CRÓNICA NEST FESTIVAL SAN SEBASTIÁN 2025
Contra la institucionalización
La sección Nest de cortometrajes del Festival de San Sebastián se presenta como un nido en el que incubar el cine del futuro. Bajo la propuesta de armar su programación con cortometrajes exclusivamente salidos de escuelas de cine de todo el mundo, parece un intento algo utópico de imaginar el cine que está por venir ahí, encerrado en las instituciones y el hermetismo de la academia y dictado por currícula y programas de estudio. El resultado de Nest 2025 son 14 cortometrajes divididos en 6 sesiones, todos acompañados de sus respectivos realizadores y realizadoras que, en líneas generales, abren la mirada hacia mundos distintos y en ocasiones traen propuestas de puesta en escena más interesantes que los largometrajes que compiten en secciones más grandes. En la muestra, algunos temas se asoman como puntos de encuentro entre los directores de diferentes partes del mundo. El estudio del cuerpo humano frente a la naturaleza se presenta como un canalizador del deseo no consumado. En That Summer I Got Accepted to University (Alexandr Belov, 2025) y Only Making Out (Marlon Weber, 2025) la cámara rodea los cuerpos humanos que se tensan y estiran, mientras que logra detenerse en el soplar del viento o el repiqueteo de la lluvia en el río. Sus protagonistas atraviesan una no-comunicación corpórea, en constante movimiento y tensión frente a lo inmutable de la naturaleza. Llena de fisicidad, A solidão dos lagartos (Inés Nunes, 2025) lleva al extremo el estudio paisaje-cuerpo. La piel bronceada y salada enmarcada en planos detalle se confunde con los planos generales de la arena de las dunas. Al anochecer, se convierten en escondites del deseo y la soledad, con un distanciamiento y tratamiento de los cuerpos que arrastran la atmósfera de La ciénaga (Lucrecia Martel, 2001) o Vivir Mal (João Canijo, 2023).

Es refrescante asistir a propuestas que investigan la forma cinematográfica y plantean un espacio de juego y prueba-error dentro del cortometraje. So ist das Leben und nicth anders (Lenia Friedrich, 2025) utiliza la animación como un collage físico sobre otros sobre los espacios que una vez habitó la protagonista y perdió, y donde las imágenes parecen recortes pegados unos sobre otros, tapando capas y capas de recuerdos que se van revelando. O Le continent somnambule (Jules Vésigot-Wahl, 2025) que se apoya en un fotorelato para construir una historia de suspense en clave western. Porque quizá lo más esperanzador de la mayoría de cortometrajes es su apoyo y confianza infinita hacia el sonido. Así, la pieza más corta, How to Listen to Fountains (Eva Sajanová, 2025), se corona como quizá la más libre de todas, componiendo una sinfonía de imagen y sonido sobre la degradación del arte situado en los espacios públicos, que permanecen como ruinas de las ciudades gentrificadas. En este diluir de las formas asistimos también a la hibridación de ficción/no-ficción, que coloca el foco en los retratos rurales. Daru/n (Benjamin Hindrichs, 2025) y The Old Bull Knows, Or Once Knew (Milan Kumar, 2025) deciden fijar la cámara a la tierra que pretenden retratar, alejándose de sus personajes principales para crear espacios vacíos en universos en peligro de extinción. Además, ambas le dan peso a la palabra como columna vertebral del relato, uno imprimiéndola dentro de la imagen, otro dejando paso a la lengua materna indígena como hilo conductor del relato y la memoria histórica que, sin embargo, se distancia demasiado de sus testimonios en un afán de buscar un preciosismo impostado. Aun así, el mayor interés de los autores parece gravitar hacia las relaciones intrafamiliares. En un ejercicio de empatía desbordante, Casa chica (Lau Charles, 2025) aborda la soledad en la infancia bajando la cámara ya no solo a la altura de los ojos de los niños, sino más abajo, a todo el mundo sonoro que solo ellos escuchan, a los pequeños objetos que ellos les dan importan pero los adultos no, otorgándoles a los dos hermanos su propio punto de vista. Son dos hermanos también los protagonistas de Habitat Hotel (Marina Xarri, 2025), que viven en secreto en un hotel que bien podría estar en medio de Twin Peaks, con personajes lánguidos y una puesta en escena voyerista de teleobjetivos que difuminan la línea del humor y el drama entre la moqueta aterciopelada y las manchas de humedad de las paredes.

Sin cuestionar la riqueza de miradas y los riesgos que algunos cortometrajes se lanzan a asumir, un elemento latente asoma a lo largo de las proyecciones. La mayoría de los cortometrajes están filmados en película y después digitalizados. Esta repetición del uso de fotoquímico confunde un poco en una categoría que pretende a toda costa mirar hacia el futuro. Los realizadores menores de 30 aluden a una nostalgia falsa, ideada e imaginada (¿acaso alguien nacido en los 2000 sueña y recuerda en fotoquímico? ¿No están todos sus recuerdos capturados en vertical, con un zoom interno que pixela las facciones de su rostro?). Maman danse (Mégane Brügger, 2025), que escapa esta tendencia apoyándose en archivos digitales familiares, en pdfs y paseos por Google Maps para reconstruir los recuerdos olvidados por el trauma es, en este sentido, más honesta y cercana que el bello y cuidado formalismo de sus compañeros. Encerrados en formatos cada vez más cuadrados y compartiendo el mismo grano, la imagen va perdiendo poco a poco una identidad propia, los directores pierden libertad y los directores de fotografía pierden el control del procesado de la luz y el color, empeñados en adscribirse a una moda pasajera y que casi siempre carece de justificación narrativa. Una tendencia cara que aleja a los jóvenes de encontrar nuestros propios hitos discursivos y tecnológicos, y que rema en contra de la libertad y la democratización que trajo el digital, acercándose cada vez más a una nostalgia peligrosa, ageneracional y falsa.
