Estrenos

APRIL

Esculpiendo el vacío

April. Revista Mutaciones - 1

A partir del negro de la nada y el todo (por ser) emergen de la pantalla de cine dos hálitos. Uno crepuscular, la respiración lenta y exhausta de una criatura, y otro más ágil y fresco, el del líquido en su fluir. Ese encuentro parece susurrarnos la inherencia entre vida y muerte. Ensamblando con esta idea troncal, el siguiente fotograma da a luz en su oscuridad a media figura estática y su reflejo. Una escultura carnosa sin rostro -humana y animal- de encorvada derrota, que exuda aislamiento y fragilidad en un margen del plano fijo. Su deformación y textura evocan la obra de Francis Bacon, aunque se diría que Dea Kulumbegashvili nos guía por la obertura de su segunda película April (2024) esculpiendo el vacío como Giacometti, en busca de capturar la esencia de la condición humana en su Georgia natal. En este caso, la experiencia femenina dentro de una sociedad patriarcal, preñada de violencia y hostigamiento hacia ellas.

La obra, ganadora del Premio Especial del Jurado en el Festival de Cine de Venecia, radiografía el día a día, hostil, de una obstetra en un pequeño pueblo del Cáucaso, Nina (Ia Sukhitashvili). En su presentación, la directora nos enfrenta de manera descarnada y frontal, sin filtros que eroticen o romanticen, a un parto real donde el bebé fallece, sangre enraizada de sí que no llora al nacer. Fuera del hospital, Nina practica abortos clandestinos y presta atención ginecológica a las campesinas privadas de derechos fundamentales, lo que la sume en un clima insoportable de constante amenaza.

April. Revista Mutaciones - 2

La investigación que se inicia contra ella no solo es por una posible negligencia, sino por ser una mujer que desobedece el orden establecido. Sus consecuencias físicas y psíquicas las encarna el ser grotesco de imagen alienada que habita, al igual que la protagonista, entre la orilla de un mundo bruno más allá del tangible y el de colores saturados del campo de amapolas. De este último, la silueta sombría de Nina es empujada, cual sobrante, casi fuera del marco de su propio espacio. Eros y Tánatos en continuo devenir. Rojo humilde en vaporosas cortinas, coches o flores silvestres, como presagios de peligro.

En un ejercicio de estilo minimalista y contenido, acorde con las emociones de los personajes, la cineasta cincela la opresión y la tensión permanente de los cuerpos violentados con un formato cuadrado que constriñe el espacio y propicia la angustia, una escasez de luz, y unos escorzos desasosegantes y sin salida. Además, la inestabilidad de los planos (reflejo de Nina y su entorno) y un punto de vista subjetivo permiten la identificación del espectador con su experiencia, como en los trayectos nocturnos en su auto por carreteras rurales, donde padecemos la pulsión del sexo furtivo. A todo ello se añade la fragmentación de partos y abortos en tomas fijas a tiempo real, o el alargamiento del malestar mediante el acto de depositar la información en los fuera de campo. El fundirse de Nina (y fundirnos) con la naturaleza salvaje y tormentosa a modo de escape de sí y de todo, o los puntos de fuga en pasillos, mesas, caminos y ventanas, amplifican la sensación de encierro, de quien sufre sin escapatoria.

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Tras la aclamada Beginning (2020) y marcada por una investigación de varios años sobre estas realidades en su país de origen, Dea Kulumbegashvili vuelve con un trabajo explícitamente corpóreo. Como si en su proceso artístico explorara junto al espectador no solo ¿qué significa físicamente para las mujeres existir en este mundo?, sino que aspirase a que esa experiencia corporal trascienda la pantalla y nos agite con el fin de activar un cambio sistémico. En su esfuerzo, talla sobre el vacuo del silencio institucional, de la soledad, del ultraje, del estigma y del dolor de estas mujeres, y nos presenta una banda sonora (del compositor experimental Matthew Herbert) que, a través de instrumentos creados con el esqueleto de un caballo, construye el tejido acústico de un filme que arropa lo silente, al tiempo que consigue -con la ayuda de la cámara subjetiva- que sintamos la respiración de Nina como propia.

El sonido es quizá uno de los elementos más cuidados del dispositivo: no hay música subrayando emociones, solo aliento, resuello, ruidos orgánicos y tribales, ecos del entorno y mutismos extensos que se convierten en parte del relato. Esta decisión estética genera un espacio sonoro que llena ese vacío, haciendo audible la violencia de lo no dicho. Más que un relato sobre un conflicto individual, April se asemeja a un estudio sensorial de lo inefable: el tabú, la culpa y las consecuencias del abuso de poder de un sector de la población sobre otro. Abuso consentido en el tiempo por una estructura social que se cimienta en la ignominia en vez de la equidad.


April (Francia-Georgia-Italia, 2024)

Dirección y guion: Dea Kulumbegashvili / Producción: Luca Guadagnino, Ilan Amouyal, David Zerat, Francesco Melzi D’Eril, Archil Gelovani, Gabriele Moratti / Fotografía: Arseni Khachaturan / Música original: Matthew Herbert / Diseño de sonido: Lars Ginzel / Montaje: Jacopo Ramella Pajrin / Vestuario: Nicolozi Guraspashvili Tornike / Reparto: Ia Sukhitashvili, Kakha Kintsurashvili, Merab Ninidze, Roza Kancheishvili, Ana Nikolava, David Beradze, Sandro Kalandadze, Tosia Doloiani, Beka Songhulashvili

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