EL CAUTIVO
El genio sin forma

Miguel (Julio Peña) y Hasán (Alessandro Borghi) comparten aguas. La fascinación del Bajá de Argel por las narraciones del joven católico ha dado paso a la atracción física. Las palabras y caricias por los cuerpos desnudos devienen en besos. Amenábar pone en escena este momento recurriendo a un plano de situación, que es seguido por una serie de planos-contraplanos de ambos personajes. Tan pronto como los labios se juntan, la imagen se ralentiza y el tiempo parece detenerse para ellos. Lo presentado carece de erotismo y sensualidad. Que Miguel haga compañía y mantenga relaciones sexuales con el Bajá a cambio de favores no justifica la ausencia de deseo -Cervantes interpreta un papel del que depende su vida frente a un hombre al que atrae física e intelectualmente, pero por el que también es seducido-.
Como ya hiciera en Mientras dure la guerra (2019), el cineasta pone el foco en un periodo concreto de la personalidad histórica que aborda. Además, el director vuelve a manifestar su interés por el relato y la palabra hablada, pasando de los primeros meses de la Guerra Civil a los cinco años de cautividad de Cervantes en el Norte de África, cuya principal vía de supervivencia nace de su desparpajo a la hora de narrar historias. De nuevo, un personaje que expone sus ideas oralmente frente a otros -múltiples escenas muestran a un Cervantes con el don de embelesar a los demás reclusos a través de su inventiva para construir aventuras-. Sin embargo, junto a la secuencia descrita líneas arriba bien podría reflejar la incapacidad de Amenábar por traducir en formas lo que su nuevo filme parece proponer desde el guion.

Porque, aunque El cautivo (2025) pretende ser un homenaje a la creatividad, el ingenio y la imaginación, su escenificación acaba limitándose a la planificación enunciada anteriormente: plano de situación seguido por la dinámica plano-contraplano. Algo que se repite al tratar de mostrar la forma en la que realidad y ficción terminan entrelazándose -véase cuando el protagonista encuentra un plan de fuga pensando el desenlace de uno de sus relatos, la huida en el barco-. En consecuencia, Amenábar está indispuesto a ceder ante la capacidad del espectador para crear sus propias imágenes -como a fin de cuentas hacía Cervantes-. El afán por reproducir las batallas mentales del creador o las ideas desaprovechadas, como esa ventana cerrada de las dependencias del Bajá que los presos observan enigmáticamente desde el patio, son muestra de ello. Al mismo tiempo, dada la profunda investigación del director, plasma la pulsión homoerótica del literato y el Argel del siglo XVI como lugar para el amor libre -esos piratas que pasean con sus amantes por las calles, esas peluquerías que son punto de encuentro con travestis-. Instantes en los que El cautivo solo es capaz de incorporar a su planificación académica la cámara lenta -es como si Amenábar, consciente de esta ausencia en la historia oficial, quisiese recrearse en ello, fijarlo para la posterioridad-. Así, el supuesto carácter subversivo del material narrativo se encuentra fuertemente atenuado, si no contradicho, por la escasez de ideas visuales. Un guion traducido a imágenes.
El Cautivo (España-Italia, 2025)
Dirección: Alejandro Amenábar / Guion: Alejandro Amenábar, Alejandro Hernández / Producción: Alejandro Amenábar, Fernando Bovaira, Simón de Santiago, Urko Errazquin, Marina Marzotto, Mattia Oddone/ Fotografía: Alex Catalán / Música original: Alejandro Amenábar / Montaje: Carolina Martínez Urbina / Vestuario: Nicoletta Taranta / Reparto: Julio Peña Fernández, Alessandro Borghi, Miguel Rellán, Fernando Tejero, José Manuel Poga, Luis Callejo, Roberto Álamo, Albert Salazar, César Sarachu, Luna Berroa, Mohamed Said, Jorge Asín, Said El Mouden, Juanma Muniagurria, Andrés Simonelli
