SAN SEBASTIÁN 2020: ZABALTEGI-TABAKALERA

Los gestos, la memoria, el absurdo

De las dos secciones recopilatorio del Festival de San Sebastián, Perlak y Zabaltegi-Tabakalera, en las que se proyectan películas provenientes de otros festivales, la sección Zabaltegi es al mismo tiempo la más libre y la más coherente. Incluyendo indistintamente a concurso cortometrajes, largometrajes, ficciones, documentales y toda clase de estilos, en esta edición como en las anteriores, las películas proyectadas en Tabakalera pueden agruparse en torno a las poéticas más pujantes del cine de autor independiente (es importante añadir ese último adjetivo): trabajos de corte ensayístico, entre el diario y la docuficción, que articulan distintos lenguajes del yo; poéticas del gesto y del arte de conversar, donde lo importante no es qué se dice sino cómo; películas de un esteticismo entre el barroco y el manierismo; y el cine que experimenta, aunque no se le suela reconocer el carácter experimental, con el tono de sus historias y las convenciones de los géneros.

A Metamorfose dos Pássaros
A Metamorfose dos Pássaros, de Catarina Vasconcelos,

La película ganadora del certamen, A Metamorfose dos Pássaros, de Catarina Vasconcelos, pertenece a la primera categoría. El jurado presidido por Anna Sofie Hartmann  -directora de Giraffe (2019), que se exhibió en Zabaltegi la pasada edición -, junto al músico de Vetusta Morla y cinéfilo Pucho y Carlos Rodríguez Ríos, director de la distribuidora Noucinemart y del festival D’A de Barcelona, ha dado el premio a esta película capaz de convertir la palabra de la memoria personal de Vasconcelos en universal a través de una imagen pulcra, concisa y evocadora, tal y como desarrolló Borja Castillejo en su crítica.

Una búsqueda similar a la de Vasconcelos emprenden Carla Simón (Verano 1993, 2017) y Dominga Sotomayor (Tarde para morir joven, 2018) en su hermosa Correspondencia. Ambas comienzan hablando de su memoria familiar y femenina para llegar a pensar su presente. Carla Simón mediante una hermosísima carta sobre sus desafíos personales y profesionales y la difícil conciliación familiar, y Dominga Sotomayor a través de un furioso y justificado testimonio de las revueltas actuales en Chile. Empleando distintos materiales y archivos, cada una con un estilo personalísimo, ambas directoras se suman así a la serie de correspondencias que ya ha reunido a Víctor Erice con Abbas Kiarostami, a José Luis Guerín con Jonas Mekas, a Isaki Lacuesta con Naomi Kawase y a Albert Serra con Lisandro Alonso.

En una línea parecida, Marta Sousa en Simon Chama filma sin quererlo la transformación a lo largo de la adolescencia del actor protagonista, Simon Langlois, durante los cinco años que duró el rodaje. En una narración que combina distintos formatos, incluidos videos caseros ficticios, la película indaga en los deseos y conflictos de ese Simon que es al mismo tiempo nombre del actor, del personaje y de la película. Frente a estas propuestas, podemos considerar el último cortometraje de Laida Lertxundi, Autoficción, como la justa deconstrucción de estos distintos lenguajes del yo: una sucesión serial de mujeres en distintas situaciones (de testimonio, en una performance donde las arrastran por el suelo…) con las que se pone el cuerpo de la mujer en el centro de la autoficción del título.

Correspondencias, de Carla Simón y Dominga Sotomayor
Correspondencias, de Carla Simón y Dominga Sotomayor

Como complemento al reconocimiento de una prometedora debutante, Catarina Vasconcelos, fue una alegría que la mención especial del jurado recayera en un maestro de la poética del gesto y del arte de conversar como Hong Sang-soo.  Su última película, The Woman Who Ran, es una variación de sus tropos habituales y el nuevo desplazamiento de un director que, pese a las apariencias, se encuentra en un constante movimiento hacia la simplicidad. En esta película hay «un extraño equilibrio entre lo banal y lo importante; entre lo blando y aburguesado de las conversaciones y la realidad que esconden los gestos» (ver crítica).

Otro maestro del gesto, Philippe Garrel. El director de Los amantes habituales (2005) repite su colaboración con el guionista Jean-Claude Carrière. Como en Amante por un día, The Salt of Tears es un ejercicio de depuración. La sustracción desde el guión de cualquier dramatismo en las situaciones, la intriga desplazada a una cálida voice over que narra lo que estamos viendo, el estilizado blanco y negro y la sutil entrada y salida de la música… todo en la película trabaja para convertir los gestos en el único centro de la puesta en escena de esta historia de un hombre superfluo que vive sin comprometerse con su vida hasta el día en que descubre el salado sabor de las lágrimas. Para quien esto escribe, una de las mejores películas de Zabaltegi-Tabakalera.

Si la puesta en escena de Garrel busca condensar el gesto clave mediante una estilizada y poética puesta en escena, la poética del gesto de Tsai Ming-liang hace todo lo contrario. Ming-liang trabaja el gesto en su duración: en lo que una acción tiene de temporal. Los largos planos fijos de Days carecen de casi toda retórica, están allí para mostrar completa la acción de los personajes. Es la manera en que deambulan los dos protagonistas por la ciudad lo que muestra su soledad; el cuerpo de Lee Kang-sheng expuesto a distintas terapias lo que revela sus dolores crónicos; y la manera tranquila y ordenada con que Anong Houngheuangsy cocina empleando distintos boles lo que describe, más que ningún diálogo (la película carece de subtítulos por petición expresa del director), el carácter terapéutico de una persona capaz de conectar y aliviar el sufrimiento de Kang-sheng cuando ambos personajes se encuentren. Un encuentro, por cierto, que puede considerarse la escena más bella (y larga) de todo el certamen Zabaltegi-Tabakalera.

En The Calming, en cambio, no hay otro gesto que la contemplación. Tras romper con su novio, una directora de documentales pasea por distintos paisajes (Tokio, la nevada Niigata, el urbano Beijing, Hong Kong y sus islas en primavera…) y visita a familiares y amigos. En esos viajes, la mirada a lugares y allegados trabaja en ella el duelo hasta hallar la calma que parecía estar buscando. La puesta en escena de Fang Song incide en lo contemplado antes que en el deambular mismo. Así, en un momento en el que, tanto en el cine como fuera de las salas, todo parece girar en torno a cómo habitar un mundo cada vez más hostil, y en intentos más o menos desesperados por conseguirlo, The Calming descubre una importante verdad: que son los paisajes los que nos habitan a nosotros, los que trabajan nuestro ánimo, y no lo contrario. A veces basta con darles una oportunidad. Con saber estar.

The Salt of Tears, de Philippe Garrel
The Salt of Tears, de Philippe Garrel

Yellow Cat y Fauna también trabajan con el gesto. Ambas lo convierten en un elemento desestabilizador, que vuelve extraño sus géneros cinematográficos y sus ficciones; incluso, en el caso de Fauna, el concepto de ficción mismo. La película de Adilkhan Yerzhanov, quien en la pasada edición de San Sebastián presentó la mejor película de la Sección Oficial (A Dark-Dark Man) parte directamente de un personaje obsesionado con Alain Delon y que ha encontrado en el cine el único medio de afrontar el mundo corrupto y criminal de las llanuras de Kazajstan. Se trata de hacer del cine y de la ingenuidad militante el único medio de resistencia, una auténtica opción moral. El tono de esta historia entre el policiaco y el romance, entre Malas tierras (Terrence Malick, 1973) y los protagonistas de Bruno Dumont, es absurdo y romántico, tragicómico, como la simple idea de resistir cuando todo está perdido. Ambas películas de Zabaltegi comparten el gusto por el absurdo y el solapamiento de tonos, llevando Nicolás Pereda la apuesta metacinematográfica mucho más allá en un ejercicio sobre las posibilidades y la verdad dentro de una ficción del trabajo de interpretación.

Algo parecido, también desde el absurdo, hace Juan Cavestany en Un efecto óptico, una película que se desarrolla en sucesivos bucles temporales a la manera de Atrapado en el tiempo (1993). La película es un viaje tan extenuante como ligero y divertido en un collage de referencias externas (a la cultura pop, al turismo, a los cuentos populares, a otras películas) e internas (roles que se intercambian, situaciones que se repiten y varían). En cada bucle, estas referencias internas se complican. Todo un experimento sobre la noción de “referente” y sobre cómo la imagen lo puede enrarecer hasta llevarlo mediante bucles sucesivos al territorio de lo fantástico. Otra película que juega con las convenciones del cine de género para extrañarnos es The Trouble with Being Born. Sandra Wollner, la directora de An Imposible Picture (ver crítica en la crónica de Filmadrid 2017), plantea una trama de ciencia ficción sobre un androide para hablar de la identidad y de la memoria. No obstante, la película tiene un tempo y unas maneras que se esfuerzan por intelectualizar el género no se sabe hasta qué punto con justificación.

Yellow Cat, de Adilkhan Yerzhanov
Yellow Cat, de Adilkhan Yerzhanov

 

Para terminar, el director colombiano Camilo Restrepo presentó Los conductos, una película sobre sectas interpretada por su propio protagonista pero que se eleva a una retórica metafísica gracias a su estética barroca, de un claroscuro agobiante. Al claroscuro juega también el cortometraje de Pedro Peralta, Noite Perpetua, para hablar de la Guerra Civil en el espacio doméstico pero sin hacer mucho más que un ejercicio de tensión y estilo. Puestos a sumergirnos en estéticas manieristas, la mejor película fue el cortometraje de Bell Zhong, Having a Good Time. Una película que remite constantemente, quizás demasiado, a los referentes de Zhong, pues estamos hablando de nada menos que del asistente de dirección de Largo viaje hacia la noche (Bi Gan, 2018) y de El lago del ganso salvaje (Diao Yi’nan, 2019). Frente a estas películas, la obra experimental de Peter Strickland, Cold Meridian, destaca aún más, abordando nuevos usos del sonido con los que, en solo 6 minutos y en combinación con las imágenes más cotidianas y dispares, producir una extraña inquietud. Así es como un año más la sección Zabaltegi-Tabakalera vuelve a tomar el pulso a las tendencias y estéticas más fascinantes del presente.

Los conductos, de Camilo Restrepo
Los conductos, de Camilo Restrepo

 

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