DESTINO DESCONOCIDO
La expulsión interminable

En el imaginario europeo, el refugiado suele existir en dos versiones igualmente deshumanizantes: la víctima pura que merece compasión o la amenaza que merece vigilancia. No hay mucho espacio entre ambas figuras. Destino desconocido (2024), del director palestino Mahdi Fleifel, dinamita esa dicotomía desde la secuencia inicial. Sus protagonistas mienten, estafan, manipulan y toman decisiones moralmente cuestionables y, por eso, la película alcanza la verdad política tan poco frecuente (quizá por incómoda) de que la violencia de las fronteras no solo expulsa a las personas de un territorio, también las expulsa de las categorías morales con las que el mundo prefiere entenderlas.
Chatila y Reda son dos refugiados palestinos atrapados en Atenas, suspendidos en ese limbo burocrático que Europa ha convertido en régimen de gobierno. No pueden regresar a Palestina, pero tampoco tienen claro si podrán llegar a la Alemania de su destino. Habitan un presente perpetuo, un tiempo en el que no hay una construcción de futuro si no es desde una perspectiva más bien ilusoria, que habla del como el exilio contemporáneo consiste únicamente en perder una tierra y además perder la capacidad de proyectar una vida. Fleifel elige la estructura del thriller criminal porque la lógica del delito y la de la supervivencia terminan siendo indistinguibles cuando todas las vías legales están negadas. Elige deliberadamente no querer mirar desde una perspectiva buenista a una realidad delictiva que es una consecuencia inevitable de una maquinaria política diseñada para producir sujetos descartables.
El gran acierto es la negativa a romantizar a sus personajes. A diferencia de buena parte del cine sobre migración y refugio, aquí no hay pedagogía de la inocencia y nadie intenta demostrar que Chatila y Reda son «buenos refugiados». La película comprende que la opresión no produce únicamente dignidad y resistencia, y que en muchísimos casos la propia violencia del sistema es quien también genera resentimiento, egoísmo, violencia y formas de supervivencia que erosionan la propia idea que uno tiene de sí mismo. Lo que vemos es una película sobre la brutalización sobre la manera en que la precariedad permanente termina colonizando la conciencia. El sueño de abrir un café en Alemania funciona como el último refugio (en este caso, simbólico) de los protagonistas, una ficción que les permite seguir creyendo que todo lo que hacen tiene una fecha de caducidad, que todavía existe una vida futura capaz de redimir el presente. Las extraordinarias interpretaciones de Mahmood Bakri y Aram Sabbah sostienen el equilibrio imposible entre la empatía y el rechazo. Especialmente Bakri, que compone un personaje incapaz de pedir compasión y, sin embargo, profundamente conmovedor en su obstinación por seguir imaginando un futuro.

La devastación de la imagen reside precisamente en el derrumbe de esa ilusión. Cuando los personajes comienzan a asumir que quizá se han convertido en las personas que nunca quisieron ser, la película deja de ser un relato de migración para convertirse en una tragedia política. No asistimos al fracaso moral de dos individuos, siempre tan castigado por el puritanismo occidental, sino al éxito de un sistema que convierte la exclusión en una forma de gobierno. Sus acciones son indisociables de las condiciones materiales y políticas en las que viven. La espera interminable, la imposibilidad de trabajar legalmente, la ausencia de derechos, el racismo cotidiano y la condición de apátridas producen una existencia donde toda perspectiva de futuro parece una historia de cuento, fabulosa, que es más una herramienta para sobrevivir al presente que una aspiración de cambio real. Europa opera como un espacio que administra poblaciones consideradas excedentes. Habitan una zona de excepción en la que la precariedad es una tecnología de gobierno. Fleifel filma en planos fijos Atenas como un espacio de tránsito sin movimiento, una ciudad que ha perdido toda promesa de movilidad, con una quietud pesadísima. Las calles, las habitaciones de alquiler, los pisos precarios y los cafés aparecen como lugares de espera más que de vida, siendo la realidad de Atenas tan vibrante para quienes no la viven desde esta perspectiva. La geografía urbana se convierte en una extensión material de la condición de unos protagonistas que están permanentemente en camino y que realmente nunca llegan a ninguna parte. La cámara se pega a los cuerpos, a los rostros cansados y a los espacios interiores, construyendo una sensación de encierro constante.
Aunque la ocupación, el apartheid y la guerra permanezcan fuera de campo, Palestina aparece aquí como una condición política intrínseca a los propios palestinos que conviven permanentemente con la experiencia de la desposesión, de vivir siempre bajo la posibilidad del desplazamiento, de saber que la tierra, la casa y hasta el derecho a permanecer pueden ser revocados en cualquier momento. El exilio de Chatila y Reda no comienza en Grecia ni con la travesía hacia Europa. Empieza mucho antes, en una historia palestina marcada por expulsiones sucesivas, por la Nakba de 1948 y por décadas de ocupación, colonización y fragmentación territorial. Los protagonistas encarnan una historia de desplazamiento continuo y de vidas obligadas a moverse porque permanecer se ha convertido en una imposibilidad política. La película nunca verbaliza esta genealogía, pero está inscrita en los cuerpos de sus personajes y en una relación con el tiempo que es la de quienes han aprendido que todo hogar puede ser provisional y toda promesa de estabilidad, efímera. El desplazamiento forzado no es un efecto colateral de la violencia, sino una de sus herramientas más eficaces, que también destruye la vida rompiendo los vínculos que hacen posible una existencia colectiva: la relación con la tierra, con la memoria, con la lengua, con los muertos y con las formas de vida compartidas.
Destino desconocido (To A Land Unknown, Palestina, 2024)
Dirección: Mahdi Fleifel / Guion: Mahdi Fleifel, Jason McColgan / Fotografía: Thodoris Mihopoulos / Montaje: Halim Sabbagh / Música: Nadah El Shazly / Productores: Inside Out Films, Homemade Films, Nakba Filmworks, Studio Ruba, Duckin’ & Divin’ Films / Reparto: Mahmood Bakri, Aram Sabbagh, Angeliki Papoulia, Mohammad Alsurafa
