22ª FESTIVAL DE MÁLAGA. ANÁLISIS DE LA SECCIÓN OFICIAL (II)

Estado actual de la comedia española

Como en pasadas ediciones la comedia fue el género predominante de la sección oficial, situación debida a la copiosa producción que de este género se realiza en nuestro país. Tal escenario nos sirve para analizar el estado de la comedia española, que como en años anteriores demuestra no gozar de buena salud. El festival lo inauguró Taxi a Gibraltar (Alejo Flah, 2019), disparatada road movie por carreteras españolas en la que un taxista en apuros económicos se alinea con un expresidiario estafador para arrebatar un cargamento de oro que, según una leyenda, debe hallarse escondido entre los túneles del peñón gibraltareño. Flah lo apuesta todo en una ristra de gags de escaso ingenio y en la comicidad de sus actores protagonistas (del que solo sale airoso el malagueño Dani Rovira), no terminando de funcionar ni las secuencias de acción. Poco que rasgar en una trama que olvida la coherencia, que focaliza sus chistes en los ya trillados estereotipos de andaluces y argentinos y que pasa de puntillas en el interesante conflicto entre taxistas y conductores de VTC. Y aún peor fue el largometraje de clausura. Nuevamente con Dani Rovira como actor principal se presentaba Los Japón (Álvaro Díaz Lorenzo, 2019), historia sobre un ciudadano de Coria del Río que se convierte de la noche a la mañana en nuevo emperador del país asiático del título. Aquí el contexto de la crisis económica española también está presente para introducir a los personajes e, igualmente, su director busca hace reír con el conflicto cultural ocasionado entre andaluces y japoneses, acentuando los tópicos de siempre con independencia de que sean ciertos o no. Con la misma estética que una comedia televisiva de Atresmedia (productora de la película) el bochorno se alcanza con los irrisorios diálogos que emergen durante todo el metraje. Con fortuna ambos filmes se enmarcaron fuera de la competición, decisión que de manera incomprensible no se tomó con la opera prima de Inés de León, ¿Qué te juegas? (2019), un despropósito de comedia romántica que intenta parodiar este subgénero pero que finalmente termina asumiendo, con todos sus clichés y convenciones posibles. Las travesuras que se infligen dos millonarios propietarios de una naviera para ver quién se hace con el control de la empresa son la base central de esta absurda cinta, diseñada como una sitcom en la que se impregna de monólogos, chistes de Twitter e incesantes cameos. Planea de forma superficial por cuestiones como el feminismo, la homosexualidad o el vegetarianismo en clave millennial, aunque resulte más conservadora de lo que pueda parecer.

Ante tal panorama se aplaudió la consistencia de guion y los efectivos diálogos de la última película del veterano realizador Fernando Colomo. Antes de la quema (2019), distinguida con el premio del público, sitúan a Cádiz y sus carnavales como motor del relato, en donde un chirigotero en paro se involucra con un narcotraficante para robar un depósito de droga. Conocidos copleros de la fiesta y la ciudad gaditana como telón de fondo sirven para abordar con humor el problema del paro o del tráfico de drogas. También fue refrescante el negrísimo humor que caracteriza a 7 razones para huir (Gerard Quinto, Esteve Soler, David Torras, 2019), película de episodios al estilo de Relatos salvajes (no es casual que ambas concluyan con una boda) en la cual sus directores denuncian la insolidaridad, el cinismo y la hipocresía de la sociedad en diferentes aspectos como el trabajo, la familia o el consumo. Basados en sus propias piezas teatrales los capítulos se sitúan en una especie de futuro distópico. Lástima que el debut en el largometraje de estos catalanes comience con tanta fuerza (el primer fragmento sobre un hijo al que sus padres le anuncian de madrugada diversos secretos concernientes a su pasado es desternillante) para terminar, en cambio, resultando agotador por discursivo e infantil en sus denuncias, que son exageradamente subrayadas sin necesidad.

Nuevas y viejas fórmulas para géneros mutantes

También en el terrero cómico, pero apostando por un original diseño narrativo se proyectó la mexicana Las niñas bien (Alejandra Márquez Abella, 2018) un mordaz retrato de la clase alta en el México de los años 80 que consiguió la Biznaga de Oro a la mejor película iberoamericana, así como los premios al mejor guion y mejor montaje. Sofía es la pija protagonista que junto a sus amigas conforman un selecto club donde la el glamour y el lujo prevalecen sobre todo lo demás. Su sueño es vivir junto a Julio Iglesias en El Corte Inglés pero su situación económica no es tan boyante como le gustaría. La película, que posee una estupenda dirección artística, se basa en el libro homónimo de Guadalupe Loaeza y vierte su denuncia con la mirada puesta tanto en el pasado como en el presente. De México llegó además otro de los mejores títulos exhibidos, Esto no es Berlín (Hari Sama, 2019), un acercamiento hacia la noche mexicana más alternativa que surge a mediados de los 80, a través de dos jóvenes menores de edad que se autodescubren guiados por el placer que produce adentrarse en lo desconocido, lo prohibido. Entre alcohol, drogas, sexo, muchas fiestas clandestinas, performances y música punk se zambullen estos chicos que ansían el espíritu de libertad europeo de la época al que evoca el título. El cupo de largometrajes latinoamericanos de Sección Oficial se cerraba, por una parte, con Los helechos (Antolín Prieto, 2019), comedia peruana rodada en ocho días y sin guion que se apoya en el teatro improvisado para componer un experimento plagado de diálogos naturales y planos fijos, y en la que en la búsqueda de la frescura se topa a veces con lo simplemente rutinario; y, por otra parte, con O Grande Circo Místico (Carlos Diegues, 2018), la única apuesta brasileña de esta edición. El experimentado director miembro del Cinema Novo se inspira en el poema de Jorge de Lima para narrar la historia de un circo a lo largo de cien años. Con elipsis, estrambóticos personajes y secuencias que deambulan entre la telenovela y el realismo mágico se estructura este cuento con alegorías que interpela a recuperar el espíritu de esperanza que el pueblo brasileño ha perdido.

 

Netflix estuvo presente con el insulso drama romántico ¿A quién te llevarías a una isla desierta? (Jota Linares, 2019), destinado notoriamente al público juvenil. El segundo largometraje del joven cineasta gaditano se ubica en Madrid a lo largo de un día de verano, el último antes de que tres amigos tomen caminos por separado tras ochos años conviviendo juntos. Adaptación de su propia obra de teatro, Linares coloca el peso de la película en los diálogos y en sus cuatro actores protagonistas para ahondar en las complejas relaciones de amor, la amistad o el miedo a la verdad y a aceptarse a uno mismo. La falta de verosimilitud se compensa con el retrato generacional de frustraciones y sueños rotos. Otro drama romántico sobre jóvenes que esconden secretos fue Litus (Dani de la Orden), aunque la comedia e incluso el suspense se cuelan en esta adaptación cinematográfica de otra obra teatral, en esta ocasión de Marta Buchaca, en la que seis amigos se reúnen tres meses después de haberse suicidado otro colega de la pandilla. Desarrollado a lo largo de un día, el libreto que coescribe la propia Buchaca se sostiene a duras penas por mor de su débil credibilidad y de unos violentos giros argumentales. Tampoco ayuda una cargante música que acentúa los momentos dramáticos, pero el buen trabajo de los intérpretes y la profundidad de una de las subtramas (que acaba siendo más conmovedora que la trama principal) salvan este filme sobre las despedidas, la madurez y la necesidad de diálogo entre los seres queridos. Mejores sensaciones dejó el debutante Roberto Bueso con La banda (2019), pequeña cinta rodada mitad valenciano mitad castellano que aunque transite por rutas ya conocidas, el relato de un joven que regresa a su pueblo tras estudiar en el extranjero y se reencuentra con familiares y amigos gana en su tramo final, por la resolución de sus conflictos y el estimable trabajo actoral. Expone con nostalgia la situación actual de un número importante de españoles que habitan en municipios pequeños y que lidian contra la falta de oportunidades.

En cambio, descolocó la minimalista propuesta de Mikel Rueda, quien tropieza en El doble más quince (2019) con los mismos errores de su anterior obra, A escondidas (2014), al incorporar forzados diálogos y concebir una historia que se intuye impostada. Aquí, una mujer de mediana edad, casada y con dos hijos, siente como su vida vuela y va desapareciendo la ilusión de antaño, por lo que decide pasar toda una jornada junto a un chaval menor de edad con el que contacta a través de un chat erótico. El acierto de Rueda es el riesgo que afronta ya desde su planteamiento, y aunque a veces plásticamente recuerde a anuncios publicitarios, en otras secuencias aplica soluciones formales interesantes (como el zoom hacia el sofá que deja a la protagonista fuera de campo), siempre proponiendo con estas la soledad de los personajes. Basada en el cortometraje Caminan, que el director bilbaíno dirigió hace tres años, El doble más quince se empapa de melancólicos tonos azules para conversar sobre las expectativas vitales y el paso del tiempo. Tampoco hiló fino Alfonso Cortés-Cavanillas con Sordo (2019), híbrido de thriller y  western con el drama de la posguerra española de fondo que sigue las aventuras de un maquis que pierde tras un accidente tanto a sus compañeros de comando como la audición en sus oídos. Tiene como base la novela gráfica del mismo nombre y, aunque funcionen algunas secuencias de acción, la película queda lastrada por personajes de cartón piedra, intentos fallidos para emocionar y la extraña obsesión de querer alargar eternamente las escenas sin necesidad alguna. El buen trabajo con los efectos sonoros no contrarresta la carente originalidad de su puesta en escena. Sin cumplir las expectativas quedó igualmente el segundo largometraje de Paco R. Baños, quien vuelve a utilizar un personaje femenino como protagonista. 522. Un gato, un chino y mi padre (2019) pasa de contar el complicado día a día de una joven que sufre agorafobia a enfrascarse en un trayecto hacia Portugal con un japonés que se hace pasar por chino y las cenizas de un gato. Así, entre fados y playas, se construye una anodina travesía que reivindica la búsqueda de la identidad y la necesidad de afrontar el presente cerrando las heridas del pasado. Posee importantes lagunas en el desarrollo de los personajes secundarios y se halla repleta de incoherencias en el guion que el espectador difícilmente puede pasar por alto.

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