre sí: colectivo, inarticulado, armonía.
Un colectivo no es la respuesta a una pregunta teórica, sino a un marco político. Es la contestación desesperada, doliente y resiliente de personas que se agrupan, comparten y colectivizan sus esfuerzos, intelectos y pasiones, negándose a ceder el paso al capitalismo y sus secuaces: gobiernos y economías construidas sobre el reguero de cadáveres, sufrimiento y dolor de la clase obrera: ahí nace ‘Polifonias – Paci é saluta, de Michel Giacometti’, la primera cinta proyectada en el festival.

Los cuerpos, fundidos en las imágenes de Pierre-Marie Goulet -identificados por estas como un conjunto de carne, huesos y cavidades compartidas-, son la antesala del canto, uno que se produce en los lugares rurales prototípicos de la región. El sentido de lo colectivo emerge de este ritual. Como en el canto y en las imágenes de ‘Polifonias’, cada voz -con su carácter y singularidad- no pretende destacar por separado, sino entrelazarse con las demás, formando un entramado sonoro que trasciende a cada uno de sus componentes.
La tierra deja de ser un espacio de pertenencia y relación de culturas y comunidades para convertirse en un objeto de dominio, medido, explotado y administrado según intereses económicos y geopolíticos, borrando o subordinando los saberes, lenguas y formas de vida preexistentes. Contra este concepto surgen las películas de los Maxakali, indígenas de la zona de Minas Gerais, en Brasil. ‘Nũhũ yãg mũ yõg hãm: This Land Is Our Land!’, ‘Yãmĩyhex, the Women-Spirit’ y ‘Yõg Ãtak: Meu Pai, Kaiowá’, son distintos largometrajes que convergen en una misma idea: “¡Esta es nuestra tierra!”.
Las tres películas formalizan a través de las imágenes de vídeo casero la tensión entre la concepción capitalista de la tierra y la cultural del pueblo indígena: esa jungla desaparecida y sustituida por campos de explotación, el asesinato sistemático de miembros de la comunidad Maxakali sin consecuencias jurídicas, familias separadas y hechas esclavas de la dictadura colonialista… En las imágenes hay dolor, pero no rendición, hay deslocalización, pero no derrota, hay una imposición cultural, pero también resiliencia identitaria.

Esto se hace muy evidente en los documentales de Mujeres Creando en Bolivia, donde la tierra, más allá del corsé post-colonialista en el que se encuentra Latinoamérica, también puede ser aplicada al cuerpo de la mujer: ‘Virgen Barbie’ y ‘Revolución Puta’ huyen de los postulados feministas occidentales al renunciar a la teorización de sus propuestas políticas y pasar directamente al cine entendido como acción militante. Diseccionando las figuras clave de la “feminidad” como son la virgen y la puta, donde los documentales ofrecen un ritual que no se entiende más allá de la experiencia misma de quienes lo viven: un cine que es práctica, confrontación y cuerpo en acción, donde la política se siente y se encarna, no se subraya.
Sin duda, el trabajo más exhaustivo lo presenta Ogawa Productions, un grupo de estudiantes comandados por el hombre que da nombre al grupo y que, de alguna forma, define la estética de cine directo que adapta los primeros filmes del colectivo en Sanrizuka en un impresionante seguimiento de rostros en el furor de la batalla contra las fuerzas policiales. La lucha se localiza en Japón, donde los campesinos se opusieron a la construcción del aeropuerto de Narita en los años 60 y 70, lo que desencadenó en opresión estatal hacia la clase trabajadora, en su mayoría campesinos. Véanse los casos de los aeropuertos de Notre-Dame-des-Landes o Internacional de Estambul, por nombrar dos de los muchos lugares donde proyectos aeroportuarios han generado fuertes conflictos sociales, de resistencia de comunidades locales y de represión estatal, siendo un eco de la lucha en tierras japonesas.

Cuando el aplastamiento se torna irremediable, Ogawa Productions se queda para explorar la vida campesina, la agricultura, la memoria histórica y el paso del tiempo, fruto de años de convivencia con los habitantes locales. El salto entre el primer (‘Summer in Sanrizuka’) y último documental (‘Heta Village’) proyectado en el festival es tan extremo como, de alguna forma, testamentario en la crónica de una muerte anunciada. Estos trabajos evolucionan radicalmente a algo más estático, expositivo y, de alguna forma, personal.
Isael Maxakali, presente durante el seminario, pone la siguiente reflexión a debate: “Sin tierra, no hay cine”, de donde podría extraerse la idea de la imagen cinematográfica como dependiente del suelo, los cuerpos y la cultura. Unas palabras que, saltando de Brasil a las costas del mar Mediterráneo, resuenan más que nunca en Palestina: zona ocupada por Israel, un estado que aplica un Apartheid al pueblo palestino, cometiendo un genocidio retransmitido a tiempo real. Ante la inacción política sobre los crímenes de guerra que acontecen, el festival presenta dos colectivos cuyos trabajos giran en torno a la cuestión palestina.
CAMP y Video Tracts for Palestine son, respectivamente, un colectivo que entiende el audiovisual como herramienta de lucha política, articulando investigación, cine y acción directa desde el Sur Global. Una iniciativa de cine militante orientada a la producción y difusión urgente de piezas audiovisuales al servicio de la solidaridad activa con Palestina y de la confrontación de las narrativas hegemónicas.
De este relato surgen como la fábula ‘From Gulf to Gulf to Gulf’ donde el Golfo Pérsico y otros “golfos” se convierten en espacios de tortura. Pasando definitivamente a Palestina, ‘The Neighbour Before The House’ es una película-ensayo centrada en relaciones de vecindad, proximidad y conflicto y en cómo estas se ven atravesadas por la violencia estructural hacia el pueblo palestino. El filme trabaja con tiempos largos, atención a lo cotidiano, sonidos, gestos y espacios, dejando que sea la propia geografía metropolitana la que defina la destrucción de Palestina en la Jerusalén “pre-7 de octubre”.

Video Tracts for Palestine, lejos de la distribución tradicional, opta por combatir mediante las redes sociales el imposible algoritmo superficial y de limitada capacidad crítica de Instagram: cada publicación es un gesto urgente y colectivo, un eco de los históricos cine-tracts de los años sesenta contra la guerra del Vietnam. Desde noviembre de 2023, un grupo de más de cincuenta personas, produciendo individualmente pequeños videos desde distintos lugares, opta por la difusión inmediata y digital de piezas experimentales como la única herramienta artística frente a la devastación en Gaza.
Alejado de las competiciones de los festivales (no hay premios ni categorías), Doc’s Kingdom se permite articular un discurso en el transcurso de los filmes, colectivos y narraciones complementarias -seminarios, libros, incluso el propio pueblo donde se celebra significa el cine que se proyecta-, el festival opta por una distribución beligerante: una armonía de discursos, voces y relatos que, lejos de quedar aislados en un mundo cada vez más compartimentado, haga fuerza en su determinación hacia lo colectivo.
Entre universidades, entre estudiantes, entre colectivos, entre comunidades, entre luchas, entre tierras. Para que el cine prenda la mecha, para que la frase desesperada de voces ahogadas por el sonido de balas y bombas perforando cuerpos ensordezca el tronar genocida de Israel: “From the river to the sea, Palestine will be free”. “Desde el río hasta el mar. Palestina será libre”. “Min al-nahr ila al-bahr, Filastin satakūn hurra”

