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CRÓNICA BERLINALE 2026

Cinco consejos para elaborar tu propia crónica de festival (a propósito del primer fin de semana de la 76ª Berlinale)

Crónica Berlinale 2026 Revista Mutaciones

  1. Recuerda que siempre que hablas de algo, estás hablando de ti mismo.

Esto concluye Ruth Beckermann en Wax & Gold ya que, para ella, estudiar la figura de Haile Selassie durante una estancia en el hotel Hilton de Addis Abeba conlleva exponer las contradicciones que supone ser una realizadora europea y blanca en Etiopía. Una tensión que está presente y a la vez resuelta en toda la película, puesto que su voz en off (literaria, individual, burguesa) establece un contraste con las imágenes de los trabajadores del hotel y con las conversaciones que tiene con ellos y con diferentes huéspedes. Permite que su cámara se detenga sobre ellos desde la contemplación atenta, desde ese respeto absoluto al que lleva la curiosidad más sana (de nuevo, por saber de sus contradicciones). El conjunto de entrevistas acaban por ofrecer una mirada poliédrica de la realidad en Etiopía (extrapolable a otras partes del mundo) siguiendo el epígrafe de Pierre Bourdieu que abre la película: to report on things differently means to report on different things.

En definitiva, ten presente que el cine es político porque es un diálogo entre el cineasta y la realidad a la que se enfrenta. O lo que es lo mismo, que el cine es empático cuando también lo es quien lo realiza.

  1. No tengas miedo a decir lo que piensas.

Una película espejo de Wax & Gold puede ser Two Mountains Weighing Down My Chest. Viv Li, la directora, es una artista de origen chino que se traslada a Berlín y se ve inmersa en un proceso de autoconocimiento (que parte de sumergirse en grupos queer y desde donde se despliegan infinitud de temas) abrazado desde la más absoluta valentía. Si Beckermann está siempre detrás de la cámara Li se pone delante, en un cruce de espacios y contextos (la escena LGBTIQ+ de Berlín, sus amigos chinos emigrados a Estados Unidos y la familia en China) donde surgen conversaciones en las que la directora opina, sin filtro, desde la escucha atenta. 

Podemos ver, por ejemplo, una China no mediada por la opinión occidental, sino desvelada, vivida (y a veces confrontada) por una persona a caballo entre dos realidades que en la opinión pública son antagónicas. Un nivel de complejidad que permite, incluso, un debate de cosmovisiones europeas y estadounidenses encarnadas por dos migrantes chinos, uno en cada continente. Desde lo formal se plasma la infinita amabilidad de la directora con los que intervienen en su proceso y con el público, usando su figura y lo cómico como vehículo de conocimiento y transmisión.

  1. No seas condescendiente.

Sigue en esta Berlinale esa tendencia europea de dar lecciones de moral a países en los que han estado interviniendo durante siglos, dirigidas por cineastas nacidas allá pero radicadas aquí. La propia película de inauguración (No Good Men, Shahrbanoo Sadat), rodada en Afganistán pero coproducción de varios países europeos, erige en su final al ejército alemán como héroes incidentales tras la ocupación de Kabul por los talibanes -dando la sensación de que estos hicieron lo que pudieron ante una situación que no controlaban-. O la primera película de la Competición, À voix basse (In A Whisper) (Leyla Bouzid), una producción francesa que construye una ficción de trazo grueso sobre las problemáticas que viven las personas queer en Túnez y que no deja de recordar durante todo el metraje lo superado que están estos temas en el “viejo” continente.

Al mismo tiempo, el festival se desarrolla y está financiado por un país que este año le negó la visa a los únicos directores árabes invitados a la Berlinale Co-Production Market por ser un “migration risk”, y que para justificar su tibieza política aboga por que los artistas tengan “libertad de expresión”.

Esta hipocresía queda de lado, por suerte, en Dao (Alain Gomis), la mejor película a competición que tuve la oportunidad de ver. Una coproducción donde pesan las empresas africanas, que plantea un montaje paralelo para hablar de una misma familia en su contexto en París y en Guinea Bissau, exponiendo similitudes y diferencias con una mirada crítica que viene de dejar hablar a sus personajes (la mayoría de los diálogos de la película son improvisados, creando una tensión muy interesante entre actor, personaje y contexto). Gomis compara una boda occidental con los ritos del pueblo original de la familia al que van a conmemorar la memoria de unos ancestros y si bien, a veces, las comparaciones son evidentes por el guion, el resultado es una película muy rica en significados.    

  1. Juega con las convenciones del lenguaje.

Otras de las virtudes de Dao es la de jugar con los registros formales asociados a la ficción y al documental: desde el principio queda expuesta la selección de las actrices principales en un casting y durante todo el metraje los personajes/actores hablan a cámara contando experiencias personales relacionadas con lo racial.

Un dispositivo similar aunque mucho más pulido (sin entender este adjetivo como juicio de valor per se) vertebra Shanghai Daughter (Agnis Shen Zhongmin). Una ficción que se apropia de algunos motivos formales relacionados con el documental para permitirse desarrollar una historia de ritmos/planos pausados, que se empapa del entorno y que pone a sus personajes frente a la cámara en insertos en los que cuentan sus experiencias sobre la pérdida y la vida en los espacios rurales de China. Como Dao, pone en tensión la hegemonía tecnocapitalista de las ciudades más ricas a través de un personaje que participa de ambos contextos, pero no olvida, en sus momentos de mayor interés formal, su realidad ficcional, principalmente a través de la mejor banda sonora de las escuchadas en el festival, que hace convivir instrumentos y armonías tradicionales con texturas de música electrónica.

  1. Si una historia es aburrida, inventa otra mejor.

Esto le dice Tere a su amiga Rosa, que está esperando en el apartamento de la primera a que le hagan una entrevista por su trayectoria artística. Lo demás es ruido (Nicolás Pereda) es la película que más disfruté en el festival, una producción sin casi presupuesto que reivindica a las compositoras de música académica contemporánea de la mejor manera: restando toda la gravedad con la que se concibe esta disciplina poniéndola en diálogo con sus contrapartes masculinas. Una película llena de experimentos formales (disimilitud entre audio e imagen, parasitación de la propia entrevista que tiene lugar, juegos con la luz y el sonido…) que, llenos de humor, nunca son elitistas, resultando en un relato muy hermoso sobre el papel de la mujer en la sociedad, lleno de sororidad y amor por el arte y la cultura.

Podemos, entonces, inventar una Berlinale mejor, donde las reivindicaciones políticas no vengan solo en forma de pequeñas proclamas de sus trabajadores pegadas en algunos huecos en las paredes (o en la esquina del póster de una película), donde el gobierno que financia el festival no persiga artistas de origen árabe, o donde la mayoría de historias no estén plagadas de hipocresía occidental.


 

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