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TE SEPARAS MUCHO

La forma fílmica del querer

Te separas mucho. Revista Mutaciones 2

Hay algo instintivo en querer conservar al sujeto amado. La cámara es un medio eficaz para hacerlo. Apretar el botón de grabar como forma extendida de afecto. Amarse a través del cine. Los gestos cotidianos, los lugares comunes, las conversaciones diarias; todo lo que remite al otro merece ser preservado. A cada separación la sobrevive, entonces, un archivo extensísimo de vida compartida; imágenes que quizá nacen de un pensamiento trágico: ser consciente de que estos fragmentos de ternura no serán para siempre, adelantarse a la necesidad futura de tener un medio con el que evocarlos cuando el otro ya no esté.

Te separas mucho (Paula Veleiro, 2024) parte de esa acumulación visual, de lo único que la separación no puede arrebatar. La directora revisita las imágenes que filmó, a lo largo de diez años de relación, con la que fue su pareja, para construir una película que funciona como una suerte de ensayo visual sensible sobre el cine, el amor y las formas en que ambos se interpelan. Paula y Joy deciden dejar de caminar juntas justo 30 años después del divorcio de los padres de la directora: José Luis y Mari Luz se separaron en 1989; ellas, en 2019. Son varias las coincidencias de ambas separaciones —quizá porque hay cierta universalidad a la hora de enfrentar el fin o, si se es más optimista, la transformación del amor. Pero hay un paralelismo particular: padre e hija quisieron a través de la cámara, y también recurrieron a ella a la hora de enfrentar el duelo.

La película pone en diálogo ambos archivos, incitando a una primera reflexión respecto a la especificidad formal de las imágenes. José Luis utilizaba el zoom de forma insistente, los contornos de los objetos se perdían en esa ampliación desmedida, como si pretendiera ir más allá del cuerpo. Los videos de Paula revelan que fueron grabados en otro tiempo: los ancla a la actualidad ese gesto de autoexposición que solo permite la cámara frontal. Son varios los planos en los que aparecen juntas y hablan directamente a cámara. Resulta llamativa la motivación detrás de esas confesiones: se mandaban recordatorios a ellas mismas, a las que serían en un futuro. Advertían que aquello que tenían era importante, como si las que fueron en el momento de la grabación pudieran ver con más lucidez que las que serían después. En cierta forma, delegaban en la cámara la responsabilidad de sostener el vínculo: quizá tener un registro de la relación pueda servir para convencer a quienes aparecen de que vale la pena dar continuidad a esas vivencias. Filmar se vuelve así un acto paradójico: es la forma de sortear el fin, pero, a su vez, en el intento por evitar esa eventual pérdida, no puede dejar de anunciarla, de contemplarla como posibilidad.

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En lo formal, la película juega con distintas estéticas visuales sin jerarquizarlas—analógicas, digitales, actuales y pasadas, evitando cualquier intento de homogeneización y subrayando la especificidad material de cada imagen: el grano visible, los fallos de tracking, la saturación desigual o el sonido ambiente se mantienen como parte integral de la narrativa. El archivo se presenta como un campo sensible, afectado por el paso del tiempo, cuya fisicidad aporta una dimensión emocional al relato. Esta diversidad formal se refuerza con un montaje que evita la linealidad cronológica y apuesta por una estructura fragmentaria, haciendo justicia al modo en que la memoria afectiva se articula —parcial, discontinua, no siempre fiable. Las grabaciones del padre irrumpen sin transición en los registros más recientes filmados por la hija.

La voz en off de la directora —anclada en el presente del montaje— actúa como hilo conductor. Convierte sus propias vivencias en material de análisis y narra como si en el acto mismo de ver las grabaciones se le revelaran matices y capas de significado que antes se le resistían. Más que explicar lo que se muestra, parece estar pensando a tiempo real: observa, duda, se corrige. Escucha las imágenes tanto como las enuncia. La forma en la que se construye la voz en off está profundamente condicionada por las grabaciones que la preceden: Veleiro, en varios momentos, parece narrar en diálogo con la que fue en las cintas de su padre. Elige fragmentos de infancia en los que aquello que decía está en perfecta sintonía con lo que hace reflexionar a la mujer adulta, como si esas expresiones infantiles ya contuvieran, veladamente, las preguntas y dudas que desde el presente intenta responder.

La película puede leerse como una capa más del duelo. Tras una separación, tiende a darse una reconstrucción obsesiva de los hechos en busca de explicaciones que permitan comprender lo que en esos momentos parece incomprensible: por qué hubo un final y cómo continuar después de él. Te separas mucho traslada este ejercicio de revisión y esclarecimiento al lenguaje cinematográfico y, en ese proceso, fantasea —como suele ocurrir en cualquier duelo amoroso— con la posibilidad de reconciliación: “me di cuenta de que la única manera de recuperarla era, también, a través del cine; quizá si reconstruyo la historia, comparándola con la de mi madre y mi padre, evitando los errores que cometieron tres décadas atrás, pueda hacer que Joy vuelva conmigo”.

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El diálogo entre ambos archivos cobra sentido más allá de esta voluntad confesa de no repetir errores: supone el regreso a un lugar inaugural, en el que la directora descubrió el valor afectivo de la cámara. Las cintas de sus padres no solo registraron el final de un matrimonio, también instauraron la asociación entre filmar y querer —que ella interiorizó como propia y que explica una parte sustancial de lo que fue su relación. Al inicio de la película se enuncia sin titubeos: “Joy y yo nos quisimos mediante el cine”. La cámara es un medio para cuidar, preservar y hacer trascender el vínculo, pero, sobre todo, una forma de amor heredada. Si fue su padre quien la enseñó a querer mediante la cámara, resulta lógico que también recurra a él para aprender a cómo dejar de hacerlo, para enfrentar la pérdida del objeto fílmico. Querer y mirar a través del visor fueron actos simultáneos; por eso, la pérdida de la relación se convierte también en una pérdida parcial de la visión. La ruptura es extensible a lo visual: es, también, la renuncia a generar imágenes nuevas o, al menos, a hacerlo como hasta entonces —seguir filmando exigiría ahora aprender a mirar de otro modo.

De ahí que la mirada se desplace hacia el archivo: lo ya filmado se convierte en el único territorio posible para fijar la intimidad compartida. Partir de las grabaciones que se construyeron en paralelo al vínculo conduce, inevitablemente, al terreno de la ficción; es tenderse una trampa cruel, condenarse a idealizar una complicidad que ya no existe —y que, a decir verdad, nunca existió en los términos que la cámara asegura. La imagen está reñida con la objetividad, hay un sinfín de decisiones deliberadas que la atraviesan: cuándo grabar, qué mostrar, desde dónde mirar. Toda documentación visual contiene, en cierto grado, una ficción, por mucho que aspire a ser un retrato fiel de lo real. Que la película se construya a partir de estos fragmentos —que no son representativos de la totalidad de la relación— es, como confiesa la propia directora, lo que hace trágica la pérdida de ese amor: solo hay verano, vacaciones y ternura.

Es fácil señalar una tendencia a la idealización por el uso de un archivo que, por fuerza, es parcial, pero conviene apuntar que este carácter ficcional no una fragilidad del film, sino lo que permite establecer una conexión directa con la forma en la que opera la memoria y el duelo. Las rupturas convierten la relación pasada en una ficción: la memoria se vuelve fragmentaria y evoca tan solo los momentos dignos de añoranza —aquellos que ocurrían de forma puntual, pero que ahora se presentan como si hubieran sido una constante. Te separas mucho asume esa parcialidad como una condición inevitable, tanto de la memoria que evoca como del montaje que organiza los restos visuales del vínculo. No pretende ser un registro integral de lo vivido, sino una herramienta que replica los mecanismos del recuerdo: selecciona, omite y reordena. Con esta decisión, la película no traiciona la experiencia que representa, sino que la expone en consonancia con el modo perceptivo en el que se sumerge quien la atraviesa. En su forma de trabajar con lo parcial, encuentra una vía de acercamiento genuina a la vivencia: lo que podría leerse como una carencia formal se revela como una decisión coherente con la lógica emocional del proceso que retrata.


Te separas mucho (España, 2024)

Dirección: Cecilia Atán, Valeria Pivato / Guion: Cecilia Atán, Valeria Pivato / Producción: Fernanda del Nido, Juan Pablo Miller, Cristina Zumárraga (Tarea Fina / Setembro Cine / Tandem Films) / Fotografía: Sergio Armstrong / Montaje: Teresa Font / Música: Federico Jusid / Sonido: Diego Staub / Reparto: Maricel Álvarez, Angelo Mutti Spinetta, Cristina Banegas, Greta Fernández

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