STEVE
Lo personal y lo social
La coincidencia en cartelera y streaming respectivamente de Small Things Like These (2024) y Steve (2025), ambas dirigidas por el belga Tim Mielants y con Cillian Murphy como protagonista (además de con Emily Watson en un papel secundario), dan que pensar que la existencia de la segunda de estas dos películas bebe en gran medida de la relación cinematográfica que se estableció entre director y actor durante la anterior. Mielants fue el director de la tercera temporada de la serie Peaky Blinders (2013-2022), protagonizada por Murphy y que precisamente tendrá continuidad en la plataforma distribuidora de la película que nos ocupa, y también recibió el encargo de dirigir las dos primeras producciones de la compañía Big Thing Films, propiedad del oscarizado actor.
Un matiz que se diría importante para el planteamiento de la segunda de estas producciones: Steve, adaptación de la novela corta Shy (2023) escrita por Max Porter y protagonizada por Murphy, quien también ejerce como coproductor. Un proyecto personal al parecer largamente acariciado por el justamente reputado actor, que enroló al autor de la novela para adaptarla en calidad de guionista tras trabajar juntos en otra adaptación teatral, esta para el teatro, de su opera prima titulada El duelo es esa cosa con alas (2015). Aunque Shy y Steve se plantean desde perspectivas muy diferentes, distanciándose la una de la otra a causa de la omnipresencia de Murphy y del personaje que interpreta, hasta desequilibrar la película haciéndola muy irregular y hasta fallida.
“Uno de los buenos”, “un capullo” o, según sus palabras, alguien “muy, muy cansado” son algunos de los intentos propios y ajenos por definir a Steve (Murphy) y su labor como director de un reformatorio para adolescentes, situado en una vieja mansión de valor histórico erigida en la campiña inglesa. La identidad de Steve y el por qué de su entrega por una causa social que parece al filo del naufragio son los dos enigmas sobre los que pivota narrativamente la película. Su título homónimo funciona prácticamente como una declaración de principios: casi todo lo que ocurre y lo que se muestra en Steve pasa por el personaje interpretado por un esforzado Cillian Murphy al filo de un one man show.
Un planteamiento narrativo con similitudes pero resultados muy diferentes al propuesto por el excelente original literario en el que se basa el filme de Mielants, una novela narrada en primera persona por el desequilibrado adolescente que le da título. El Shy de la novela es joven torturado por mil y un malos pensamientos que se agolpan en su mente, y que el novelista Porter reflejaba entre otros méritos desde una estructura aparentemente tan desorganizada como su psique, capaz incluso de afectar el diseño de algunos de sus pasajes escritos, y que poco a poco iba adquiriendo un sentido propio, afín al perturbado estado emocional de su protagonista. Pero si en el original literario la presencia de Steve y demás personajes era un telón de fondo para el atrapado narrador adolescente, en el filme de Mielants se invierte la ecuación para hacer de Steve el transmisor de todo lo que en él ocurre, dejando a Shy (Jay Licurgo), y al resto de jóvenes residentes del reformatorio en segundo y unidimensional plano de importancia.

No es la única diferencia entre lo que explica la novela corta y lo que narra la película. Pese a contar con el mismo Max Porter como adaptador, Steve funciona como la antítesis de Shy, hasta el punto en el que podría llegar a funcionar como complemento secundario en un club de lectura sobre ésta última. La muy superior novela de Porter funcionaba como un diario desde el cual su protagonista intenta explicarse a sí mismo mediante un ininterrumpido delirio psicológico a ritmo del Drum n’bass que Shy escucha compulsivamente y en el que conviven (o malviven) pasado y presente. Mientras que la entretenida y bien interpretada película de Mielants describe a su protagonista Steve a través de sus gestos y permanente agotamiento físico, ingiriendo tranquilizantes y tras la atenta mirada de una cámara nerviosa que serpentea a su alrededor pisándole los talones y describiendo su tormentosa jornada laboral a partir de una narración lineal.
Como opción escénica la decisión de Mielants parece coherente con su retrato del estado de ansiedad del protagonista de la película, y se ve apoyada desde diferentes frentes como pueda ser la voluntad naturalista de la fotografía de Robrecht Heyvaert mantenida durante buena parte del metraje, el montaje a veces sincopado de Danielle Palmer o la urgencia que impone la historia que en ella se cuenta como una cuenta atrás. Ambas versiones coinciden hasta cierto punto en situar su acción a mediados de la década de los noventa y, más en concreto, en un instante crítico para la institución en la que coinciden Shy y Steve por encontrarse a punto de cerrar, bajo el escrutinio de un equipo televisivo que alimenta la envenenada polémica política que rodea la efectividad económica del centro, financiado con dinero público. La amenaza de cierre y las enormes dificultades para gestionar a los jóvenes que viven en él para reintegrarse en la sociedad, sitúan a Steve y demás equipo docente al límite de la quiebra emocional que parece haberse adueñado de su alumnado. Lo que siendo Steve el transmisor de prácticamente todo lo que ocurre en la película, se traduce en una puesta en escena ruidosa y cuyo nerviosismo parece a punto de colapsar, sostenida sobre los hombros del actor que la protagoniza.
Pero esta apuesta por la tensión formal como generadora de empatía para con la buena causa del reformatorio y de quienes viven y trabajan allí sitúa a Steve muy cerca de ser lo que cuestiona. La lógica del equipo de periodistas sin escrúpulos que invaden el espacio del centro, y que más que explicar pretende espectacularizar lo que en él ocurre, se contagia peligrosamente al filme en su totalidad. Es significativo que cuando mejor funciona Steve es cuando aligera la presión de visos redentores que se autoimpone el protagonista para repartirla con los demás miembros del equipo de docentes y psicólogos que trabajan en el centro. El hacer del director del centro el epicentro del drama desdibuja el resto de tramas secundarias, reduciendo a algunos de los jóvenes internados en meras caricaturas hasta el punto en el que sus reacciones personales resultan no tanto disfuncionales como aparentemente arbitrarias para quienes no hayan leído el libro original. Y es una pena, porque su presencia y las del claustro del equipo de profesionales formado por Amanda (Tracy Ullman), Jenny (Watson) o Shola (Simbi Ajikawo), todas ellas excelentes, oxigena hasta cierto punto una situación límite en la ficción y también a la película en su conjunto bajo un planteamiento menos personalista y más socializado. Uno más acorde con los principios que defiende su protagonista, y menos dependiente de su trauma personal para funcionar simultáneamente como la obra de alto voltaje dramático y político que late en su interior.
Steve (Irlanda y Reino Unido, 2025)
Dirección: Tim Mielants/ Guion: Max Porter, según su novela Shy/ Producción: Alan Moloney y Cillian Murphy para Big Thing Films/ Dirección de fotografía: Robrecht Heyvaert/ Montaje: Danielle Palmer/ Música: Ben Salisbury y Geoff Barrow/ Reparto: Cillian Murphy, Tracey Ullman, Emily Watson, Jay Lycurgo, Simbi Ajikawo, Douggie McMeekins.

