UNA BATALLA TRAS OTRA
Un latido revolucionario

Una batalla tras otras (Paul Thomas Anderson, 2025) es una cascada ininterrumpida de imágenes sublimes, un súbito clímax uno tras otro, una manierista concatenación de impactos por montaje corte tras corte hasta su cierre. De hecho, la película comienza con la idea de la detonación. Los explosivos son en primera instancia una expresión del éxtasis en el que se encuentran embriagados de amor los personajes de Bob y Perfidia en una completa exaltación de los ideales revolucionarios. Pero también —como se dice y se sugiere— el detonador es aquel que se introduce en el orificio, explotando y germinando en un bebé. Tan solo el breve plano de la familia recién fundada reposando en la cama supone el único momento de calma antes del frenético caos. Y es que, tras la huida de Perfidia del hogar, con la consiguiente ruptura del núcleo familiar, se produce de manera seguida la quiebra de los sueños utópicos del grupo del 75 francés —puesto en escena con el corte de un plano tras un súbito disparo y posterior muerte de un agente—.
La idea del fracaso de los valores revolucionarios por la ceguera ante cierto fanatismo está directamente relacionada con la abierta y amplia mirada que destila Paul Thomas Anderson en esta película, en donde se presta atención a los anhelos de todas las criaturas por igual, incluso hasta la más despreciable. Porque, como sucede con el monstruoso y grotesco personaje que interpreta Sean Penn —cuando este intenta entrar primero con un ramo de flores en donde está Perfidia y, ante la negativa, vuelve al coche a coger un ariete con el que derribar la puerta—, el director sigue con apego los deseos y las imposibilidades de todos sus personajes mientras transita en una electrizante mezcla de sátira negra y romanticismo desesperado. Una estimulante y valiente declaración de intenciones pues, a través de todas las persecuciones y de todo el bombardeo de explosiones dramáticas, consigue llevarnos al límite para mostrarnos lo verdaderamente importante que ya declaraban sus imágenes.

Después de 16 años, aquellos revolucionarios que perdieron la batalla se encuentran ahora escondidos y son las fuerzas militares comandadas por el personaje de Penn las que despliegan su poder opresor contra ellos y contra los inmigrantes en Estados Unidos. Invertido entonces los roles, Paul Thomas Anderson encuentra en el asfalto el perfecto escenario del oeste —con su correspondiente frontera (México), “mestiza” y “piel roja”—, en el que las minorías multiculturales son perseguidas por los dementes valores supremacistas fundadores de la nación. Un paisaje convulso de redadas criminales en el que en el centro está la búsqueda y reencuentro de Willa (la hija de aquellos revolucionarios) que deja en su persecución una estela llena de relieves y pistas sobre la difícil situación que se vive. Frente a esta, las organizaciones y las sociedades fracasan al ponerse por encima de los individuos y las personas.
El miedo gana frente al amor y la libertad, como cuando un paranoico y desaliñado Bob vigila a través de la ventana desde dentro del hogar-refugio a su hija en el exterior, imprimiendo un régimen controlador y sobreprotector sobre la misma. El mismo miedo del que se nutren las fuerzas armadas para que los amigos de Willa la traicionen desvelando su teléfono. Y de la misma manera, cuando Bob necesita urgentemente la ayuda de los estertores del 75 francés para encontrar a su hija, estos sin embargo no ayudan al desvalido individuo —señalando mientras la amenaza con el enfoque a un cuadro de un tigre acechando a su espalda— al no acordarse de la contraseña y ni del reglamento que se precisa. Y mucho más exacerbado hasta la sátira resultan los puros y blanqueadores requisitos que Los amantes de la Navidad imponen para entrar en su sociedad nazi —presentados a ritmo de «Hark! The herald angels sing» (“¡Oíd! Los ángeles mensajeros cantan”) junto con una apacible y controlada naturaleza muerta de fondo—. Una organización a la que el personaje de Sean Penn aspira a acceder, pero que, en su intento, acaba siendo despojado de su poca humanidad, convertido en un terminator y liquidado por incumplir los parámetros que se demandan con los métodos que honran a la sociedad —su debida cámara de gas y crematorio—. Todo un conjunto de escenarios y situaciones que se explotan con planos cerrados y un montaje paralelo.

De entre toda esta vorágine, surge el personaje de Benicio del Toro como único referente al prestar su ayuda al individuo y rescatarle a cada oportunidad de las fauces de la coyuntura presente. “No estás respirando” señala cercanamente a Willa, mientras la entrena a la futura esperanza de la revolución en el Kárate. Y es precisamente esta dirección la que toma el filme, tal y como indica la letra de «Shut Up and Dance»: “This woman is my destiny”. Así, cuando llegamos a su media hora final, de manera brillante, todo aquel montaje en paralelo que representaba la lucha interna del individuo se acaba simplificando en lo nuclear y se traduce en los latidos de un padre que teme ante la pérdida de su hija. Un pulso que se corta sin aliento entre cada cambio de escena cuando Bob se acerca al coche volcado y Willa en la cabaña está esperando a ser asesinada. Y, seguidamente, toda esa apabullante persecución final con los cambios de rasante subiendo y bajando emula una representación visual de la frecuencia de un latido acelerándose como una bomba en su cuenta atrás. Serán esos mismos pálpitos los que hagan a Willa reconocer a su padre en el momento final —haciendo referencia a Centauros del desierto (John Ford, 1956), también con la incertidumbre ante la posible tragedia, cuando de manera inversa Ethan coge en brazos a su sobrina—. Es así como Paul Thomas Anderson consigue con la acción expresar lo íntimo. En la escena final, Bob —el antiguo paranoico y prohibidor de celulares— se encuentra haciéndose un selfie con flash y su hija sale a una manifestación por la puerta —ahora sin supervisión—. Se cierra así el sentido de las imágenes de Una batalla tras otras, uno que nos dice que para que la revolución triunfe hay que liberarse antes del miedo y preocuparse de las personas.
Una batalla tras otra (E.E.U.U., 2025)
Director: Paul Thomas Anderson / Guion: Paul Thomas Anderson / Director de fotografía: Michael Bauman / Montaje: Andy Jurgensen / Música: Jonny Greenwood / Productoras: Warner Bros, Ghoulardi Film Company / Reparto: Leonardo DiCaprio, Sean Penn, Chase Infiniti, Benicio del Toro, Teyana Taylor, Regina Hall

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