MI AMIGA EVA
Un personaje como amiga
Es una sensación agradable la de apreciar una película por su contenido humano. Quizás es también agradable, porque posiblemente esta sensación esté algo olvidada. Cesc Gay, sin descansar en las virtudes de la forma, asienta Mi amiga Eva en la empatía, ternura y humanidad que despierta su protagonista, Eva; características que, al menos en parte, comparte y debe a la actriz que le da cuerpo y espíritu: Nora Navas.
La película está ensamblada con humildad alrededor de un personaje al que el director quiere e, incluso, puede decirse que considera su amiga (o así lo da a entender su título). Eva es un personaje completo, no construido a través de las fuerzas adversas sobre las cuales se escriben otros protagonistas que cuentan con defectos a la altura de sus virtudes. Eva es un personaje tan normal como lo puede ser cualquiera, pero a su vez es excepcional. Dejarlo todo, cuando además es aparentemente confortable (sin ningún conflicto abierto), por la persecución de un sentimiento que ya tiene olvidado es el rasgo central de Eva, quien por ello demuestra ser, a la vez, romántica, sincera, naif y, sobre todo, valiente. Como antes lo hiciera (y en repetidas ocasiones) Jane Wyman en las películas de Douglas Sirk, la sinceridad de Eva le hace apostar por el amor, aunque los que la rodean no sean capaces de entenderlo. Pese a que otros consideren su decisión poco práctica, incluso un arrebato, Eva la toma y lo hace convencida, no porque sea incapaz de entender o imaginarse las consecuencias de su apuesta, sino porque es incapaz de seguir viviendo sin sinceridad.

Pero Cesc Gay no toma el tono de Douglas Sirk y se muestra, quizás, más cercano (aunque con sus diferencias) a aquellas comedias románticas de Woody Allen que sucedían en las calles de Nueva York. El director no aborda la ruptura de Eva con su vida como algo trágico, sino como una vivencia. Salvo un primer enfrentamiento en el que Víctor (Juan Diego Botto) se enfrenta a su mujer por haber dado a entender que ya no está tan enamorada como antes (y además delante de los amigos), el realizador rehúye la confrontación para conducir la búsqueda de Eva a través de lo constructivo. Cuando algo parece que va a suponer una gran pelea o un gran obstáculo (como cuando los hijos la sorprenden con el padre de una amiga de su hijo con el que ha pasado la noche), Cesc Gay sorprende al espectador, no derivando en una pelea entre hijos y madre, sino enfatizando en la comprensión de la hija mayor, que para no abochornar a su madre y mostrarle su cariño se ofrece a preparar el desayuno con ella.
Esta “ligereza” en el tratamiento encierra a su vez un componente altamente político o moral (en el sentido fílmico) que también puede verse en las otras películas del director. Cesc Gay opta por la construcción en vez de por la destrucción para hacer avanzar la trama y propone así, a su manera, una forma cinematográfica que contraviene, o al menos ofrece como alternativa, algo que difiere del estándar que algunos tienen de que “es la trama la que hace avanzar el conflicto”.

También hay política en la transición entre los idiomas castellano y catalán, y la ausencia total de ningún conflicto al respecto. Los personajes transitan naturalmente de uno a otro, sin que esto suponga ninguna segregación, más bien al contrario. Esto es otra muestra más del entorno plural del que es parte y en el que vive Eva (y que quizás comparte con el realizador) donde las diferencias no dividen, sino que enriquecen a la sociedad. Puede que esto pueda darse más fácilmente en los cosmopolitas (y algo burgueses) barrios como el de Gracia de Barcelona y que no sea tan extensible (o al menos tan fácilmente) a otros barrios y ciudades de España o del mundo. Sin embargo, el hecho de que el director lo muestre de esta forma (es decir, con total cotidianidad) puede considerarse que es reflejo del mundo en el que él habita, pero también, que lo muestra así no porque considere que es así, sino cómo debería ser o podría ser un mundo pluricultural como es el de este país (y muchos otros).
La ausencia de conflicto tiene también una traducción más puramente formal. El tratamiento del tiempo narrativo que se hace a través del montaje en Mi amiga Eva destaca por no enfatizar en ningún momento el paso del tiempo; todo aparenta que ocurre en muy poco tiempo, cuando en realidad la historia abarca una duración considerable. Una secuencia y la siguiente pueden parecer casi sucedidas en el mismo día o en la misma semana, pero a través de pequeñas pistas que da el director (como un cambio en el corte de pelo o una línea de diálogo) deja constancia que han pasado semanas o meses y demuestra que los eventos de la narración no han sucedido en un lapso tan cercano como aparentan. Con momentos como aquel en el que Eva y Álex (Rodrigo de la Serna) se reencuentran, él le dice “te veo cambiada” y ella le reconoce que en realidad ya ha pasado mucho tiempo. O como cuando el director muestra que, de hecho, la crisis matrimonial tiene sus raíces más atrás cuando los amigos de Eva descubren que visita pisos sola para imaginarse cómo sería vivir allí sin Víctor, no solo desde la pelea en la cena, sino desde mucho antes, cuando murió su padre. Cesc Gay consigue una uniformidad del tiempo en ese aparente otoño mediterráneo eterno para que los espectadores, de la misma forma que los personajes, sean capaces de descubrir todos los cambios y la imposibilidad de volver atrás solo cuando ya ha pasado mucho tiempo.
Con todo ello y, justamente, mediante sus formas sutiles, su personaje rico en matices y la interpretación de Nora Navas, Cesc Gay consigue que el desenlace final produzca en el espectador una alegría similar a aquella que sinceramente se siente cuando a un amigo, por fin, le están saliendo bien las cosas.
Mi amiga Eva (España, 2025)
Director: Cesc Gay / Guion: Cesc Gay, Eduard Sola / Director de fotografía: Andreu Rebés / Montaje: Liana Artigal / Música de: Arnau Bataller / Producción: Marta Esteban, Laia Bosch / Reparto: Nora Navas, Juan Diego Botto, Rodrigo de la Serna, Àgata Roca, Francesco Carril
